Category Archives: no soy yo cuando me disgusto

Asesinando un celular

Si estás seguro de que no lo querés más, reventalo, me dijeron. Se referían mi celular, que nunca funcionó bien, que ya llevé dos veces al servicio técnico, y que hace unos días ni siquiera enciende. El seguro te cubre el 50% de uno nuevo por robo o por destrucción total, así que esto nos empuja a una encrucijada moral de proporciones bíblicas. ¿Qué pecado es preferible, mentir que te lo robaron o romperlo intencionalmente? ¿En las tablas de la ley celular, cuál aparece mejor rankeado, el “No matarás” – tu teléfono móvil – o el “No incurrirás en falso testimonio”? Continue reading Asesinando un celular

El pub de la pelea, parte 3

[Tercera y última parte de la historia que empezó acá y siguió acá. Empecé a escribir con la idea de escribir esto en 15 minutos, pero me colgué y son las 4.30am. Los lectores generosos entonces avisarán si hay errores obvios o harán la vista gorda. Ambas cosas se agradecen.]

– Traé servilletas para secarle la sangre y fijate si podemos pegarle la ceja con la gotita – le dice uno de los de seguridad al otro. – Y llamá a la ambulancia que le van a tener que poner de nuevo el hombro.

Me llevan para allá, para allá es el patio, o sea para el sector fumadores. Primera ironía. Me cago de frío: segunda ironía. Me alcanzan un rollo de papel higiénico para que me seque la sangre: tercera ironía. Miro el cielo hacia el que se elevan las señales de humo del humo de los cigarrillos. Leo los puntos y los guiones del mensaje: j-o-d-e-t-e. A partir de ahora j-o-d-e-t-e, vos solo fuiste atrás del conejo blanco fumador, te ligaste la trompada, merecida o no, te caíste por el agujero de Alicia y ahora se borró todo y solamente brilla la sonrisa del gato de Cheshire, que te va a seguir como una estrella fija toda la noche.

Diego me agarra la mano, la pone entre las suyas. Bajo a tierra, a mi pecho y a mi estómago. Tengo la panza cubierta de pétalos de sangre coagulada. Tomo uno entre los dedos, lo levanto hasta mis ojos como para mirarlo al trasluz, brilla tu diamante loco. Es como una escama roja, de plástico, elástica, es la sangre que me chorreó de la sien.

Pienso boludeces: mi cuerpo produce plástico, no solo carne, sangre y huesos, sino también este cotillón. Hay un capítulo de Sex and the City en el que Charlotte tira pétalos de rosa rojos sobre una cama para prepararla para la noche de bodas. Desfloración, supongo, significa. Yo quiero cubrir mi cama de noche de bodas con estos pétalos de sangre que me salieron de la sien. A Oscar Wilde le encantaría, sí, en serio le encantaría. Continue reading El pub de la pelea, parte 3

El pub de la pelea, parte 2

[continuación]

Mi puño viaja hacia la cara describiendo un arco, como si tuviera una raqueta en la mano y le pegara a una pelota. No quiero mentir, al único tenis que jugué en mi vida es al tenis de mesa, así que lo mejor es imaginarme con una paletita de ping pong pegando un remate, un remate fuerte. La cara del tipo se sacude bruscamente hacia el costado y cuando vuelve a la posición vertical es otra cara. Diego grita pará pará y se interpone entre el pelado furioso y yo.

Es un lugar común decir todo sucede en un segundo, pero también es cierto. Lo que sucede en un segundo es esto: pongo en movimiento el puño recorriendo un arco hacia la cara, centímetros antes de que ese puño haga impacto en su cara el pelado se da cuenta lo que va a pasar y hace una mueca de sorpresa, la parte interna de mi puño golpea su sien, la cabeza se desplaza hacia un costado, Diego grita pará pará, intenta interponerse y agarrarle los brazos por las muñecas, la cara del tipo vuelve a su posición vertical, el tipo se lanza hacia adelante, yo me miro la mano como si fuera la culpable, vuelvo a mirar al tipo y lo veo abalanzarse como si fuera el primer jabalí de una manada de jabalíes de ojos rojos. El siguiente segundo lo ocupa este pensamiento: este partido de ping pong lo pierdo.

