Dark

Interior. Dark room. 2:50 AM.

Fumadores agrupados en racimos, conversan en murmullos, interrumpidos por grititos histéricos o por el pío pío de un mensaje de whatsapp. Alguien prende un encendedor y acerca la llama a la punta del cigarrillo. El halo de luz repentino ilumina el horizonte, donde deambulan zombies chupapijas hambrientos de carne humana, atontados.

Un muchacho de unos 35 años, que llamaremos “Homo”, con chupines oscuros y camisa negra con finas rayas blancas, quizás demasiado formal para el lugar, se saca la billetera, el celular y las llaves del bolsillo y se inclina para metérselos en la media. Alguien le advirtió de la presencia de pungas y no quiere que lo roben. Deja unos chicles y unos preservativos a mano en el bolsillo, para hacer bulto, como anzuelo, para ver si le roban aunque sea eso.

Justo en ese momento, cuando está todavía agachado acomodándose la media, se desprende alguien de la oscuridad. Lo llamaremos “Hetero”. Es una silueta redondeada, tiene puesto un pantalón chupín también, una camisa también demasiado formal y un chaleco brillante, quizás de color violeta.

Hetero: ¿Qué onda acá?

El otro sigue agachado, decide quedarse ahí abajo. No tiene nada de raro en este lugar que alguien esté parado frente a otro agachado. Es la regla, no la excepción.

Homo: ¿Qué onda qué?

Hetero: ¿Chupan pija acá?

Homo: ¿Y a vos qué te parece?

Hetero: ¿Y no te agarrás enfermedades?

Homo: Si tenés miedo no hagás nada.

Hetero: No, yo pregunto nomás.

Homo: ¿Y vos qué onda?

Hetero: A mí me encantan las minas. De los tipos solo me gusta la pija.

Homo: Mirá vos. Podés ponerte de novio con una travesti. Y vivieron felices y comieron perdices. Y pijas.

Hetero: No me gustan los travestis. Me gustan así como vos.

Homo: Yo no chupo pija.

Se levanta, quedan frente a frente.

Hetero: Te la chupo yo a vos.

Homo: Todo bien. Si querés te puedo convidar porro, a ver si te calmás un poco.

Se vuelve a agachar para sacarse el porro de la media. El otro alarga su mano, le toma la nuca, se la acaricia. Se quedan así unos segundos. Las paredes del dark room vibran con la música, que se escucha lejana y deformada, pura reverberación.

Hetero: No, todo bien. Me quiero ir de acá. Estoy re loco.

Homo: ¿Por qué?

Hetero: Fui a otro boliche antes.

Homo: O sea que acá viniste específicamente a chupar pija.

Hetero: Sí, pero ahora me gustaste vos.

Homo: Okay…

Hetero: Pero no me gustan los boliches, vámonos de acá. Tengo lugar a tres cuadras.

Homo: Pero yo no voy a coger.

Hetero: Yo no te dije nada de coger. Vámonos nada más.

Le tiende la mano. El otro la agarra. Van hacia la luz, bajan la escalera, la música va gradualmente recuperando su estructura, incorporando melodías y timbres hasta convertirse en una canción. Los dos salen a la pista mirando para abajo, con una verguenza impostada. Siguen bajando escaleras y Hetero se desprende apurándose rumbo a la puerta.

Homo tiene ropa para retirar del guardarropas. Deja que Hetero se vaya. Hay tres personas delante de él, aprovecha para pensar. Pero cuando empieza a formarse algún pensamiento lo descarta. Le dan la campera. Se la pone. Siente la tela fría contra el cuello, como si mordiera.

Exterior. Calle mojada, no muy transitada, pero a 50 metros hay una avenida. 3:05 AM.

Sale a la calle. Le dice buenas noches a los de seguridad, al pasar. Le gusta ese gesto, se felicita por ese gesto. Camina lento hacia la esquina. Hetero lo está esperando, sentado en la entrada de una casa vieja. Aunque por primera vez están de frente y a la luz, no se miran, se atisban por el rabillo del ojo.

Hetero: Vamos, es para allá.

Homo: ¿Estás a tres cuadras de verdad?

Hetero: Sí, vení, un ratito nomás.

Homo: Okay, dale.

Llegan a la avenida. En la vereda hay gente que salió del boliche y los mira, a ver si es alguien conocido, con quién se está yendo. Llegan a la esquina, cruzan corriendo, porque está cambiando el semáforo.

Del otro lado caminan por la vereda, uno al lado del otro, pero les cuesta caminar al mismo ritmo, uno se adelanta, el otro lo alcanza, y lo sobrepasa, y después es el otro el que tiene que adelantarse.

Homo: ¿Estás bien, boludón? Mirame a los ojos.

El otro lo mira.

Homo: Tenés los ojos como huevos revueltos. O fritos. ¿Qué tomaste?

Hetero: Ácido.

Homo: A qué hora.

Hetero: A las 11.

Homo saca el celular para mirar la hora. Piensa: le está pegando justo ahora. La calle está rota, la están arreglando. Hay máquinas amarillas contra el cordón, y una grúa gigante. Se escucha un chistido, alguien los llama.

Hombre: ¿Tienen fuego?

Es un tipo sentado en la grúa. Pero la grúa está parada. Debe ser el cuidador de la grúa, el sereno de la grúa. Homo se acerca, se inclina para sacarse el encendedor de la media pero tambalea del pedo, así que busca un poste de luz para sostenerse, saca el encendedor y se lo alcanza al sereno.

Sereno: ¿Algunos de los dos me la chupa?

Homo: Él anda con ganas. Le gustan las mujeres, pero le encanta la pija.

Hetero: Qué gracioso. Vamos.

Homo: Esperá que me devuelva el encendedor.

