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Grandota

El boliche se va llenando. Voy hacia la barra a pedir un trago, pero cuesta avanzar, así que le apoyo la mano en la cintura a un flaquito, a manera de indicación táctil de que quiero pasar (es menos violento que gritarle al oído con la música fuerte). El flaquito pega un respingo como si le diera una descarga eléctrica. Perdón, permiso, le digo, sonriendo. Pone trompita y se torsiona para dejarme pasar, mientras se apoya un poco en su amigo y saca un poco de culo chupín mostaza. Cuando ya pasé y me estoy alejando escucho que le dice al otro “cuánta loca grandota hoy, ¿no?”.

En la playa (10): Mis mascotas

La gente tiene una relación histérica con la playa y con el concepto mismo de “vacaciones”. Yo entiendo que en la expresión “irse de vacaciones” es instrumental el verbo “irse”. Irse a otro lado, escapar, dejar atrás la repetición y la rutina. Estar en otro lugar para probar ser otro. Experimentar. No hace falta tirarse en paracaídas ni salir a cazar búfalos, pero por lo menos desconectá.
Pero no. El otro día veo unos pibes con un gigantesco parlante en la playa. Raro. Venís a la playa a experimentar acústicamente el ruido de las olas que no escuchás el resto del año y lo tapás con cumbia pedorra. Y ojo: si lo tapás con Berthoven es lo mismo. Bancate el silencio, o el ruido de la gente y de las olas. Continue reading En la playa (10): Mis mascotas

No estoy borracho

Yo estaba recostado contra una columna, con un vaso en la mano. Al lado mío estaba el cordobés. Fue en ese momento que apareciste entre la gente. No, no apareciste, yo diría más bien que la gente te abrió y te dejó al descubierto. El cordobés y yo estábamos medio borrachos, sí, pero sobre todo adormecidos, mecidos por el speed con vodka, y esa mezcla espesa de penumbra y luces que te pegan en la cara. La noche empezaba a maniobrar para emprender el descenso y ninguno de nosotros tenía puesto el cinturón de seguridad.

Vos venías con una botella en la mano, caminabas articulado, chueco y robocop. Chiquito, maleable. Traías una botella de sidra Real en la mano, que levantaste y pendulaste en el aire. Continue reading No estoy borracho

Atrás

Atrás está todo eso. La llamada entra a las 8 de la mañana, vos borracho, aturdido, aterido, escuchás y pedís que te repitan, porque no puede ser, no es posible. Un zumbido y una explosión, en tu cabeza: murió tu mejor amigo y el resto chorrea y se cae. Todo en un spin, el tambor de un lavarropas, no, tampoco es eso, sin poder fijar o callar, todo gira como en una máquina tragaperras, pasan escenas como figuritas dibujadas pero no frenan, no se termina de alinear nada. Llamás vos, a tientas, lo primero que reconocés entre los contactos del celular, porque querés sacarte de encima todo eso que te ahoga, que te aprieta como un pulóver de esos de la primaria, que te acogotan y te raspa, que te va a matar, así que ayudame a tirar, agarrá la manga y tirá, aunque me duela. Continue reading Atrás

Dos besos

Este teclado se ensució, y por eso de pronto pongo mayúsculas y queda trabado arriba, ahí arriba, gritando, a los cuatro vientos, todo. Es el estado del teclado (sucio) pero conectado con el estado de ánimo (primaveral, rebelde), que no le alcanza con tu susurrar o decir, sino que quiere gritar. Y por eso está historia empieza con un beso y termina con un beso. Continue reading Dos besos

Globos (recuperado)

Escribí este texto para un blog que ya no existe: Kaputt. Lo repongo acá, ya que lo descubrí buscando por ahí.

{24 de noviembre de 2005, Buenos Aires}

Hace más de dos semanas que cumplí 35 años y todavía los globos están ahí. Ayer explotó uno a las 5.47 AM. Lo sé porque abrí los ojos y vi los dígitos en el radio reloj. Pensé “explotó uno de los globos que está colgado de la lámpara del living, debería sacarlos de una vez, no porque exploten a las 5 de la mañana, sino porque bloquean la luz de la lámpara y se ve todo medio anaranjado”, y me volví a dormir. Continue reading Globos (recuperado)

Cuba libre, un viaje, 6

Primera jornada en Cayo Coco

– Mi vocación siempre han sido las llaves – dijo el chofer.

Me acomodo en el asiento, recostándome, giro la cabeza y miro por la ventanilla, acaricio el cuero del asiento, tibio con mi propio calor. Las pocas luces a lo lejos, en la oscuridad, superpuestas en el reflejo del chofer inclinado sobre el tablero del auto. Me adormezco enfocando las luces a lo lejos y luego desenfocando hasta que el chofer entra en foco, inclinado con la cara iluminada desde abajo, como si se calentara en el fuego de una hornalla. Continue reading Cuba libre, un viaje, 6

De vuelta de Cuba

Bueno, volví. Tengo unas cuarenta páginas de notas pero tengo que transformar eso en algo inteligible para todos, decidir si uso nombres reales o falsos, decidir qué digo y qué me callo: el oficio de escribir, ahora que tengo cosas para contar otra vez. En los próximos días iré publicando el diario de viaje.

Mayonesa

[5 de Abril de 2006, 3 AM]

Una vez en la vida asomado al tobogán, de cabeza ahora que nadie mira, para enterrar la trompa en el arenero, en el agua de la pileta que te estira la piel de la cara para atrás como una cirugía. El viento siempre en contra, el miedo siempre a favor, pero ahora sí hay que remar como subiendo una catarata de dibujito animado hasta que splash. O dejarse caer en caída libre. Siempre es libre la caída.

Los ojos miran el magma de la fugazeta. Las aceitunas giran como soles en el plato. La botella de pepsi hierve de apocalipsis. Los hongos avanzan en las axilas y entre las piernas. Las plagas, las deudas, el karma, el rewind hacia la gran mayonesa que nos parió.

Y yo, otra vez yo, siempre yo, una vez en la vida, arquitecto de castillos de arenas movedizas. Maestro mayor de sobras. Alcaucil del condado condenado. Cerrajero de la barba candado. Surfer del sufrir.

Con esa heráldica fotocopiada pongo proa al subte. Con esos pequineses arremeto cuando sale la luna. En ese locutorio me meto para salir vestido Superman. Ese morral hindú revoleo en mi remolino de Mujer Maravilla.

Así me va. Y así me viene, el muchacho se entretiene. Pero van quedando pocas pulgas y pronto van a saltar ornamentales los bisontes al abismo.

Y yo mismo, sentado en esa mesa de ahí, voy a morder otra vez la carne de los pescados capitales, mientras las odaliscas sucundúm corren en círculos como hipocampos en el hipódromo de San Isidro.