Pause. Congelemos la imagen y retrocedamos a mi infancia y a mi adiestramiento en el templo Shaolín, o mejor, en algún campito de Merlo, después de una tarde entera de tirarle piedras con la hondera a una lata y de descuartizar varios cascarudos. Luis me mira a los ojos y me dice: “Chingolo…” (así me decía Luis desde que se enteró que fui un chingolo en una representación de Sueño de una noche de verano en el Teatro de Merlo. Ahora que lo pienso: estoy casi seguro que no hay chingolos en las obras de Shakespeare, así que esas medibachas amarillas y todas esas plumas de papel crepé se vuelven todavía más innecesarias). Luis me dice: “Chingolo…” – y ahora que lo pienso chingolo es como “mi pequeño saltamontes” – “si te vas a pelear tenés que hacerlo con instinto asesino. Tenés que estar seguro de que la furia no se te va con la primera piña. No podés quedarte a esperar una vez que pegás el primer tortazo. No podés esperar ni pelear limpio, los boludos que pelean limpio terminan desfigurados.” Continue reading El pub de la pelea, parte 2

El pub de la pelea, parte 1

[1 de abril de 2007, creo]

No me acuerdo si fuimos al cine, seguramente sí, lo que sí sé que a eso de la una de la mañana decidimos ir a tomar algo. ¿Contramano? No, ahí vamos siempre. ¿Milion? No, los tragos son demasiado caros. Me acordé de Flux, un pub chiquito en un subsuelo en Marcelo T., regenteado por un par de yanquis. No lo conocíamos, así que por qué no. Fuimos y estaba cerrado por vacaciones. Volvimos a Contramano, yo ya estaba cansado de caminar. Había cola. Probemos Angels. También había cola. Acá podría señalar lo raro de todos estos boliches cerrados o llenos. Me acuerdo que nos preguntamos, mientras cruzábamos Córdoba con el hospital de Clínicas a la derecha, por qué habría tanta gente en todos lados. Podría acomodar todo ese azar en una hilera de piezas de dominó que se caen una tras otra o en un videogame donde soy un pacman y el joystick lo tiene el destino o andá a saber quién, pero no creo en el dominó.

Yo, creo, sugerí Glam, y acá voy a pasar a tiempo presente: yo sugiero Glam y ya estamos parados en la entrada, esperando entrar, porque sí, acá también hay cola, pero solamente esperamos 5 minutos. Pregunto el precio de la entrada. Es cara, incluye una consumición. Le pregunto a Diego si igual quiere entrar. Sí, dale, ya estamos acá. Entramos y damos una vuelta por el lugar. Adelante hay una barra junto a la pista, donde casi nadie baila. Más atrás hay otra barra, los baños y un patio donde se puede fumar. Volvemos hacia la pista y pedimos tragos en la barra: yo un daikiri de durazno, Diego un gancia solo. Continue reading El pub de la pelea, parte 1

Easy

El miércoles pasado fui a Easy a comprar dos bibliotecas para mis libros y CDs. Como no quería cargar con las cosas en un taxi, decidí pagar el flete. “Flete pesado”, me anunciaron, “sale 19 pesos”. Me pareció caro, pero acepté, y prometieron entregarme la mercadería hoy viernes entre las 9 y las 15. Me molestó que la franja horaria fuera tan ancha, pero acepté, porque me gustan los juegos de sumisión.
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La otra endogamia (2)

Una regla útil: no escribir si no sabés que querés decir. Violé esa regla en el artículo “La otra endogamia”, que publiqué días atrás. En realidad sólo escribí una frase al final de una cita de Norman Mailer, y con eso alcanzó y sobró para que no se entendiera nada de nada.

