Navidad

Juro que esto no lo invento: volvía a la noche de bolichear, se estaba haciendo mansamente de día, y vi una mujer sentada en el banco de una plaza vacía, mansamente llorando, con un caniche mansamente sentado de un lado, y un árbol de navidad del otro lado, decorado con bombitas de navidad y tiras de luces, mansamente titilando.

Fumigador

Recién vino el fumigador. Suele venir muy temprano a tocar timbre y casi nunca lo atiendo. Hoy sí. Era alto y lindo (los ojos, porque tenía puesta la máscara). Le saqué conversación. Bah, él sacó conversación primero. Me vio comiendo pizza fría y me dijo qué rica la pizza fría, con mate. Yo le dije si quería una porción y me dijo no puedo, levantando las manos para mostrarme sus guantes y señalando su máscara. Me dijo cuántos libros que tenés che. Le dije que escribía y daba talleres literarios. Algún libro sobre fumigadores, preguntó. Le dije que William Burroughs, un famoso escritor, trabajó como fumigador. Ah, y de ese escritor qué libro puedo leer, dijo, mientras sopleteaba la rejilla del baño. El más famoso es Almuerzo desnudo, pero es un delirio, casi imposible de leer. Pero podés ver la película que se llama igual, y ahí hay un fumigador. Ah, ¿me anotás el título, así la veo?, dijo, mientras sopleteaba los bordes del zócalo en la cocina. Es fácil de acordarse, le dije, almuerzo (y levanté el cacho de pizza fría) y desnudo (y señalé mis shorts y mis ojotas). Ah, bien. Me sacás el papel este de acá del bolsillo, dijo, señalando el bolsillo del pecho. Me acerqué, atrás de la máscara los ojos se le combaban. Saqué el papelito plegado. Firmá en el casillero de tu piso y departamento. ¿Cómo era? ¿Alimento desnudo? No, almuerzo, almuerzo desnudo. Mejor anotámelo ahí en el papel, en la parte de atrás. Dale, y te anoto el autor, Burroughs. Era falopero, gay y fiestero. Ah bien, dijo. La voy a ver y la próxima vez que venga te cuento qué me pareció. Dale.

Aguinaldo

Estuve diez minutos explicándole a Felizia, la mujer que limpia en casa, por qué le estaba pagando más hoy, y qué es el aguinaldo y por qué es un derecho. A todo decía “ah bueno, como usted diga”, medio incómoda, e insistiendo en “¿es como un regalo?”. Muchas gracias, se reía, muchas gracias. Yo le deseé felices fiestas y se fue. Volvió sobre sus pasos pensativa y me preguntó si volvía en dos semanas. Le dije que sí, que como siempre. Se ve que confundió aguinaldo con indemnización por despido. Más tranquila, y antes de entrar al ascensor, se frenó y me dijo, ocurrente, “lo voy a usar para comprar la sidra”. Y así al final entendió lo que es el aguinaldo.

Mascotas

Me mira y se sonríe, a unos metros de distancia, desde la pista de baile, mientras baila robotito con sus dos amigos. Se va y vuelve varias veces, me mira y se sonríe. Voy, nos besamos sin decir nada, y los amigos se apartan y escucho un “ahhh buehhhhh”. Después salimos de la pista y charlamos. Le doy agua de mi botellita de agua, y me lo agradece. Agua bendita. Habla entrecortado, parco, sonriendo, mirando el piso. Está tímido, tartamudo o borracho. Mejor besémonos. Después me voy a dar unas vueltas por ahí. Cada tanto vuelve a parecer, se me para enfrente y me mira con cara de mascota abandonada, morrudito, barbudito, El Campito Refugio. Charlamos un poco más y nos damos unos besos más. Tengo ganas de hacer pis. En el baño no hay lugar en los mingitorios, así que me meto en uno de los cubículos apenas se desocupa. De la cadena del baño cuelga un calzoncillo. Miro. Un boxer, estampado, militar, camuflado. Transpirado, roto, con agujeros (¿arrancado en la urgencia del encuentro amoroso, mordido, desgarrado con los dientes?). Hora de irme, pienso, y agarro el calzón con un poco de papel higiénico y lo tiro al tacho. Salgo a la vereda y el sol me pega fuerte en la cara. Jueves a la noche, no estoy para estos trotes. Al lado mío aparece la mascota lastimada. Vení, caminemos, le digo, casi chasqueo los dedos para que me siga. Viene. Caminamos y empezamos a hablar, pedazos rotos de conversación. Le pregunto: ¿y vocé en qué parte de Brasil mora? Me mira raro: Soy de Medellín. Yo: Ah, ¿no sos brasileiro gostoso? Él: No. Soy colombiano. Yo: Ah, estás más en pedo de lo que pensé. Él: Es que soy tímido y nadie sabe de mí. Yo: ¿Y cuándo te da timidez hablás brasileiro? Él: No sé. Puede ser. No me acuerdo. Yo: Te acompaño a tomar un taxi. ¿Tus amigos dónde están? Él: En el hotel. Pero yo me escapé de mi familia. Nadie sabe. Tengo que volver. Yo: Con este pedo no vayas con tu familia. Tomá agua. Toma agua. Caminamos un rato, después nos sentamos en la entrada de un edificio hasta que el sol se pone demasiado amarillo. Me voy, dice, gracias por acompañarme. Dame tu número de teléfono. Se lo doy. Me anota como “cristian brasil”.

Ser o no ser

Si sos oso, no, sos gordo. Si sos morrudo, no, sos grandote. Si sos de huesos grandes, no, sos de carne firme. Si sos onda rugbier, no, sos onda patón. Si sos panzón, no, tenés pancita. Si sos culoncito, no, sos fuertón. Y al final igual acá no hay osos de verdad, porque los de verdad están todos metidos en una pileta de Fort Lauderdale y acá son todas obesas, pasivas y creídas. Listo, ahora que resolvimos la cuadratura del oso, ¿nos tranquilizamos un rato?

Me transé a Julia Zenko

El sueño empezaba que Julia Zenko nos hacía llegar que estaba aburrida, que quería salir a bailar. Quiénes éramos “nosotros” y cómo nos hacía llegar esa información, no lo sé, así son los sueños. Y entonces aparecíamos todos arriba de un colectivo, supongo que sería el 39. Éramos todo pibes, sí, pendejos, y Julia Zenko iba en el asiento de atrás, en el largo, con cara de aburrida. Todos los pibes tomábamos, pero ella no, ella ponía cara de aburrida. Me mandaron al asiento de atrás, con Julia, y yo fui, con el vaso en la mano, y cuando tomé un sorbito el trago estaba medio aguado y caliente, así que pedí que me traigan hielo. Alguien me sacó el vaso de la mano y fue hasta el chofer, que tenía ahí hielo en un balde. Y fue ahí que me senté con Julia, que no hablaba, muda, muy narigona, y ella se sacó una camisa que tenía y quedó en musculosa, y medio se recostó sobre el asiento y medio me provocaba. Todo era “medio”. Así que yo medio me incliné y la besé y medio las tetas se interpusieron. Ahí me despertó la mujer que limpia, que me golpeó la puerta a los gritos de “señor Christian” para así poder limpiar la pieza.

Así como James Watson resolvió el problema de la estructura en doble hélice del ADN cuando soñó con una escalera en espiral, yo soy relaciones públicas y mi problema es cómo hacer para que Julia Zenko no se aburra.