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Cumpleaños 47

Es mi cumpleaños y es el cumpleaños del boliche y por eso cuando llegamos, aunque es temprano, ya está lleno, con el escenario allá atrás flúo, y la gente oscura, como una ola, derramada, hamacada por la música, que nos llega hasta acá, hasta los pies, que nos invita a meternos, a movernos acompasadamente, amasando el sudor pringoso ritual. Vení, vamos metiéndonos, le digo a mi amigo, y bailamos, y miramos y yo enseguida veo al guitarrista de los AC/CD, con gorra y todo, a Doña Florinda (con algo que parece ruleros pero no son), a Axl Rose con una novia muy linda (los saludo, les convido un chicle, son de Arizona), y a una travesti alta, camión, que tiene un tajo enorme en la espalda sobre el que se derrama un chorro de pelo espeso. Cuando giro una vuelta completa y me la encuentro de nuevo de frente el efecto es Linda Blair, el tajo de la espalda parece en realidad un escote, de frente, y por eso parece tener la cabeza girada, el cuello retorcido. Le hago la reseña a mi amigo de cada uno de los personajes que nos rodean, y acuerda con mis avistajes, se ríe. Me encanta este lugar, acá me siento cómodo, me siento en casa, le digo. Él también.

El oleaje me lleva o me dejo llevar por el oleaje, y a medida que avanza la noche avanzo hacia el escenario, donde la gente está más apretada y más mezclada. Una chica me toca el hombro y me pide agua, sacando la lengua para el costado, como una perrita. Le convido. Está abrazada a otra chica, y con ellos está un flaquito caribeño en cuero, de físico laburado, con pezones muy oscuros, con los huesitos de la cintura entrando al pantalón apretado donde asoman unas rayas de bóxer flúo. Lo abrazo y bailamos, nos conocemos de otras fiestas. La perrita de la lengua afuera me hace pulgar arriba y me devuelve el agua, y lo manosea al caribeño, le franelea los pectorales, pone cara de cómo me calienta esto, el caribeño se sonríe y bambolea todavía más las caderas. La novia de la perrita me dice “A Coca le encanta esto”, manoseando también el cuerpo del caribeño, que sigue riéndose. Ahora la perrita le aprieta las tetas a la novia y después los pectorales al caribeño para comparar, y pone cara de no saber con cuál quedarse. La novia pone cara de y bueh.

Dos cabezas más allá una chica me mira y cuando muevo la cabeza para acá y para allá me imita, me sonríe, y cuando yo bailo más rápido y marcando más el paso, ella también se empecina en seguirme, pero hace gesto de no puedo bailar como vos, y se encoge de hombros. El que sí puede es uno que me planta enfrente y me agarra demasiado fuerte de los hombros. En vez de dedos parece que tuviera las pinzas de un cangrejo, y revolea la cabeza, salta, me empuja un poco, y el baile tónico se vuelve un pogo que no me entretiene. Pero el loquito, que es chongo y me habla y no sé qué me dice, insiste con bailar conmigo. Yo le hago lugar pero se me viene encima y lo escucho decir dale dale dale dale dale. Y bueh, dale, me abraza, se separa para mirarme a los ojos, hace trompita de aguerrido y baila todavía más rápido. Yo retrocedo un poco pero es peor, atropella y me pega un cabezazo en la nariz. Me mira espantado y empieza a disculparse aunque de la boca le sale un gorgorismo, trata de arrodillarse para pedir disculpas y le digo no pasa nada, y me voy para el baño.

Me mojo la cara, me meto el dedo en la nariz, y sale rojo brillante. Por el espejo empañado, invertidos, pasan pendejos en distintos formatos. Uno se frena y me sonríe y después se queda mirando. Me pegaron un cabezazo, le explico. Uh, me dice, todo mal. Trato de manotear una toalla de papel pero no sale nada, y mis dedos gordos no entran por la ranura. Dejame a mí, dice el pibito, y mete un dedo ínfimo y saca una toalla. Levantá la cabeza, pa, dice. Debe tener 20 años, pero habla con autoridad de médico. Apretate, dice. Me da un par de toallas y yo mojo una abajo de la canilla para limpiarme la sangre. Aparece otro pibito más, y pregunta qué pasó, y otro más, y ahora son tres, y se armó un micro congreso médico sobre sangrado de nariz. No, pa, seco tiene que estar el papel, dame, dice, y hace un bollito y me lo pasa. Espera a que me lo ponga, con los otros dos monitoreando, me hace levantar la cabeza, listo, no se te nota, dice, vamos a bailar, dice, y los nos vamos para la pista, pero en el camino los pierdo.

