Category Archives: infancia

Cáscara

{Texto que escribí para el libro que estoy por publicar.}

El filo del cuchillo que entra, secciona la cáscara, apenas, se detiene a milímetros de la superficie, la mano que se afirma para rotar la manzana, el filo que avanza en espiral, una sola tira continua que baja en el aire y se acomoda en el plato, dócil, recostada como una maja en un sofá. Mi mamá me extiende la manzana pelada desde el otro lado de la mesa. Yo la agarro, le clavo los dientes, desgarro, mastico, paladeo. La pulpa trae el olor de las manos de mi madre. Continue reading Cáscara

Totalmente desnudo, parte 5

Quiero mirar para atrás pero con los ojos bien abiertos, como si fuera nuevo, sacarle el plástico, encastrar todas las piezas otra vez. Todas las casas que yo conocí de chico eran iguales. Un living que nunca se usaba, a veces alfombrado, con un sillón que nadie usaba, con repisas y mesitas ratonas llenos de adornitos comprados en las vacaciones, que se iban reponiendo pegando con poxirán y al final se descartaban: la virgencita que cambia el color con el tiempo, un abanico, una cosita de cerámica, un gauchito, algo hecho con caracoles, porque los veraneos eran en la costa o en Córdoba. Todos los cuartos estaban conectados por un pasillo: allá la cocina, a veces conectada por una puerta plegable al living, al fondo el baño, acá las habitaciones. Todas las casas que conocí de chico tenían esa misma disposición. Nunca, cuando estaba de visita, tenía que preguntar dónde estaba el baño, siempre estaba al fondo del pasillo. Además, los chicos no éramos invitados a las casas, jugábamos en la calle. O mejor dicho, cuando yo era bien chico, jugábamos en el campito. Continue reading Totalmente desnudo, parte 5

Historia, segunda parte

Esta historia empezó acá.

Los recuerdos son como el juego de los palillos chinos, están ahí amontonados, de colores, algunos están separados de los demás, identificables, independientes, pero otros se apilan y no puedo sacar uno sin que se muevan todos los demás, sin que todo se desordene.

Este es un palillo suelto: en esa época llegó al barrio un chico nuevo, se llamaba Guillermo, le decían Willy y yo le tenía un miedo instintivo. Willy exhalaba un odio viscoso, ese odio le venía desde atrás y desde adentro. Yo suponía que alguien le había hecho algo horrible y que él había sido incapaz de vengarse por alguna razón. Físicamente no imponía mucho respeto: era flaco pero intentaba compensar caminando como si fuera un soldado. Amenazaba siempre con romperle la cara a alguien, pero nunca lo vi agarrarse a piñas. Sus hazañas de violencia siempre habían sucedido en otros barrios o antes de llegar al barrio. Estaba yendo a taekwondo y nos detallaba siempre el feroz entrenamiento al que se sometía. Una vez contó que lo obligaban a tomar leche cortada, que eso le daba más fuerza y que si no lo hacías el profesor te echaba. Los cuentos de Willy y el taekwondo me despertaban una morbidez erótica, me lo imaginaba en una versión macabra de Kung Fú, con un maestro Po de ojos blancos, pero con pecho peludo y cara de hijo de puta. Pero lo que yo temía en Willy no era ese estallido incipiente de violencia y maldad que esperaba consumación (y que había atisbado en actos de crueldad inútiles, que involucraban en general gatos indefesos, hormigueros o insectos), sino que Willy, como yo, sabía que en su interior algo no funcionaba, y que esa parte rota estaba rota para siempre y que ese defecto ya estructural marcaba en sí una frontera, algo de lo que no se salía ni ahora ni nunca. Aunque no supiera de qué se trataba, aunque no pudiera nombrar su propia oscuridad, explicarla o manejarla, sabía que en algún momento el país de su futuro se había recortado, que las aguas habían subido e inundado las costas y que ahora debía vivir para siempre en las partes altas, a salvo pero siempre expectante, vigilando el próximo deshielo. Continue reading Historia, segunda parte

Historia

Hablemos de mi historia sexual que es un tema espeluznante.

Sí, espeluznante porque empieza llena de clichés, sigue con una condena por un crimen que no cometí, con una comedia de teléfonos descompuestos, con desbordes (pero no de la carne volcándose en otra carne) y desemboca andá a saber en qué estuario.

Empecemos entonces con los clichés, el resto queda para otro día. Jardín de infantes: prolongadas estadías en el sector de la mamá, poco interés en el rincón de bloques. En el cuaderno de conducta los siguientes reportes: “cumple con las consignas con celeridad y esmero”, “colma de atenciones a sus compañeras, especialmente a Delfina Valmi” (ese nombre debía sonarme sofisticado, ella definitivamente lo era: yo envidiaba su vincha, su cartuchera con ruedita de caja fuerte con clave, inviolable, y su pelo platinado) y “suele recurrir al llanto cuando se siente contrariado (especialmente cuando sus compañeritos le señalan con sorna su erre afrancesada)”.

Ya en el primario tuve un breve affaire con el fútbol: primero me mandaron al arco y me gustó. Siempre me gustó esquivar cosas, debo tener algún síndrome de San Sebastián pero invertido. Si el mártir se consagra al atravesarse el torso con flechas, yo fantaseaba con enfrentar proyectiles y esquivarlos a último momento. Lamentablemente mi morbo es lo contrario a lo que se considera una exitosa estrategia como arquero: me ofrecieron el retiro voluntario, acepté. Por lástima o porque no había suficientes jugadores me ofrecieron un par de veces volver a jugar. Aduje lesiones cada vez más sofisticadas pero me ofrecí siempre como ávido espectador, alcanza pelotas y groupie. Abandonados los deportes de contacto físico me dediqué a los de destreza y estrategia (rayuela, elástico y payana). Continue reading Historia