La colita

La rotisería a las 5 de la tarde es tierra arrasada, no hay nadie, salvo gente a destiempo, abandonada, expulsada, refugiados que naufragan frente al pizarrón con la lista de ofertas escritas en tiza que quedó borroneado del mediodía. Yo pido una colita de cuadril los viernes, pero le cambio la guarnición a remolacha, tomate y huevo, para evitar las papafritas.

– ¿Te caliento la colita? – dice la mujer que me atiende.

Estoy por contestar “hace rato no recibo una propuesta tan indecente” pero lo cambio por “sí, por favor… microondas”. Entonces, en cámara lenta, como en una publicidad de desodorante, entra él. Un pibe rubiecito, de ojos claros, medio chueco, que camina como un soldadito campechano.

Yo sigo con el pedido, que la mujer apila en la mesada de fórmica de atrás. Varias tarteletas, porciones de budín de verdura, ensaladas de fruta. Parece que pidiera para un regimiento. El rubiecito se apoya contra el mostrador y se inclina, lo tengo al costado pero giro haciendo que miro el televisor y miro. Se le levanta la campera y la remera, y se le ve el elástico del slip, el slip es blanco, casi como la carne, hay unos pelitos también casi blancos que titilan con la poca luz que entra inclinada en el negocio, la carne dura, y los escalones de la columna vertebral que bajan: con un golpecito nomás de microondas alcanza.

Me quedó mudo, y la mujer asume que terminé mi pedido. Ahora le toca a él. Pide una milanesa, pero se arrepiente. Fideos. ¿Fideos hay? ¿Con qué salsa? Rosa, tuco, crema. ¿Pesto no?, pide él. Pesto no. Okay… ¿y solo con manteca? Sí, te los hago, dice ella.

Habla en oraciones cortitas, y no es de acá. Provinciano. Chueco. Algunos provincianos, medio persecutas de que se les note el cantito se refugian en la oración corta, porque recién en las largas les sale la tonada.

La mujer se inclina en el hueco del carrito de comidas, que se desliza con un ruido de sogas hacia abajo. Fideos con manteca. El rubio le dice ajo. Y ella lo mira y se ríe. Ajo puede ser, dice el rubio. Ella vuelve a sonreír y no cambia el pedido. El pibe se resigna, no insiste. No va a ir más allá de las oraciones telegráficas de pocas sílabas. Se le nota el enojo contenido, porque empieza a cambiar de pierna de sostén. Sobre la derecha, unos pocos segundos, la izquierda. Es típico de persona que labura parada. O de preso. O de poli / seguridad. No, preso no. Le miro las manos, no tiene callos ni manchas de grasa. Mecánico tampoco. Soy tan asqueroso catalogando gente, de mi máquina picadora salen chorizos, estereotipos de tiras de Polka.

– El chico quiere ajo – le digo a la mujer.

Me mira sin entender.

– Te pidió ajo. Quiere ajo. De verdad.

Me mira sin entender, lo mira a él. El se pone medio colorado, baja la mirada a la mesada, como un chico que se hizo pis encima.

– Disculpame. ¿Vos me hablaste a mí y me pediste ajo?
– Sí – dice él, encogiéndose de hombros.
– Fideos, con manteca, y con ajo – aclaro yo, con un tono de tampoco te pidió salsa de placenta de murciélago.
– Ah, okay, dice ella.
– No te gusta el ajo – digo yo.
– No – se ríe, como sugiriendo que no le puede gustar a nadie.

Yo lo miro a él. Hablá, plantate.

– Fideos con manteca me da comida de estudiante.

Y ahí le sale toda la tonada, brota como un manantial de eses aspiradas y vocales barrenadas. La mujer se inclina en el hueco y pide si le pueden agregar ajo. Del otro lado le gritan “ajo y agua”. Ella igual no escucha o no entiende. Es esa sordera funcional.

