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Lancha

La media isla: un paseo en lancha por Ilha Grande.

Me relajo demasiado, en la isla, me cuesta arrancar a la mañana. Despertarme, salir de la cama, hacer el cafe da manha. Tengo varias opciones de paseos, con distintos precios, y decido empezar por el más típico, el de la media isla. O mejor dicho, no me quedan otras opciones porque ya se hicieron las 10:20, los demás paseos ya salieron, y si no me apuro pierdo este. Me asignan a André, un pibe flaquito, lindo, de ojos oscuros y tranquilos, moreno, y que camina ágilmente, con el culito parado en su bermuda de surfer. Enseguida me pregunta de dónde es, y dice ah, argenchina, como dicen muchos brasileños cuando les caemos simpáticos, a casi todos. Yo pregunto si hay muchos argentinos, en una de esas preguntas que ya tienen esperada respuesta: sí, hay muchos, pero él no lo dice irritado, soy yo. Llegamos a la agencia y la tarjeta de débito tarda en pasar, no hay señal, y hay que pararse en el medio de la calle. André habla bien castellano, pero tiene un acento raro, marcado. Es como un chico que tiene un disfrute táctil con el lenguaje, más que auditivo, pareciera, cuando habla español, que tiene un caramelo rico en la boca, me da ternura.

Mientras vamos caminando me dice que le gusta mucho el español, que quiere aprender más. Le digo que así como lo habla está muy bien. Me dice que no. Y me dice que yo hablo muy bien portugués. No, tampoco. Le comento algunas diferencias graciosas con el castellano. Por ejemplo, exquisito, en castellano es algo distinto, que se sale de la norma, pero de lo lindo, de lo disfrutable. En portugués es algo que se sale de la norma, pero al revés, por lo feo. Digo que en castellano decir que una torta es exquisita es muy distinto de decirlo en portugués. Se ríe, bastante. Así que busco otro ejemplo: le digo que transar, en castellano, es besarse solamente. En portugués no, es tener sexo. Ah, dice él. En portugués es otra cosa: no dice tener sexo, es más comedido que yo. En el muelle hay un pibe revoleando los brazos, que nos apuremos. Porque ya los demás tripulantes del paseo están esperando. André quiere seguir conversando conmigo y hace un gesto de ya estamos acá, pero no de impaciencia, y no se apura. Camina. Continue reading Lancha

En la playa (12): desde la poltrona

El departamento que alquilaron mis padres es muy chico, apenas un living comedor con un cuarto anexado, en un primer piso. Estamos medio apretados y tengo que compartir cuarto con mis padres (me despierto en medio de la noche, con mi madre parada frente a mi cama, asomada desde un más allá nebuloso, con los ojos sembrados de lagañas como estalactitas, diciéndome Christian, estás roncando demasiado fuerte). Y encima duermo en un sofá-cama carnívoro: si me apoyo en determinados lugares se cierra sobre sí mismo, comiéndome. Continue reading En la playa (12): desde la poltrona

En la playa (11): Destrucción total

En la playa (12). Destrucción total.
El viento viene del mar y va empujando la marea cada vez más arriba. La playa hoy tiene un 30% de la superficie que tenía ayer, y ya casi estamos confinados a los médanos, entre los yuyos y las hormigas. Mi sobrino de 11 años decide construir una presa, una muralla de arena y una zanja, que detenga o desoriente a las olas. Con un balde, pero sobre todo con sus propias manos, trabaja durante más de media hora. Al final decreta la obra terminada. A los pocos minutos vemos casi en cámara lenta armarse la ola asesina, gris, ?olida, como de aluminio, coronada por espuma marrón en la cresta, como un perro rabioso chorreando la baba de la aniquilación anticipada. Rompe a unos pocos metros y se arrastra, miríada de copos arremolinados, apresurados, empujándose, como saliendo del subte. Trepa por la muralla, llena los pozos, y se abalanza sobre las reposeras, la mesa, las sombrillas, la heladerita, las ojotas. Después, finalmente, retrocede arrastrando ojotas, papeles y palitos. Mi sobrino revisa en silencio la magnitud del daño. Es total: solo queda un montoncito de arena lambeteado, una jorobita de camello pocket enterrado. Levanta la cara, lleno de bronca y tristeza, y me dice: “¿Esto también lo vas a publicar en el facebook?”.

