Los pasillos de tu mente

Yo vivía en ese momento en San Francisco y había conseguido, por fin, trabajo en una empresa de software del downtown. La empresa hacía software a medida y tenía unos quince empleados. Apenas vi el aviso online me gustó el nombre: «Electric Octopus, Inc.» («Pulpo Eléctrico, S.A.», a partir de ahora «EO») y cuando entré al lugar confirmé que quería trabajar ahí. Era un amplio espacio casi sin divisiones, con escritorios distribuidos caóticamente, y en las paredes colgaban pósters de los 60s y los 70s. Reconocí a Joan Baez y a Los Beatles en su época Sergeant Pepper, y el resto seguía la misma onda psicodélica: pelos largos, ropa de colores, sonrisas plácidas. Algunos de los personajes de los pósters parecían haber descendido de las paredes y ocupado algunos de los escritorios, y vi tres viejos esmirriados, de pelo larguísimo y canoso, y barba en triángulo también larguísima y canosa, tan parecidos entre sí (¿serían trillizos?), que por un momento los confundí con los ZZ Top. Ocupaban escritorios contiguos, y parecían sincronizar no solo el largo de sus barbas, sino sus movimientos y hasta sus campos magnéticos. Permanecían largas horas sentados frente a sus pantallas, donde llovían cifras misteriosas y de pronto, sin ninguna señal perceptible, giraban en sus sillas, las arrastraban hasta armar un pequeño círculo, y conspiraban en voz baja, encorvando las espaldas, medievales. Después supe que eran los tres administradores de base de datos. Continue reading Los pasillos de tu mente

Loop

Siempre que me cruzo a este pibe pasa exactamente lo mismo. La misma secuencia. Me abraza y me dice “uh, hace mil que no te veía”. Tarda en soltarme. En realidad me vio la semana pasada y me dijo lo mismo. Y la anterior, y la anterior. Y la anterior. Después me pregunta sobre distintos aspectos de mi vida. A cada cosa que respondo reacciona sorprendido, aunque las respuestas son las mismas que las últimas diez veces que hablamos. Estoy un poco borracho, dice. La música suena atronadora. “Me vuelve loco tu pelo, tu boca, tu piel, tu cintura, da da da eeh.” Vos necesitás un poco de eso, le digo, señalándole con la cabeza a dos pibes abrazados, refregados, que bajan hasta el piso con las caderas pegadas y vuelven a subir. No, nada que ver, dice, ofendido, y me pega una piña en el hombro. Es en chiste, pero igual me duele. Es en ese momento en el que, incómodo, vuelve a insistir con que aquella vez, cuando pasó eso que pasó, no pasó eso que pasó. No cedo, lo que pasó pasó, pero no te preocupes, le digo. Vuelve la música. “Seguimos asomándonos, tú y yo ooooh. Sintiéndonos. Besándonos.” Después parece acordarse de algo. ¿No viste a mis amigos?, me parece que me dejaron solo, dice. No vi si se fueron, pero le sugiero que se fije si le mandaron un whatsapp. Me mira con cara de “qué idea tan brillante” y efectivamente tiene un mensaje que dice que se fueron a comer y lo esperan. Mejor me voy, dice, estoy muy borracho. Me abraza. Qué bueno verte, hace mil que no te veía, vuelve a decir. Tarda en soltarme. Y se va. Hasta la próxima iteración del loop.