Calor

Salgo a comprar leche para desayunar, vestido así nomás, sin siquiera lavarme la cara, y sin darme cuenta de que la ola de calor ya pasó y está fresco. Cuando salgo del almacén, una señora mayor, muy elegante, me chista. ¿Me ayuda a cruzar esa calle, por favor?, me pide, señalando el cruce a mis espaldas. Le digo que sí, que por supuesto, y le ofrezco mi brazo, que toma con elegancia. La gente observa extrañada a la señora del vestido y al gordo de bermudas y ojotas con el sachet de leche en la mano que avanzan a ritmo de marcha nupcial. Me doy cuenta inmediatamente de que no es ciega y tampoco tiene problemas para caminar. ¿Por qué necesita ayuda entonces?, me pregunto, y ella se aprieta levemente contra mi hombro. Cuando llegamos a la otra vereda me suelta el brazo con delicadeza y se despide diciendo: Muchas gracias, tenía frío.