Me meto a la pista, frente al escenario, pero me salgo enseguida, el mar está bravo. Al costado hay un tipo alto, barbudo, lindo, de camisa azul, con pelos enrulados asomándole en el pecho, tiene los ojos llenos de las luces flúo del escenario. Me saluda, se presenta dándome la mano, me aprieta demasiado fuerte, no le entiendo el nombre, soy Christian, le digo, linda fiesta, ¿no?, le pregunto, espectacular, responde. Bailo un poco, él estaba quieto pero empieza apenas a moverse, con pasito tierno de chongo patadura. ¿A vos qué te gusta?, le pregunto, y me mira sin entender. ¿Te gustan las chicas o los chicos?, insisto. Las chicas, dice, y me mira con cara de obvio, y con cara de ¿a vos no? Como no lo miro con cara de obvio, me pregunta. ¿A vos? Los tipos. Pone cara de ah, mirá qué raro, ¿en serio? Qué capo, dice. ¿Viniste solo?, le pregunto, aunque casi no entiendo ninguna de sus respuestas. ¿Y cómo te gustan?, me pregunta él. ¿Como él?, y me señala un flaquito muy producido, que justo se acomoda el pelito y se tironea la remera para abajo, y se alisa los pliegues de la panza. No, bah, podría ser, le digo. ¿Ese?, pregunta. Es uno igual al otro. No, le digo. ¿Y aquel?, insiste. Todos los que me señala son todos clones de lo mismo: flaquitos, producidos, reajustándose el pelo y la ropa cada pocos segundos. No, me gustás vos, le digo. Se ríe, me aprieta el hombro y dice qué capo.

Como no me cree, le digo, me gustan altos, con barbita, simpáticos, relajados, con pelo en el pecho, elegante sport, chonguitos, facheros, como vos. Qué capo, dice. ¿Todo eso soy yo?, pregunta. Sí, no te hagás el boludo que sabés que estás bueno, le digo. Y me calienta más todavía los que saben que están buenos y se hacen los boludos. Te adoro, me dice. Después dice algo más largo que no le entiendo, sobre hacerse chupar, o que le dolería, o no sé qué. No te dolería, le digo, y me río, y se ve que no había dicho nada de dolería, y entonces intento volver y le digo que está lleno de minas lindas y me dice que sí, vení, vamos, dice, y se mete en la pista también, pero también lo pierdo y me acuerdo del papel en la nariz y vuelvo al baño.

Frente al espejo está el que me pegó el cabezazo. Me mira pero no se acuerda de nada, o mejor dicho, me reconoce de algún lado pero no sabe de dónde y nos hablamos desde el espejo. La merca de acá es lo más, me dice, sacado, le sale una voz gruesa que parece venir desde otro lado, como si estuviera haciendo playback. Fui a Ibiza y la merca allá, carísima, y una mierda, dice. Una mierda loco, una mierda. Por atrás pasa uno haciendo la ve de la victoria, otro que dice qué olor a pis radiactivo, man, otro que dice qué rica el agua, loco, el mejor invento de la historia.

En la puerta del baño, apoyado contra la pared, está un pibito chongo que conozco de otras veces. Siempre está solo, siempre muy bien vestido, y me dan ganas de abrazarlo, pero es de los que no les gusta que lo toquen. Le digo qué hacés capo, feliz aniversario, y lo saludo con un beso en la mejilla. Se ve que está contento porque me abraza rápido pero me suelta rápido. Siempre tan bien vestido. Retrocedo un poco para mirarlo y el pibe combinó violeta, con camperita marrón, con un jean de color que no se distingue, y no es ni hipster, ni cool, ni moderno, ni clásico. El hace el gesto de qué facha, ¿no?, y posa un poco con carita Pino Colbert. Me palmea el hombro un poco fuerte, y yo sigo para la pista, pero para la parte de atrás, donde hay menos gente, y hay más gente gay.

