Un ángel en el locutorio

Estos días vine siempre al mismo locutorio, y no hay duda que la chica que atiende está postulándose para el Premio Nobel de la Paz. Hace 10 minutos que estoy sentado acá y esto fue todo lo que pasó.
Llegó una señora muy mayor y pidió cabina. Enseguida empezó a gritar que “da ocupado y mi hija se desespera si no la llamo”. Llamaba a celular y la chica le explicó que tenía que agregar un 9, y dónde, mientras lidiaba con uno que le pidió fotocopias, que amplíe, que apaisado, que no se ve el código de barras, que me lo puedo llevar en pendrive. La señora insistía con su hija desesperada, hasta que vino a la cabina y le marcó el número. Continue reading Un ángel en el locutorio

Flagelo

A: ¿Cómo va?
B: Bien, ¿vos?
A: Acá ando, de visita en Mardel.
B: ¿Qué te va?
A: Por ahora, chatear con vos.
B: Yo soy re morboso. ¿Dónde te va la leche?
A: Hago sexo seguro.
B: Yo también.
A: Ahhh, bien.
B: No, lo que pasa que sos de Buenos Aires y ahí son muy zarpados.
A: Ahhh, ¿cuando dijiste dónde va la leche, te referías a alguna receta de alguna torta? ¿Si va antes de incorporar las claras batidas a nieve?
B: Los de Buenos Aires son muy zarpados. Mucha droga.
A: El flagelo del narcotráfico.
B: ¿Pero te va en la boca también?
A: La vaca nos da la leche, ¡y la de tinta que nos chupa!
B: ¿Qué es eso?
A: Mafalda quejándose de que siempre le hacen escribir composición tema la vaca. Me parece que los gays estamos siempre escribiendo composición tema la pija, ¡y la de píxeles que nos chupa! Mafalda es grosa.
B: Yo igual no miro dibujos animados.
A: Yo tampoco, pero se me cruzan todo el tiempo.
B: ¿Te va en la espalda o en la barba?
A: En todo el cuerpo, humectante, post-solar.
B: Ufff, seeee, ¿en qué zona estás, estás libre ahora?
A: No tenemos buena química, me parece.
B: Yo soy discreto, tranqui. Los de Buenos Aires son muy zarpados.
A: Sí, es cierto, me voy a tener que mudar a Mar del Plata, así me tranquilizo.

Café Barracuda

Ella tiene una camisa floreada, pero deben ser flores carnívoras, porque son rojas, anaranjadas y amarillas y parecen comerse entre ellas, o copular, tan Pink Floyd The Wall. Más arriba, la tintura del pelo parece también comerle la cabeza. Y el cuello está apretado por un collar de bolas gigantes, también rojas. Enfrente tiene un viejo canoso, con unos anteojos de marco grueso.

-… ese barrio está lleno de chinos ahora.
– Es una cueva de chinos. Continue reading Café Barracuda

El perfume

Me contactó un morboso de los olores corporales desde Palermo Soho. Me dejó claro que solo le interesa el olor a chivo: “de gran fortaleza, con suaves tintes grises y oro. La fina complejidad en capas de la baranda a chivo lo aporta la fricción permanente en el sobaco, resultado de tipear varias horas diarias en un cubículo de telemárketer. De sabor intenso y buena consistencia, el chivo de hoy, guindado, hace trampa empinando el codo en una pulseada aguerrida con el gusto aciruelado del chivo de ayer. Este circo romano, esta batalla de San Lorenzo entre la guinda y la ciruela chamuscada, oír deja los sordos ruidos de un final cataclísmico de taninos redondos y suaves. Los ecos furtivos y amaderados que penetran la nariz, seducen y abandonan, y se propagan arrastrando jirones linyeras de antitranspirante a bolilla. Se vuelve a esos sobacos como se vuelve a la madera, a la corteza, a sus canillos concéntricos, hacia abajo, hacia la raíz, hacia la tierra, hacia el centro.”

Cuándo me preguntó que buscaba yo, le contesté que viendo qué onda.

Ahora ya

¡El tiempo se acaba y solo tenemos el ahora, el ya mismo!, pensó mientras examinaba la vidriera de una liquidación total por cierre definitivo. Avanzó unos pasos. ¿Por qué nos recostamos tan cómodamente en el sommier del desinterés?, pensó frente a la mueblería. ¿Por qué dejamos escapar el presente, el único momento dónde podemos convertir lo crudo en lo cocido?, pensó frente a la carne que rotaba atravesada por el hierro, en el local de comida árabe. El pasado es un historial de mensajes torpes y el futuro un punto perdido en un país extraño, pensó, finalmente, mientras desaparecía de la pantalla de su celular la última línea de batería, sin que su cita de Grindr terminara de especificar la dirección exacta del encuentro.

Relaciones públicas

Mi vida como RR.PP.

