Erick, con K

[16 de Noviembre de 2002, Cafe 52, New Jersey]

A continuación una serie de viñetas que tienen a mi vecino de arriba como protagonista.

– Un mes atrás

Cuando vuelvo de la peluquería encuentro un cartel pegado en mi puerta. “Esperame a las 18.30, voy contigo a ver Nueve Reinas. Erick”.

Media hora después, mientras me afeito frente al espejo, lo veo asomarse por la puerta a mis espaldas.

¡Feliz cumpleaños, papá! – grita y me abraza – ¡Guau, hombre, vaya corte de pelo! ¡Te queda muy bien, con ese look tan Backstreet boy! ¡Estás que ardes pues!

Me apoya un dedo en el pecho y suelta un “¡Pssst!”, lo retira enseguida y se lo sopla, como si hubiera tocado un objeto incandescente.
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Borrador y cuenta nueva

[23 de Octubre de 2000, San Francisco, California. Encontré hoy este email con el título “Mail para reescribir” que nunca envié por juzgarlo en estado embrionario. Todavía lo está. Este email forma parte de la hemorragia verbal que provocó mi cumpleaños número 30 (notarán el aire lúgubre, caótico, nostálgico). Pedazos de este email fueron usados en otros, sepan disculpar la repetición involuntaria.]

Empecemos a rasguñar la superficie, la burocracia de la vida, esa caparazón donde nos estampan los sellos, esa neblina que cubre nuestras jornadas de desasosiego y comezón. Terminé de escribir mi ensayo. De alguna manera pasó mi cumpleanios, contesté llamados que mi celular se desesperaba por identificar. Voces cercanas que vienen de lejos, brisas refrescantes nacidas en territorios de atmósfera incandescente, buenos aires necesarios para la respiracion artificial en el gran país del norte.
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Escrito en un bar

[19 de Octubre de 2000, San Francisco, California, mis ejercicios de escritura automática: escribir a toda velocidad suspendiendo el raciocinio]

botella de coca enana, simpática, 90 60 90, pero no, otra vez salir a buscar el precio del miedo con la cabeza girando como un molino de viento, buscando un clímax de bolsillo, tentáculos de espuma, astrolabio guiado por estrellas de látex, montado en el agua viscosa que fluye hacia atrás. mirá por la ventana, anteojos oscuros, código morse. a ver que pasa con todos aquellos que esperan, aquellos que enchastran sus solapas de miel líquida, sin sur, sin norte. voy a poner proa hacia mi ombligo, construiré una balsa y me iré a naufragar. los párpados pegados, con moco, con engrudo, en el espejo lustrado o con la mirada perdida, en algún lugar. pijamas, la ducha, salir, encender la televisión, empinar el codo verde, fuego, incendio forestal que no se anuncia en tu bosque inguinal, tarantela de los días que se pierden en un aura de ritual de fertilización asistida. retrocedé y dejá tu cofre abierto, para que vengan a buscarte y no te encuentren, para que te desaparezcan, para que te desbusquen, para que te desvean, para que te desextrañen, para que exploten en multicolores guirnaldas los olivos, los olvidos, el campanario de cerezas azuladas, la fiebre que avanza imparable, la raíz seca de la duda, la mandioca del miedo, el espejo del cenit, el frontón del cóccix, la virtud de volver a mirar con los pies desnudos y las rodillas roídas. acampar por fin en la isla desierta de jíbaros vegetarianos que se devoran a los asesinos seriales del aburrimiento con tenedores de bronce y cuchillos de acero inexorable.

La brisa helada de un día nuevo

[25 de Enero de 2001, San Francisco, California]

Estoy vivo. Lo acabo de confirmar, los espasmos previos al vómito provocados por la nueva crema dental de Colgate, control tártaro con bicarbonato de sodio y peróxido no dejan espacio para la duda.

Enero llegó y se fue. Pasalo y que no vuelva. Me mudé al Sunset, un barrio con heladerías que ofrecen verdadero gelato italiano con los gustos escritos en la pizarra con caracteres chinos. La mitad de las veces soy el único que habla inglés en el Muni (el tranvía de San Francisco), el Pacífico está a 15 cuadras y hay un gigantesco parque (Stern Grove) cercado por eucaliptos a media cuadra.
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Derrotas

[2 de Noviembre de 2002, Café 52, New Brunswick, New Jersey. Carta escrita a Rolando, con motivo de su inminente mudanza a San Luis.]

Rolando,

Millones de años pasaron, o quizás solo millones de minutos, desde que nos vimos por última vez. Mi última visita a Buenos Aires fue caótica en muchos sentidos, ni siquiera sé muy bien que hice. Me ha pasado que mis visitas cortas resultan más compactas y efectivas, las largas, en contraste, se dilatan, se estiran, se enturbian.

Se me ocurrió escribirte, intentar reconectarme con vos desde el papel. Sos de los pocos que no acceden a la internet (NO pertenecer tiene sus privilegios) y eso me fuerza a la comunicación manuscrita, al pulso de la Pilot Precise V5 Extra Fine. Disculpá la letra, el desorden: me malacostumbré a la PC, y extraño la tecla Delete: ¡Tink! y un párrafo chirle o un adjetivo resbaladizo desaparecen. El desorden también viene del atropello del principio de unidad y del de secuencia: no tengo una idea clara de qué decir, no tengo una intención definida ni un propósito último.
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