Saludo a un pibe que conozco, a varios más, y después vuelvo al primero, que está bailando con otros tres, medio de prepo me presento, convido chicles. Bailamos, anuncian que cambia otra vez el DJ, despedimos aplaudiendo al anterior, y la música explota. Abrazo a los dos que tengo al costado, les pongo las manos en los hombros, aunque no los conozco, y al que sí conozco, que lo tengo enfrente, dice ronda, ronda, y nos abrazmos entre los cuatro. Yo apoyo la cabeza en el hombro del de la izquierda, como si apenas me durmiera, después en el de la izquierda, las caras se acercan, todos sonríen. Y yo digo bueh, bastaaaa, porque me enamoro, y no está permitido el casamiento gay entre cuatroooo. Se ríen pero no sueltan la ronda, que sigue unos segundos más, y ahora sí, se abre, y los dos de los costados me palmean la espalda. Yo los agarro por la cintura, por encima del culo, y apenas aprieto acaricio, y los suelto.

Se hace más tarde y mi amigo en el whatsapp me dice que ya se fue, me encantó verte, sos un tierno, te quiero mucho, ya llegué a Merlo, a las 11 tengo que ir a cuidar a mi viejo al hospital. Se hace más tarde y veo al alto de elegante sport sentado a un costado con una chica, me llama con la mano, me acerco, me presenta a la chica, que no puede hablar pero sonríe, y dice este pibe es un capo, lo adoro. Se hace más tarde y un pibe me saluda y me abraza y me dice hace años que te sigue, me encanta lo que hacés, le digo no sé quién sos, ¿seguro que soy yo?, sí, me dice, Christian, soy tu fan número uno. Se hace más tarde y se corta la música y se prenden las luces. Todos se apuran hacia el guardarropas, yo camino lento, y cuando llego el de seguridad, un morocho musculoso con una camisa perfectamente planchada y abrochada hasta el cuello está diciendo hagan la cola para allá, por favor, para allá, por favor. Adelante mío hay dos altos musculosos, muy parecidos, el mismo modelo, pero en distinto color, pelo corto, pecho hinchado, brazotes, uno con rasgos árabes oscurísimos y el otro con rasgos irlandeses pelirrojo.

Hay varias minas que se intentan colar, y el pelirrojo salta y se enoja. Las increpa y les dice no te hagás la boluda y hacé la cola. Las minas sí se hacen las boludas y se quedan ahí, se van metiendo igual. El pelirrojo se las agarra con el de seguridad, y le dicen, chabón, sos un inútil, nos decimos que hagamos la cola para acá y se van para el otro lado y no les decís nada. Veo las gotitas de saliva que le salen al pelirrojo de la boca, en parábola. El de seguridad hace como que no lo escucha. Al lado mío hay un pibito lindo, muy pendejo, con ojos dibujados felices. Dice uh, a este le cortaron la música y se puso re malo. Habla con voz de nene, y no se da cuenta lo nene que es. Desde atrás aparece una mano de mujer, como entrando en un cuadro, y le acaricia el pelo al nene. Qué hermoso pelo que tenés, chabón, le dice. Giro para mirar y es una lesbiana onda Dolores Fonzi, hermosa, pelo corto, un perfil que parece pintado en una vasija rota griega. Le miro el pelo y Fonzi tiene razón, el pelo del pibe es un remolino de pelo, espirales que nacen oscuras en la raíz y se ponen brillantes y titilan en los bordes, como galaxias. El nenito me apoya la mano en el hombro para decirme algo en el oído. Se me puso mimosa, dice, y se ríe. Tiene razón, le digo, tenés un pelo increíble. Nah, que voy a tener, dice, hace una semana que no me lo lavo. Es ahí cuando las luces cambian, declinan, y la noche ya se arrastra hacia su conclusión. Retrocedo un poco para recalibrar y enfocar. No, el pibe brilla, o el pelo. Y le digo no mientas, qué tiene ese pelo, elastina, algo tiene, pero te lo lavaste. Sí, me lo lavé, dice.