Confieso que en ese momento pensé que sí sabía lo que quería decir. Ahora me doy cuenta que no; que más que una idea, lo que me perseguía era un malestar, una picazón. Trataré de explicar de qué hablo.
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Orgullo

Hace unos años, una mujer sentada al otro lado de la mesa me dijo: Nosotros no te criamos para eso. Eso es una enfermedad, y te tenés que curar. Te vamos a llevar al psiquiatra, vamos a hacer lo que sea necesario. ¿Por qué nos hacés esto? La gente como vos termina mal. Vos no sos mi hijo, no te reconozco.

Esa misma mujer me llamó ayer por teléfono y me dijo: Nos vamos a Bariloche con tu papá. Y me da muchísima bronca porque el 20 no voy a poder estar. Yo quería ir a la Marcha del Orgullo.

Mientras, los chicos que se pasan el año debatiendo Ben Simon versus Vans, concluyen por única vez en el año: Yo no tengo nada que ver con los travestis. Es una comparsa, un carnaval. No sirve para nada. Te terminan odiando más por ridículo. No hay nada que festejar, no hay nada que protestar. ¿Orgullo? ¿Orgulloso de qué?

Orgulloso de qué.

Rodillas, codos, fémures y ronquidos

[25 de Septiembre de 2003, Piscataway, New Jersey; mi respuesta a los insistentes correos masivos enviados por el Vicepresidente 1ero de la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires]

El año pasado le envié un email al diputado porteño Jorge Enríquez respondiendo a una carta suya que La Nación publicó en su correo de lectores. Enríquez aseguraba que la ley de unión civil a punto de sancionarse era “una ley mediática”, que “vulneraba una institución como el matrimonio o la familia” y que los gays “ya tienen bastante cobertura en nuestro sistema”. Ninguno de los numerosos emails que envíe a La Nación fue publicado. Y nunca recibí respuesta de Enríquez.

Sin embargo pronto empecé a recibir emails comunicándome las actividades del diputado: que iba a estar en tal programa radial, que iba a oponerse a tal convenio, que iba a organizar tal simposio. Le envíe en ese momento un email pidiéndole que me retirara de su lista de contactos ya que nunca le había pedido ser notificado de sus actividades. No escondí mi irritación, el email lo dejó muy claro. A los pocos días recibí su respuesta. Me pedía disculpas por no haber respondido mi email en su momento “hecho bastante infrecuente, ya que contesto todos los que recibo, que son muchos” pero supuso que se había “traspapelado”. Luego me aclaraba que ya había “dado instrucciones” de quitarme de su lista de contactos.

Los emails desaparecieron durante un par de meses, pero hace un mes volví a recibir uno, invitándome a un foro de participación ciudadana. A continuación el email que le envié (y que, por supuesto, nunca fue respondido).
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Exorcismos

Ya no pongo el despertador a la mañana sino que dejo que me despierten las langostas. Sí, no se por qué razón, puntualmente a las 10.30 am las langostas se lanzan en un pizzicato que es la apoteosis del dodecafonismo entomológico. Y yo me despierto a las 10.30 am porque me acuesto a las 4 am o algo así todos los días. No sé si es insomonio. Echále la culpa al exilio. El colchón tampoco ayuda y la sábana hace un pliegue inaudito en el centro, porque las compré baratas y junto con el pliegue hay como grumos, bolitas como hormigas que bordean el pliegue central, así que más que dormir siento que estoy siendo pulido, que a medida que giro y contragiro en la cama es como que me voy poniendo cada vez más brillante, como una tetera de plata que una mucama aburrida repasa con el Blemm y la gamuza.
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Guatepeor

[26 de Abril de 2002, San Francisco, USA]

Lo veo al guatemalteco casi todos los días en el gym. Casi no hablamos, cruzamos un hola cuando nos llevamos por delante en nuestro recorrido en busca de las mancuernas.

Ayer, luego de 20 minutos de bicicleta enfilé al vestuario a lavarme la cara. De pronto, en plena ablución, me doy cuenta de que lo tengo al guatemalteco al lado. Me pregunta, amistoso: “¿Cómo va la búsqueda de trabajo, las entrevistas?”. Yo: “Para el culo”.
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