Regalo

Anteayer, 18, cumplí años. Y Sandra me acaba de hacer un regalo hermoso en la contratapa del Página de hoy. Me encantó que diga, con cariño, que soy curioso e incorregible, pero lo que más me gustó es que me diga pibe cuando acabo de cumplir 37. ¡Gracias Sandra!

Para los que llegan a este post luego de leer la contratapa, el intercambio de emails con Eduardo Pérez dal Lago que menciona Sandra está acá.

Y para los que están muy perdidos: el de la foto soy yo. Abajo de la foto hay un link que dice Autor, donde se cuenta un poco quién soy. Y abajo de Autor hay un Mapa del sitio, que es un buen lugar para ubicarse en el caos del blog (se listan los textos agrupados por temas, etc).

Entre los árboles

Volver a escribir, volver a los palotes, pienso, acostado boca arriba en la cama. Estoy a punto de cumplir 37 años. Hoy, 16 de octubre, nacieron Oscar Wilde y Angela Lansbury. Basta, mejor salir de la cama, asumir este insomnio de las 5 am.

Volver a los palotes, es decir, a hacer chorizos de plastilina, al preescolar. La maravilla de armar chorizos de plastilina y después apoyar el pulgar y aplastar la plastilina y descubrir las curvas espiraladas de las propias huellas dactilares.

¿Pero cuál es el equivalente literario de armar chorizos de plastilina? Un diario, un blog hecho y derecho. Así.

Dormí 5 horas, después otras 4 y me desperté con dolor de cabeza. No pude volver a dormir. Leí un poco más de Ask the dust, de John Fante. Fante iba demasiado rápido así que me agarré el Dubliners de Joyce. Leí la primera historia. Lo que más me gustó fue que dice algo así: “Me alcanzaron una galletita para que coma, pero no quise comerla porque iba a hacer ruido”. El personaje estaba en un velorio.

Salí a la calle a comer, ya había anochecido. Feriado y casi nada abierto, pero sí, por suerte el lugar de siempre, frente a la plaza y frente a la iglesia iluminada en la oscuridad. Había dos minas hablando en inglés en la otra mesa. No me gustó nada de lo que había en el menú, así que pedí algo con hongos salvajes, porque necesitaba algo salvaje o porque estaba frente a una iglesia iluminada.

Saqué los textos del taller del miércoles de la mochila y me puse a marcarlos con una birome verde. En el texto de M. hay una muerte y después unos papeles amarillentos en una caja y después un árbol y después muchos árboles y después una columna de humo subiendo entre los árboles. Miro la plaza: el tobogán, las hamacas, en la oscuridad, entre los árboles.

***

Ayer me senté a escribir para acordarme de la primera vez que chupé una pija. Pero primero tenía que hablar (no sé por qué) de la fábrica de azufre de enfrente de mi casa de Merlo. Y me acordé del eucaliptus de la esquina de mi casa de Merlo. Y me quedé ahí parado, chiquito, mirando el eucaliptus.

“Los que nacieron y crecieron a la sombra de un árbol alto lo saben: el sonido del viento entre las hojas es el pentagrama sobre el que se escriben todos los recuerdos. El vaivén del árbol en el viento, con las raíces agarrotadas en la tierra. Un árbol es como un metrónomo que se niega a negociar su velocidad vegetal con nosotros. Por eso lo derribaron y construyeron ahí un edificio de departamentos, lleno de corazoncitos que laten a 100 pulsaciones por minuto.”

¿Cursi o verdadero? Saqué ese párrafo y lo puse en otro lado, para que no molestara y poder llegar a la primera chupada de pija, pero no me salió nada más y me volví a la cama.