El pelirrojo sigue enojado, y puteando. Y Fonzi avanza hacia él. Qué lindos ojos que tenés, le dice. Fonzi es el lobo de Caperucita Roja, pienso. El nenito se me acerca otra vez y me dice al oído esta se pone mimosa con todos. El pelirrojo está diciendo son todos unos maleducados y unos inútiles. Yo empiezo a cantar Friends to be friends, e invito a las lesbianas a que se unan al coro, y se unen, pero no llegamos más allá del friends to be friends. El pelirrojo nos mira, pero ni se enoja ni se calma. Sigue enojado. Le digo flaco, tenés razón. Le voy a decir no te enojes, pero no hay nada menos efectivo que decirle a alguien no te enojes cuando no estás enojado. Enojado se te tensan los hombros, se te hincha la venita de la frente, te salen chispitas anaranjadas de los ojos, sos más lindo todavía, le digo. Por un segundo pienso que me va a estampar una piña, pero no, metí demasiado data en una sola oración y el pibe se tilda, no logra decodificar más allá de cierto tono elogioso o amable. Mira para abajo, la cara en blanco, como cuando la laptop se tilda y el mouse en la pantalla no responde, y después levanta la cara de nuevo y dice: todos estos pelotudos sin dientes, habría que romperles todos los dientes y hacérselos de nuevo, maleducados de mierda, basura. No sé a quién le habla, pero el nene del pelo galáctico se inclina otra vez sobre mi hombro y me dice, antes de que salgamos a la vereda, aturdidos y ateridos de frío y desconocidos y abandonados, este pibe va a ser nuestro próximo presidente.

La moto de Milton

Es pelado, musculoso y tiene una remera camuflada brillosa pegada al cuerpo. Me pide agua con un gesto. Le doy. Toma y me aprieta el hombro, y me dice gracias pa. Y baila marchando frente a mí, y le escucho decir dale, dale, dale, y bailamos al unísono, me pone una mano en cada hombro. Saco una pastilla y le convido, mira lo que es y hace pulgar arriba y acepta. La mayoría de los que les convido tardan un rato en desenvolver la pastilla, tienen que concentrarse, pasan varios segundos. Este lo hace rapidísimo. Me imagino que es mago, de los que hace truco con naipes. Continue reading La moto de Milton

Antiflama

Son las 7 de la mañana y se prenden las luces del boliche, y la gente deriva hacia el guardarropas, y después a las distintas puertas, bloqueadas por los de seguridad, que con un gesto marcan que se sale por allá. Yo salgo con un grupo de cuatro, con los que estuve bailando en la última hora, con interacciones corta pero efectivas: tenés fuego, gracias por el chicle, me salvaste, qué buena fiesta, siempre vengo, el show está bueno pero es muy largo.
Uno tiene sombrero de cowboy y por abajo le cuelga una cola de caballo canosa, otro es centroamericano pero cuando le pregunté de qué país era me abrazó y no me contestó y no me soltaba, otra es una torta musculosa que cada tanto me dice chabón y me pega una piña en el brazo y otro es uno de traje que parece llegado de un casamiento y está tan duro como un muñeco de torta. El muñeco de torta es el que tiene plata, invita tragos a todos, y por eso tiene la voz mandante y mandona. Continue reading Antiflama

Mi amigo ansioso

La pista está demasiado llena de gente, así que voy al baño a tomar agua, y me quedo bailando frente a la puerta. Pasan tres minas en tacos, altas, culonas. Al lado mío hay un pibe barbudito lindo, que les mira el culo a las tres. Me inclino y le digo al oído. Te veo mirar y ponerle puntaje a cada culo que pasa. Me hace gesto de que no entiende y se señala el oído. Le repito. Balbucea algo en un idioma raro. Russian, dice. Pero se le escapa una sonrisa. No mientas, le digo, que sos del conurbano, qué te hacés el ruso. Me pega una palmada fuerte en el hombro, dice qué capo, pero la palmada me duele. Continue reading Mi amigo ansioso

En el after

Son las 9 de la mañana y estoy en un after. Es una casa vieja, oscura, con un patio con macetas al fondo. Al costado del patio corrés un telón y te metés en lo que sería el living, que está totalmente oscuro. No se ve nada, salvo cuando girás y te parás de frente a la DJ, que toquetea botones en su tablero, como si piloteara un avión, con la cara titilando de lucecitas. Un pibe se acerca con un bamboleante vaso lleno de algo, me agarra del hombro, se inclina para hablarme al oído, pero solo escucho soplidos entrecortados, y que me escupe microscópicas gotitas tibias de cerveza. Continue reading En el after

