Cuba libre, un viaje, 8

Tercera jornada en Cayo Coco

Me despierto tarde y almuerzo en el quincho frente a la playa. Se acerca un mozo rechoncho a tomar el pedido y me da la mano. Me llamo Lá-za-ro, dice, separando en sílabas. “El que se levantó de entre los muertos”, digo. “Ese mismo, nací en diciembre”, agrega. “Te pusieron el nombre por el santo, entonces”, sugiero. Sí, efectivamente. Pido una pizzeta de chorizo, con queso y tomate. Me dice: “Acá (se refiere a Cuba), si no tiene queso no le decimos pizza. ¿Afuera cómo es?”. Me quedo pensando, no en la ontología de la pizza, sino en la palabra afuera. Tengo la cabeza hecha un lío y no estoy para hacer análisis de discurso, pero me parece que decir afuera para referirse al resto del mundo implica un adentro opresivo. El afuera es la puerta que se abre para ir a jugar, el adentro es resignarse a ser la señorita de San Nicolás: coser y a bordar para enamorar al coronel. En la dictadura la gente se iba a vivir “afuera”. Ahora se va a vivir a Estados Unidos, a España. El lugar de destino ahora importa, porque ahora se va en busca de, antes el destino no importaba, porque lo que había que hacer era salir. Continue reading Cuba libre, un viaje, 8

Aniversario 11, Fiesta de osos

Hicieron entera la instalación eléctrica del departamento y ahora no hay clics fallidos. Clic luz encendida, clic luz apagada y así por varios días. Pero el viernes todo eso se acabó y ahora prendo la luz del baño, la crucial, la que está arriba del espejo en tres partes, y primero se enciende, después duda, se apaga, parpadea, estroboscópica. Probé otras lamparitas y nada, así que son los cables o una señal. Adentro de la pared alguien hace morse con los cables y yo vuelvo de bailar del boliche, borracho y me enfrento a la fragmentación en el espejo. Si no hay continuidad no hay identidad. Estoy seguro que si el sol parpadeara así, como la lamparita asomada al capullo del aplique, nuestra vida sería otra. O mejor dicho, si por el ojo entraran fotogramas discontinuos, fotos fijas, abandonaríamos rápidamente la tarea de unir los puntos para formar la figura y navegaríamos entre cardúmenes de filamentos de colores y quién te dice, capaz que así entendería mejor.

O quizás sea al revés, quizás la continuidad sea el engaño, el barbitúrico, y la realidad sea caleidoscópica y absolutamente caótica y todos estos fragmentos no se acoplen. Quizás sólo haya que tirar todas las piezas arriba de la mesa y prender la luz del baño y que relampaguee. Acá van una por una las piezas de esa noche, la de la Fiesta de Aniversario Número 11 de los Osos de Buenos Aires.

CLIC.

Entre la muchedumbre de la fiesta veo al tipo con el que me agarré a piñas el año pasado. Estoy borracho y zen y lets give peace a chance. Me acerco. Hola, digo y le encajo un beso en la mejilla. El tipo me mira sin reconocerme. Está en musculosa, igual de patovica, todo tatuado y tiene una cicatriz gigante que le cruza la cara. No, esa no se la hice yo. Esa ya la tenía cuando hace un año, de una piña, le corté la ceja. Sigo: Yo me agarré a piñas con vos hace un año con vos en Glam. Ahora sí me reconoce, pero su cara no se inmuta, es una foto fija, un comodín: esa misma cara significa muchas cosas. La de ahora significa: este pibe está loco. Sigo: Te quería pedir disculpas, la fue cualquiera. Él: ¿Te lastimé mucho? Yo dudo. Podría mentir y decir que no y no darlo así por ganador. Pero no, digo: 3 semanas de yeso. Su cara no cambia. Yo: bueno, era eso, chau. Continue reading Aniversario 11, Fiesta de osos