En la playa (9): el jacuzzi estéreo

Tardé en darme cuenta. En el hotel siempre se escucha gente teniendo sexo. O mejor dicho mujeres gimientes, jadeantes, aullantes. Como soy patriarcal y heterosexista supongo que estarán acompañadas por hombres que optan por un silencio monacal. Los jadeos y staccatos suenan en surround, espiralados, esponjosos. Y son distintas mujeres con distintas coloraturas y rugosidades. El pulmón del edificio acumula, ecualiza y luego distribuye el sountrack que entra por la ventanita del baño. ¿Quiénes son estas lobas primales, febriles, si en el lobby o en la piletame cruzo con gordos pálidos, espectrales arrastrando una ristra de hijos- chorizo? ¿Por qué desenfrenan en este hotel?
Acabo de descubrirlo después de cinco días de estadía. Todos los baños tienen jacuzzi que está justo bajo la ventanita que da al pulmón del hotel. Pero no me di cuenta antes porque no se escucha circular agua ni el ronquido del motor del aparato. Parece que la sola presencia del jacuzzi, seco, latente, alcanza para imponer el acto porno. Yo, en cambio, sí prendo el jacuzzi y leo en mi kindle a Leonard Michaels. Sí. Un libro que trata sobre un grupo de hombres que se juntan a hablar de sus experiencias sexuales con mujeres.

En la playa (8): la sunga como equilibrio inestable

Tengo que caminar varios kilómetros pero lo logro: en esta playa no hay argentinos. Hay poca gente y son todos brasileros. Hay banderines rojos que indican que el lugar es peligroso, pero igual hay un grupo de adolescentes metidos en el agua, así que me meto. Las olas me empujan hacia el grupito de pibes, nos reúnen como una pandilla de sea-monkeys. Las olas son altas, enojadas, te cachetean, te revuelcan, tienen una fuerza que no anuncian. Me gusta escuchar los gritos de alegría, en portugués. Una hora después, cuando vuelvo, me tengo que tomar el colectivo sí o sí, porque no puedo caminar, porque esas olas me metieron arena entre las bolas, en el culo, y cuando camino me paspo y casi saco chispas. Pero ahora estoy ahí metido con estos pibes, un grupito de 8 que flotan conmigo. Continue reading En la playa (8): la sunga como equilibrio inestable

En la playa (6): el Mc Donald’s resbaladizo

Era tarde y todo estaba lleno así que opté por la seguridad del McDonald’s. El menú es el mismo pero hay sutiles y resbaladizas diferencias. Si pedís aderezos te dan ketchup y mostaza pero no mayonesa. Parece que mojar papafritas en mayonesas no se les ocurre. Y si pedís sal te dicen que ya tiene. Sí ya sé, digo, quiero más. Buscan y te dan unos sobrecitos microscópicos que contienen 8 granitos de cloruro de sodio. Y a veces ni tienen. ¿Serán los brazucas esmerados luchadores contra la aniquilación cardiovascular? Yo creo en cambio que comen desabrido y que no les importa. Cuando quieren disfrutar de la vida bailan lambada refregándose contra un cocotero, tocan el berimbau o tienen sexo. De tanto bailar y coger y a lo largo de miles de años el cableado del sistema nervioso fue modificándose y las terminaciones nerviosas que se les agregaron al culo para gobernar tanto bamboleo se restaron de las papilas gustativas. Continue reading En la playa (6): el Mc Donald’s resbaladizo

En la playa (5): los muertos vuelven

Caminar por la playa con Felipe, el chihuaha, se hace casi imposible. Todo el mundo le hace fiesta, se frena, lo acaricia, lo quiere agarrar. Qué lindo. Es adulto. Qué edad tiene. Cómo se llama. Más que caminata por la playa, es un tour promocional de Felipe. Y encima Felipe es simpático, social, relajado. Si le acercás la mano, te la chupa. Si se acerca un perro cinco veces más grande que él, en vez de asustarse, precavido, quiere jugar. Continue reading En la playa (5): los muertos vuelven

En la playa (4): shock eléctrico

El sol nos aplasta, nos baila tap en la nuca, así que voy a comprar un suco de abacaxi (jugo de ananá) al puestito de la playa. Es una casilla de techo de lona, con una precaria, precarísima instalación eléctrica. Un cable retorcido que baja no sé de donde, mojado, entre las lonas, del que cuelga una enorme zapatilla y varios triples. De ahí a la heladera, y a las licuadoras. Atienden el puesto madre e hija, ambas brasileras. Me atiende la hija, que va hasta la heladera a buscar un sobrecito de pulpa congelada de abacaxi. Lo mete en el vaso de la licuadora, agrega azúcar, le digo que no, que no tanta, y licúa. Busca un vaso de plástico, y agarra el va–. Pega un respingo y luego se contorsiona apenas, en un gesto break-dance. Putea, supongo. La licuadora le da una patada. Continue reading En la playa (4): shock eléctrico