Doppler

Un viejo duerme enrrollado en una frazada sucia adentro de un cajero automático justo cuando empieza a sonar la sirena de la alarma. Me pongo los auriculares del celular sin música,para bloquear un poco el guaguaguagua taladrador. El sin techo no se sobresalta, no se tapa los oídos, no gira para volver a acomodarse, no se mueve. Una 4×4 estaciona aunque no se puede estacionar, baja un tipo de sobretodo y lentes negros, y se mete a los cajeros. Prueba uno, no tiene dinero, el otro tiene pantalla de error, el tercero está al lado del viejo, lo ve ahí tirado y le da frío y se levanta el cuello del sobretodo, o huele a sucio. Sale del cajero, se frena en la vereda, saca un encendedor, prende un cigarrillo, tiene que volver a bajarse el cuello del sobretodo para meterse el pucho en la boca. Se queda unos segundos fumando, empuja al aire en cubitos nebulosos, desde donde estoy se ven verdes, amarillos y rojos a medida que cambia el semáforo. De pronto la alarma deja de sonar, sola. El tipo gira y mira para adentro, a los cajeros, sorprendido. Se saca el pucho de la boca, lo tira contra el contáiner verde de basura, rebota y cae al piso, todavía prendido, se sube a la 4×4 y arranca. Frena a pocos metros, frente al semáforo en rojo, pero no espera a que cambie y dobla en rojo. La alarma vuelve a sonar. Demasiada metáfora, demasiada noche. Me saco los auriculares y vuelvo a pasar en sentido contrario frente al banco, caminando rápido, efecto doppler.

Siempre para arriba

Lo tengo ahora a mi derecha, en diagonal, a dos metros, me mira, mira el piso, ojos oscuros, barba negrísima, mulato, en cuero, pecho marcado, pantalones blancos. Los haces de luces lo borronean, los cuerpos de los que bailan entre nosotros lo tapan, lo vuelven a mostrar. Lady Gaga canta que no fue amor, no fue amor, fue una perfecta ilusión. Están casi todos en cuero, mezcla de osos con osos musculosos, bailando en círculo, mezclados, péndulos en vaivén transpirados. El mulato se va moviendo, acercándose en espiral, si me oriento con un reloj está ahora a las 2, después a las 5, después a las 10, ya a un metro. Me mira y ahora me sonríe, tiene los dientes blancos. Estiro el brazo y le palmeo el pecho, le sonrío, se mete entre dos, me abraza, me mira a los ojos, me besa. Me abraza más fuerte, me pone la mano en la nuca, me mete la lengua, besa bien. Continue reading Siempre para arriba

Lo más grande del mundo

Suena Eurythimcs, los dulces sueños están hechos de esto, y todos bailan levantando los brazos. A un costado hay uno que baila zarandéandose con onda, mide como 1,90 así que tardo en escanearlo, de arriba a abajo. Es lindo con orejas paradas y carita de chanchito mimoso, barba dibujada con compás, regla y transportador, muy musculoso, con pecho hinchado bajo la remera apretada, brazos inflados, espalda en triángulo, piernas grandotas. Cuando baila va girando lento, sentido de las agujas del reloj, y es entonces que le veo el culo. Es un culo gigante pero proporcionado, pero que necesita para representarse tecnología 4D, que todavía no existe. Cameron va a tener que hacer un nuevo Avatar para que se vea. Y encima es un culo que cambia de color. O yo estaré alucinando. Culo azul, amarillo, verde, rojo, violeta. Es un culo arco iris, gay orgulloso. No, es el haz de luces que rebota en la superficie combada y se refleja, y el tipo tiene pantalones blancos. Tardo en volver de la hipnosis, los especialistas del siglo XIX deberían dejar de boludear con péndulos y relojes colgando de cadenas de una vez. Tanta belleza necesita una oda. Continue reading Lo más grande del mundo