Yo: Hola, ¡Este domingo Fiesta de Osos desde las 22 horas! ¿Venís?
Él: Dale, me recopa. ¿Sos activo, pasivo o versátil?
Yo: La mejor música, los mejores tragos…
Él: ¿Sos peludo?
Yo: ¡Sorteos!
Él: Anotame en lista free.
Yo: Dame tu nombre y apellido.
Él: ¿Qué morbos te van?
Yo: Lista válida de 22 a 23.30.
Él: Anotame como Machotote Peludísimo Lanús.
Yo: ¿Así figurás en el DNI? ¿En el nuevo o en el verde?
Él: A mí me va que me muerdan las tetillas.
Yo: ¿No tenés un nombre onda Juan Perez?
Él: Okay, anotame como Miki Walkingdead.
Yo: Dale. Hasta 23.30 free.
Él: ¿Y vos vas a estar?
Yo: Sí, ahí estaré.
Él: Okay, ¿y van muchos así como vos?
Yo: Sí, tengo 15 hermanos iguales, todos gays, mi mamá es Maru Botana.
Él: Jajaja. Me gusta, sos simpático. Yo busco algo serio.
Yo: Somos todos gente seria.
Él: Ya te vi varias veces y nunca me diste bola. ¿Te va el olor a chivo?
Yo: ¡Este domingo, no te quedes afuera, desde las 22, en horario de matiné!
Él: Dale, voy.
Yo: ¡Te esperamos!

Música bolichera

El momento más creativo de mi día es cuando me despierto y todavía medio dormido me meto en la ducha. Abro la ventanita que desde la bañera da a la calle, entra el aire fresco, abro la lluvia, y ahí se me ocurren ideas locas y el mundo es una plastilina modelable. Lo que tengo que hacer en el día todavía no se convirtió en lista de mandados, es una presencia difusa que funciona como combustible, como “ganas de hacer”, y mientras elijo distraído si voy a usar las últimas gotas de champú del frasco que está haciendo la vertical y abollado y vacío o las primeras gotas del nuevo frasco hinchado y erecto, pienso y encadeno ideas. Guionar este corto, diseñar este flyer, escribir este libro. No, mejor esto, y esto otro podría ser así. No hay guadaña para las ideas que salen chuecas o débiles, sino una palmadita en el hombro de consuelo, y un reemplazo por la idea subsiguiente, que la mejora. Al final de todo eso pensé: tengo que escribir una serie relatos que transcurran todos en una disco. Muchos en realidad ya están escritos, pero tendría que unificarlos en tono. Y llamarlos… ¿cómo los llamo? Es en esos momentos en los que me olvido si ya me enjaboné o si ya me lavé la cabeza, y tengo que repetir, por las dudas. O buscar pistas: si el jabón o el frasco de champú tienen algo de espuma que les cuelga. Ahí se me ocurrió el título. Tiene que llamarse Música bolichera, que suena cariñoso, divertido y un poco demodé. Me enjuago y me estiro desde la bañera para alcanzar la toalla seca. Ahí empieza el resto de mi día, con el tacto seco de la toalla. Es en ese momento que me viene la sensación de “qué genial” o “qué divertido” o más genéricamente “qué bueno” esto que se me ocurrió. No es un “qué genio que soy” porque el ego todavía está brumoso y el día todavía está por empezar, y uno se mete en la armadura del ego recién cuando se empieza a vestir. Cuando todavía estás desnudo y mojado la sensación es más primaria, más infantil: la sensación de posibilidad y de felicidad de esa posibilidad. Tenés el resto del día para decidir si lo que pensaste es una pelotudez o una genialidad, o las dos cosas al mismo tiempo.

Disfraz

El sol ya está asomando y yo salgo de la disco, disfrazado de monje franciscano. En el Mc Donalds de Callao y Santa Fe un pibe disfrazado de George de la Selva comparte una hamburguesa con Pedro Picapiedras. Hace frío, pero a la chica disfrazada de enfermera sexy, que cruza Callao junto a la chica disfrazada de jugadora de hockey, no le importa. Del otro lado cruza un chico vestido con pantaloncitos de fútbol. La chica disfrazada de jugadora de hockey lo saluda, el chico se mira los pantaloncitos cortos, las piernas también endurecidas de frío, y le tira un beso. En Santa Fe y Azcuénaga tres zombies esperan abrazados, borrachos, a que cambie el semáforo, y después avanzan trastabillando por la senda peatonal. De este lado los espera uno de los integrantes de Kiss junto a la Chilindrina. En Kentucky de Santa Fe y Anchorena comparten una pizza, en la vereda, un vampiro, un muerto degollado, un pirata del Caribe, y alguien con variadas lesiones faciales y un hacha clavada en la cabeza. En Gallo y Santa Fe la mujer maravilla le pide un cigarrillo a otra enfermera sexy, mientras Tarzán cruza la calle con el Chapulín colorado. Ya llegando a Coronel Díaz y Santa Fe varias chicas disfrazadas de algo sexy (estudiante sexy, cocinera sexy, vampira sexy, zombie sexy) avanzan tentativamente sobre sus plataformas. Y un pibe disfrazado de marinero trata de parar un taxi, pero está demasiado borracho y el taxi no le para.

Mientras tanto, miles de personas disfrazadas de argentinos, sostienen que Halloween es extranjerizante y comercial, y opinan que se necesitan elucubradísimas razones para disfrazarse, para ser otro, para hacer el ridículo, y casi ninguna para vivir la vida que viven todos los días.