En la playa (12): desde la poltrona

El departamento que alquilaron mis padres es muy chico, apenas un living comedor con un cuarto anexado, en un primer piso. Estamos medio apretados y tengo que compartir cuarto con mis padres (me despierto en medio de la noche, con mi madre parada frente a mi cama, asomada desde un más allá nebuloso, con los ojos sembrados de lagañas como estalactitas, diciéndome Christian, estás roncando demasiado fuerte). Y encima duermo en un sofá-cama carnívoro: si me apoyo en determinados lugares se cierra sobre sí mismo, comiéndome. Continue reading En la playa (12): desde la poltrona

En la playa (11): Destrucción total

En la playa (12). Destrucción total.
El viento viene del mar y va empujando la marea cada vez más arriba. La playa hoy tiene un 30% de la superficie que tenía ayer, y ya casi estamos confinados a los médanos, entre los yuyos y las hormigas. Mi sobrino de 11 años decide construir una presa, una muralla de arena y una zanja, que detenga o desoriente a las olas. Con un balde, pero sobre todo con sus propias manos, trabaja durante más de media hora. Al final decreta la obra terminada. A los pocos minutos vemos casi en cámara lenta armarse la ola asesina, gris, ?olida, como de aluminio, coronada por espuma marrón en la cresta, como un perro rabioso chorreando la baba de la aniquilación anticipada. Rompe a unos pocos metros y se arrastra, miríada de copos arremolinados, apresurados, empujándose, como saliendo del subte. Trepa por la muralla, llena los pozos, y se abalanza sobre las reposeras, la mesa, las sombrillas, la heladerita, las ojotas. Después, finalmente, retrocede arrastrando ojotas, papeles y palitos. Mi sobrino revisa en silencio la magnitud del daño. Es total: solo queda un montoncito de arena lambeteado, una jorobita de camello pocket enterrado. Levanta la cara, lleno de bronca y tristeza, y me dice: “¿Esto también lo vas a publicar en el facebook?”.

En la playa (10): Mis mascotas

La gente tiene una relación histérica con la playa y con el concepto mismo de “vacaciones”. Yo entiendo que en la expresión “irse de vacaciones” es instrumental el verbo “irse”. Irse a otro lado, escapar, dejar atrás la repetición y la rutina. Estar en otro lugar para probar ser otro. Experimentar. No hace falta tirarse en paracaídas ni salir a cazar búfalos, pero por lo menos desconectá.
Pero no. El otro día veo unos pibes con un gigantesco parlante en la playa. Raro. Venís a la playa a experimentar acústicamente el ruido de las olas que no escuchás el resto del año y lo tapás con cumbia pedorra. Y ojo: si lo tapás con Berthoven es lo mismo. Bancate el silencio, o el ruido de la gente y de las olas. Continue reading En la playa (10): Mis mascotas

En la playa (9): el jacuzzi estéreo

Tardé en darme cuenta. En el hotel siempre se escucha gente teniendo sexo. O mejor dicho mujeres gimientes, jadeantes, aullantes. Como soy patriarcal y heterosexista supongo que estarán acompañadas por hombres que optan por un silencio monacal. Los jadeos y staccatos suenan en surround, espiralados, esponjosos. Y son distintas mujeres con distintas coloraturas y rugosidades. El pulmón del edificio acumula, ecualiza y luego distribuye el sountrack que entra por la ventanita del baño. ¿Quiénes son estas lobas primales, febriles, si en el lobby o en la piletame cruzo con gordos pálidos, espectrales arrastrando una ristra de hijos- chorizo? ¿Por qué desenfrenan en este hotel?
Acabo de descubrirlo después de cinco días de estadía. Todos los baños tienen jacuzzi que está justo bajo la ventanita que da al pulmón del hotel. Pero no me di cuenta antes porque no se escucha circular agua ni el ronquido del motor del aparato. Parece que la sola presencia del jacuzzi, seco, latente, alcanza para imponer el acto porno. Yo, en cambio, sí prendo el jacuzzi y leo en mi kindle a Leonard Michaels. Sí. Un libro que trata sobre un grupo de hombres que se juntan a hablar de sus experiencias sexuales con mujeres.

En la playa (8): la sunga como equilibrio inestable

Tengo que caminar varios kilómetros pero lo logro: en esta playa no hay argentinos. Hay poca gente y son todos brasileros. Hay banderines rojos que indican que el lugar es peligroso, pero igual hay un grupo de adolescentes metidos en el agua, así que me meto. Las olas me empujan hacia el grupito de pibes, nos reúnen como una pandilla de sea-monkeys. Las olas son altas, enojadas, te cachetean, te revuelcan, tienen una fuerza que no anuncian. Me gusta escuchar los gritos de alegría, en portugués. Una hora después, cuando vuelvo, me tengo que tomar el colectivo sí o sí, porque no puedo caminar, porque esas olas me metieron arena entre las bolas, en el culo, y cuando camino me paspo y casi saco chispas. Pero ahora estoy ahí metido con estos pibes, un grupito de 8 que flotan conmigo. Continue reading En la playa (8): la sunga como equilibrio inestable