Galletitas de medianoche

Es la mitad exacta de la noche, su bisectriz. Hora de ir a pagar la cuenta, de cerrar la tarjeta de consumo, de no comprar más alcohol. Pero media hora después, besándome con alguien que no conozco, pregunto: si ya cerré la tarjeta, ¿puedo comprar otro trago? Me dice él, otra cerveza, y compra otra cerveza. Bailamos, creo que es Rihanna, trabajamos, bailamos, creo que es Beyoncé, vamos, chicos, hagan fila, bailamos, siempre, el mismo vals carioca. Dos para allá, dos para acá, él se ríe, yo sonrío. Otra cerveza. Me agarra de la mano y me guía contra un rincón, donde dos lesbianas tijeretean con tijera a piquitos, me aprieta fuerte, me muerde, y me quiere meter la mano por atrás en el pantalón, pero tengo el cinturón puesto y la mano no traspasa, no aflojo el cinturón. Después, bailando solo, trato de apretar todavía el pantalón, porque todavía siento que el pantalón se me cae, pero no hay más agujeros en el cinturón. El último agujero es ya geológico, como el aro anticuado de una secuoya, de una última glaciación. El oso que me besa, que me quiso meter la mano en el pantalón me besa otra vez, y beso a otro, y a otro, y a otro, y cuando le pregunto el nombre, después de un largo rato, me pregunta si me voy, le digo que no, solo quiero saber el nombre, me lo dice, pero no le entiendo. Le digo que Christian. Continue reading Galletitas de medianoche

Perdón

Aparece flotando en el mar de cabezas, iluminado-oscurecido por las luces del boliche, se frena y me mira, y sonríe, de frente, solo con la mitad de la cara, y la sonrisa se interrumpe justo en el medio, como una Mona Lisa partida al medio, del otro lado la cara sigue como un emoticón de boca horizontal, como un guioncito: de este lado sonrisa curva, del otro lado parco guioncito.

Su mano en mi cintura, mi mano en el hombro. ¿Todo bi—?, voy a preguntar, pero él interrumpe. Perdón, estoy re en pedo, dice. Veo, digo. Igual estás en un boliche, le digo, no en el entierro de un amigo escribano. No sé por qué me sale siempre lo del escribano. Pobres escribanos. Y apenas lo digo pienso que si se te muero un escribano amigo, y es muy amigo o muy escribano, emborracharse podría ser una respuesta adecuada.

Perdón, vuelve a decir. Este será nuestro patrón de comunicación, pienso, nuestro destino: él va a confesar y a rezar, a pedir perdones, yo voy a tironearlo para tratar de izarlo desde el abismo del que cuelga, como si lo sostuviera en una película de acción mala, escurriéndose sus dedos entre mis dedos. No te preocupes, le digo. No me escucha, solo baja sus ojos de mis ojos a mis labios y se acerca milimétricamente, peón cuatro rey. Me tira la boca, pero frena a dos centímetros, ahora tengo los ojos encima de los ojos como halos, como luces, ciervo cruzando la ruta, enceguecido de luces altas, circule con precaución. Besar besa bien, con un reborde de cerveza, el alcohol y la amargura como lubricante social, esparcido, untado sobre todos nosotros acá en el boliche, como tostadas recién saltadas de la tostadora.

Mano en la cintura, pero no es él, es alguien que quiere pasar y pasa, y el gesto es el del permiso pero también el de vení para acá, vamos, no te beses con ese. Yo ahora tengo la mano en el cuello del amigo del escribano, en un gesto exagerado, apenas lo hago me pregunto y me divierte preguntarme para qué, y el tipo me toma de la cintura, y las dos manos distintas de los dos tipos se tocan por un instante y se repelen, como si se encontraran afanando. Me doy cuenta de que es pelado de tocarle el cuello, porque no tiene pelo hacia arriba, y se me escapa una risa adentro de la boca del tipo, porque buscándole el nacimiento del pelo termino medio tocándole la pelada, casi lustrándola, y me acuerdo de Mary Poppins, cuando los pibes para hacer volar la cama frotaban uno de los postes, una de las bochas de esos postes.