Sereno: Vos tenés más cara de chupapijas que él.

Homo: Vos sí que tenés ojo clínico. Dame.

Amaga a darle el encendedor pero le saca la mano dos veces. Al final se lo da. Se ríen. Hetero siguió caminando y Homo tiene que dar un trotecito para alcanzarlo. Se le caen los pantalones con la corrida, se frena para subírselos.

Homo: Estaba lindo el sereno. Estás un poco estrechín.

Hetero: Es acá.

Hay una cortina metálica, de un comercio.

Hetero: Es mi laburo.

Saca unas llaves. Abre la puerta de la cortina metálica. Entran. Abre otra puerta. Entran.

Hetero: Quedate quieto acá que prendo las luces.

Se escuchan los pasos que se alejan, se escucha que patea algo de metal y putea, se prenden las luces. Es un salón grande, con una barra al costado, una pista de baile, unos sillones al costado.

Hetero: ¿Querés algo para tomar?

Homo: Agua.

Va hacia una heladera que está detrás de la barra. Trae una botellita. Se nota que la trae y la abre adelante de Homo, para que no desconfíe, para que no piense que le puso nada. Le da la botella. Homo la abre y toma, se la ofrece a Hetero

Hetero: No, no quiero.

Hetero agarra de la mano a Homo y lo lleva a los sillones, unos reservados. Lo sienta. Se saca los zapatos sin agacharse, con los pies, sin desatar los cordones. Se saca los pantalones. No tiene ropa interior. Queda en culo. Tiene el culo blanco. Muy blanco.

Homo: Dijimos que no íbamos a coger.

Hetero: Me quiero sacar la ropa nomás.

Homo: Okay. Estás lindo así. Lindo culo. Pero hace frío.

Hetero: Yo no tengo frío.

Se acuesta sobre el sillón, pone la cabeza sobre las piernas de Homo

Homo: Te vas a marear así, acostado, mejor quedate sentado.

Hetero: Sos medio hincha pelotas.

Homo: Sí, pero tengo razón.

Hetero: Se me mueve todo.

Homo: Si me vomitás encima se caga toda la magia.

Hetero: ¿Qué magia?

Homo: Esta.

Señala con la mano todo el lugar.

Homo: Me decís que no te gustan los boliches y me traés a un boliche vacío. No sé qué quiere decir nada de esto, pero es medio mágico.

Hetero: Puede ser. ¿Vos tenés novia?

Homo: ¿Seguimos con eso?

Hetero: ¿Querés ser mi novio?

Homo: A vos no te gustan los hombres, solo te gustan las pijas.

Hetero: Ah sí, es verdad.

Homo: No hagamos nada. Vamos a esperar. Tapate la pijita que con el frío se te pone cada vez más chica.

Homo maniobra para sacarse la campera, lo tapa al otro, que está desnudo de la cintura para abajo pero vestido con camisa y chaleco de la cintura para arriba.

Homo: Si vas a vomitar, avisá.

Hetero: No vomito. Callate un poco la boca. Tengo ganas de esperar.

Homo: Esperemos, entonces.

Tic tacs

Salgo del cubículo de hacer pis y me cruzo con un pibe. Lindo, pelo corto, me sonríe. Me agarra de la cintura, yo le doy una palmadita en el hombro e intento seguir caminando, pero no me deja. Lo miro, le sonrío, trato de avanzar, no me deja. Ya es casi una toma de judo.

– Me encanta lo que escribís en el facebook – dice.
– Gracias, che.

No tengo idea de quién es.

– Te hablé por el chat y me cortaste el mambo mal.

Sonamos. Los reproches de las 5 AM.

– ¿Te acordás de mi?
– La verdad que no. Tengo más de 1.000 contactos…
– Pero yo soy el más lindo.

Aparece otro pibe en el baño, también lindo, también de pelo corto. Y también tiene camisa cuadrillé. Será que a esta hora la gente se duplica y los senderos se bifurcan. Intenta pasar, pero el pasillo en el que estamos es angosto, así que se mete entre los dos y se queda ahí. Es de los que interpretan un pasillo angosto como una invitación a la ternura. O de los que se proponen refutar eso de que tres cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. Mira al otro pibe y supongo que se ve parecido, porque se acomoda para quedar espejado y se sonríen. Yo intento avanzar y destrabarme, pero no me dejan. El que recién llegó apoya su cabeza en mi hombro y se queda ahí. Miro por el espejo y veo que cerró los ojos. Sonamos. El otro habla súbitamente en voz demasiado alta.

– ¿Tenés un tiro? – me pregunta a mí.

No sé qué es un tiro. Me imagino a alguien con un revólver. La inseguridad no es solamente una sensación. El otro se despierta unos segundos, dice “shhh, no griten”, y vuelve a acomodar su cabeza en mi hombro y a cerrar los ojos.

– ¿Qué es un tiro? – le pregunto al primero, susurrando.
– Cocaína – responde, también en un susurro, para no despertar al otro. Si tuviera tetas podría amamantar a estos dos, Rómulo y Remo, fundar una nueva Roma, rebootear.
– No, no tengo.
– Ufa – dice, haciendo trompita.
– Pero tengo Tic tacs de naranja.
– Ah, dame.

Se aparta un poco y logro desenredarme de los tentáculos. Acomodo al otro contra la pared, y sigue con los ojos cerrados. Saco la cajita aranjada del bolsillo, la sacudo contra la palma de la mano, sale la primera pastilla con un tic, la segunda con un tac y se las pongo al otro en la palma de la mano. El otro hace un gesto de reverencia, el momento tiene algo de comunión. Tiene las manos muy frías. Se queda mirando unos segundos las pastillas, sin entenderlas del todo.

– Eso va en la boca eh, en la nariz no – digo, y me voy hacia las luces.