– ¿De dónde sos? – le pregunto.
– Tucumano.
– Ahhh. Es bueno el ajo – digo yo -. Para el sistema digestivo. Para la sangre. ¿A vos no te gusta el sabor o el efecto que provoca en los demás?

Ella comprime los hombros, como si le corriera un escalofrío por la espalda.

– No me gusta.
– La bañacauda – dice él, mirando el horizonte, soñador, pero solo hay un póster horrible pegado en la pared con un paisaje que debería ser sepia pero es anaranjado.

Ella no escucha o no entiende.

– Es una comida con mucho ajo – digo yo -. Varias cabezas de ajo.
– Una por persona. Una cabeza de ajo por persona – dice él, con la voz engolada. Yo creo que está teniendo una erección.
– Qué asco – dice ella.
– Después tenés que estar una semana encerrado sin ver a nadie.
– No – dice él -. Te juntás con la gente que le gusta la bañacauda.
Suena a secta, Los Niños de la Bañacauda, con todo tipo de rituales perversos, lavado de cerebro y extorsiones. Decido meterme en la secta.
– A mí me gusta el ajo. En la napolitana. En las milanesas.
– En todo – dice él, ya con un ímpetu fundamentalista -. ¿Podes agregarle albahaca? – le pregunta a la mujer.
Sí, puede.
– Así es casi un pesto. Solo falta la nuez. Pero lo fundamental es el ajo. Me hago un pan y lo unto con ajo, riquísimo.

Yo decido sumar un poco de ecumenismo frente a tanto fundamentalismo del ajo.

– A mí me gusta lo picante en general. Los sabores fuertes.

La mujer del otro lado del mostrador da un paso atrás y nos mira, como si percibiera cierta conexión cuasi sexual del otro lado del mostrador.

– Sí, yo viví en México seis meses y comía de todo.

Él mismo parece darse cuenta que del otro lado están patrullando nuestro ritual de coqueteo y agrega.

– Mi novia es mexicana y cocina bárbaro.

Ya tuvo que meter a la novia, a esa intrusa, y la conversación cambia de tono. Ahora no hay dos bandos (pro-ajo y anti-ajo), sino tres, cada uno parado en su propia isla. Yo igual insisto con el coqueteo sexual.

– Aparte el ajo aleja los malos pensamientos – le digo a la mujer, para traerla de nuevo.
– ¿Ah sí? ¿Los malos pensamientos?
– ¿Viste que en la puerta ponés ajo para que no entren las brujas, el diablo o los vampiros?

No sé qué tiene que ver con los malos pensamientos y la conexión es larga y difusa como para explicarla. Ya baja la comida y la mujer la empaqueta. Yo sigo agregando cosas.

– ¿No te cocinás? – pregunta él.

Me está preguntando si soy gay. Estoy a punto de responder: No, el Beto, mi marido boxeador, está de gira.

– No sé cocinar – confieso.
– ¿O te cortaron el gas?

Así me gusta, un poco de humor filoso provinciano. Yo sabía que con esos ojos brillosos y ese culito redondo no me ibas a defraudar. Nos miramos, lo señalo como diciendo es buena esa, y voy hasta la caja a pagar. Se siente un penetrante olor a ajo.

– Qué lindo olorcito a ajo sale de ese microondas eh… – digo, para torturarlo.
– Perdón – se disculpa él, y viene caminando hasta mí.

Mientras yo me tanteo los bolsillos buscando la billetera, escucho su voz atrás mío.

– Yo me acomodo acá atrás tuyo así pago – dice, él muy turro.

Creo que lo imagino, que lo fantaseo, pero lo siento respirar hondo. De la ensoñación me saca el timbre del microondas.

Agarro todas las bolsas con los paquetes y me voy hacia la puerta.

– Gracias – le digo a la mujer -. Y buen provecho con los fideos al pesto – le digo a él. – Fue un gusto.
– La próxima que te corten el gas te invito a comer algo con ajo – dice él.
– Dale – digo yo, con las tiras de las bolsas de plástico hundiéndose ya entre la carne de los dedos.