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Música bolichera

El momento más creativo de mi día es cuando me despierto y todavía medio dormido me meto en la ducha. Abro la ventanita que desde la bañera da a la calle, entra el aire fresco, abro la lluvia, y ahí se me ocurren ideas locas y el mundo es una plastilina modelable. Lo que tengo que hacer en el día todavía no se convirtió en lista de mandados, es una presencia difusa que funciona como combustible, como “ganas de hacer”, y mientras elijo distraído si voy a usar las últimas gotas de champú del frasco que está haciendo la vertical y abollado y vacío o las primeras gotas del nuevo frasco hinchado y erecto, pienso y encadeno ideas. Guionar este corto, diseñar este flyer, escribir este libro. No, mejor esto, y esto otro podría ser así. No hay guadaña para las ideas que salen chuecas o débiles, sino una palmadita en el hombro de consuelo, y un reemplazo por la idea subsiguiente, que la mejora. Al final de todo eso pensé: tengo que escribir una serie relatos que transcurran todos en una disco. Muchos en realidad ya están escritos, pero tendría que unificarlos en tono. Y llamarlos… ¿cómo los llamo? Es en esos momentos en los que me olvido si ya me enjaboné o si ya me lavé la cabeza, y tengo que repetir, por las dudas. O buscar pistas: si el jabón o el frasco de champú tienen algo de espuma que les cuelga. Ahí se me ocurrió el título. Tiene que llamarse Música bolichera, que suena cariñoso, divertido y un poco demodé. Me enjuago y me estiro desde la bañera para alcanzar la toalla seca. Ahí empieza el resto de mi día, con el tacto seco de la toalla. Es en ese momento que me viene la sensación de “qué genial” o “qué divertido” o más genéricamente “qué bueno” esto que se me ocurrió. No es un “qué genio que soy” porque el ego todavía está brumoso y el día todavía está por empezar, y uno se mete en la armadura del ego recién cuando se empieza a vestir. Cuando todavía estás desnudo y mojado la sensación es más primaria, más infantil: la sensación de posibilidad y de felicidad de esa posibilidad. Tenés el resto del día para decidir si lo que pensaste es una pelotudez o una genialidad, o las dos cosas al mismo tiempo.