Separata

Las cosas son como caramelos, envueltas en el papel de las palabras. Ahora hace calor y las cosas se ablandan, se ponen chirles, sudan su baba central y se pegan a las palabras que las envuelven. Hay que desenvolver las cosas con cuidado milimétrico, o sino resignarse a comer el caramelo con pedacitos de papel pegado.

Escribir es como cortarse las uñas, algo te crece dentro de la carne, se abre camino y se curva, se vuelve sólido y flexible, un tejido de células muertas. Y hay que desprenderlo para que vuelva a crecer, cortarlo con un clic.

Clic.

Fin de año fin

No creo en confabulaciones cósmicas ni nada de eso, menos mal, porque sino estaría tentado de leer todas estas cosas como señales, y como las señales ocurrieron a fin de año no sabría tampoco si leerlas como coda de un ciclo que termina o como advertencia de lo que vendrá. La cosa es así: invité a dos o tres amigos a pasar el fin de año en casa, varios más vendrían a sumarse luego de las 12. El 31 a la mañana me desayuné con que el portero eléctrico no funcaba. Me desesperé: la mina que venía a limpiar (una nueva, porque la que venía antes tiene el marido grave, ¿otra señal?) seguramente había tocado el timbre y se había ido después de un rato de sentirse ignorada (es incapaz de llamar por teléfono, parece, aunque le di el número unas 4 o 5 veces). Bajé entonces a hablar con el portero (el humano) para ver si podíamos arreglar el portero (el eléctrico) cuanto antes. Le expliqué que iba a venir gente a la noche y que iba a ser casi imposible detectar extrasensorialmente su presencia sin ayuda del portero (llamar por teléfono o celular, alrededor de la medianoche se iba a tornar imposible). Salí mientras a hacer las compras necesarias (sánguches de miga y gaseosas) y al volver el portero me dio la buena noticia de que vendría el electricista en un par de horas. Increíblemente vino en un par de horas, tal como había prometido y solucionó el problema, previo desembolso por parte del locador (yo) de una suma cercana a los 100 pesos (“que no cubre el consorcio”, aclaró). Pensé, erróneamente, que después de todo, que el fin de año fluiría hasta su desembocadura sin obstáculos. Pedí helado, me puse a limpiar la casa. Terminé alrededor de las 5 de la tarde y me tiré un rato a dormir la siesta. A las 8 de la noche sonó el timbre. Salté de la cama, ¿quién sería?, mis amigos venían, supuestamente, a las 10. Era el portero (el humano hablando a través del eléctrico): “Le quería avisar que se rompió un caño y que le tenemos que cortar el agua del baño”. Yo: “¿Solo del baño?” Portero: “Sí, supongo que el resto va a seguir funcionando”. La reputísima madre que lo parió, pensé, y dije: “¿No me puede dar un rato así me ducho antes de que corte el agua?”. Dijo que sí. Me duché a toda velocidad. Después me puse a lavar los platos. El agua en las canillas del baño se puso marrón y luego de extinguió, y lo mismo en la cocina. Desesperación. Envidié a mi abuela, accionando la bomba que extraía el agua de la tierra a mano. Bajé a buscar al portero humano, pero no lo encontré. Tampoco respondió la docena de timbrazos. Había desaparecido. Mis 5 invitados y yo deberíamos abstenernos durante horas de ir al baño, lavarnos las manos y cualquier otra actividad que necesitara agua. En ese momento el agua que tenía en el departamento consistía en los dos litros de agua mineral que tenía en la heladera y en la que contenía el balde (la que salía del aire acondicionado) con varios mosquitos muertos flotando. Volví a subir a mi departamento y llamé a los invitados avisándoles que no vinieran. Pasaría el año nuevo mirando el techo y controlando a lo fakir mi uso de agua y mis necesidades excretoras. No, mejor no, mejor me voy a Merlo, pensé. Eran ya las 10 y media. Llamé a mi madre y de pronto, en el medio del llamado, mi teléfono inalámbrico murió y me quedé a oscuras. Habían cortado la luz. Me asomé: no era yo solo, toda la calle a oscuras. Llamé a mi vieja desde el teléfono no-inalámbrico. Me voy para Merlo, le dije. Correr, huir de la ciudad hacia el suburbio. Metí un par de remeras en la mochila, un par de calzoncillos, el desodorante, un libro de Murakami. Salí corriendo a tomar el colectivo. Subí al 68. En las veredas de Santa Fé se acumulaba la gente que había salido de los restaurants a oscuras. El chofer del colectivo hablaba por celular con su mujer avisándole que “media ciudad está a oscuras”. En Once subí al último tren, casi vacío, hacia el oeste. Busqué un vagón de los viejos, de esos que tienen asientos con apoya-cabezas, para poder dormir. No encontré ninguno. Me senté contra una ventanilla, apoyé la cabeza contra la chapa de la pared. De a ratos un viento fresco me golpeaba la cara. Me dormí.