Mejor me voy, pienso, porque le pelado medio me gira, y me inclina, ya parece un paso de tango o un beso de los años cincuenta hollywoodense. Me desprendo, le doy una palmadita, en la cintura, y me alejo.
Avanza el tiempo y cambia la música y las luces, como glaciaciones, tectónico, moviéndonos el piso, en leves ajustes, derivas continentales, y acá está el pelado de nuevo. ¿Todo bi—?, digo. No, me dice. Se me murió mi perro hoy. Pienso en el entierro del escribano, en mi chiste de hace un rato. Pienso si no fui yo el que volvió a traerle el perro muerto cuando el tipo había ahogado el recuerdo en alcohol. Bah, estaba viejito ya, dice. Y lo tuviste que poner a dormir, digo. Me mira y no me entiende. Y yo me doy cuenta que la expresión es inglesa y acabo de traducirla estúpidamente al castellano.

Poner a dormir. Como si le leyeras un cuento al perro agonizante, y cuando se duerme lo arroparas, acomodaras el borde de la frazada como un friso en el borde de la cara, y retrocedieras hasta el pasillo, apagaras la luz, y te alejaras por el pasillo. Tiene otra vez la cara partida por la mitad, pero la sonrisa ahora está del otro lado, y la otra parte de la boca hacia abajo: la tragedia y la comedia juntas, reunidas en el centro de la boca como un besito. Le queda bien, a este tipo le queda bien. La simetría como parámetro de belleza está sobrevalorada, pienso, como si la belleza fuera un boludo inseguro que necesita que lo confirmen, cuando es más interesante si los dos lados de la cara son independientes, si uno comenta o refuta al otro.

Lo abrazo. Primero despacio, después bajando las manos hacia la base de la espalda, y se me escapa un masaje leve, y el tipo arquea la espalda como un perro que se despierta y se estira. Me apoya la cabeza en el hombro como para dormirse, pero me pasa la lengua por la transpiración. Me da cosquillas y pienso mejor me voy. Y me voy.
Avanzan y retroceden oceános y pantanos, revientan volcanes como granitos de pus, y de vuelta el pelado aparece oblicuo, entre la gente que gira con la cumbia, brillantes en su sudor, anaranjados, al spiedo. ¿Todo bi—?, digo, y me interrumpe: soy viejo ya, me dice. Antiguo, le corrijo. Eso pretendió ser un elogio, pero no estamos en la feria de San Telmo. Igual él no me escucha. Tengo 56 pero se me re para, dice. No parece de 56, y casi se lo empiezo a decir, pero estoy podrido de que siempre volvamos a chupar de la fuente de la eterna juventud, y de que el mejor elogio para alguien que tiene 56 es que no lo parece. Así que no digo nada. Perdón, vuelve a decir. Estoy muy borracho. Relajate, le digo. Me pregunto si el imperativo del verbo relajar tiene algún sentido, si alguien alguna vez se relajó porque se lo pidieron. Pero se me re para, dice, mirá.

Dice mirá y no se mueve, y estamos a pocos centímetros, y supongo que quiere que le mire el bulto, cosa que me da una fiaca infinita. Casi lo corrijo y le digo querés decir tocá, porque ver no creo que se vea nada. Pero no me agarra la mano ni hace nada, se queda ahí inmóvil, y tira un poco la cabeza para atrás, como diciendo hacé de mí lo que quieras. Claro, pienso, le masajeé la espalda y ahora quiere el final feliz. Me río, le doy una palmadita en el hombro. Cuánto laburo, pienso. No sé qué significa “laburo” exactamente, si me refiero a la laboriosidad de este tipo encarando, pidiendo perdón, esgrimiendo sus años y sus erecciones, o yo, maniobrando una coreografía trabada, de huída y retroceso, de arrastre y abandono.

Todo esto que hacemos acá abajo, cuánto trabajo, edificios que se vuelven ruinas, herramientas que se oxidan en cajones en garages, abrazos y caricias y besos borroneadas apenas se escriben, como un zurdo con la 303 que escribe encaramado al papel para esquivar su propio puño que borronea. Me quedo mirándolo a los ojos, y las dos secciones de su boca se alinean, la de este lado y la de aquel arman una curvita. Me da una palmadita en el hombro él, se sonríe todavía un poco más, baja la mano a mi cintura como pidiendo permiso para pasar, y se va él, sin pedir perdón.