En la playa (2): cuestión de tamaño

Estoy sentado en la playa y son las tres de la mañana. Los barquitos flotan en el mar oscuro, hay una especie de niebla oscura, y como siempre, pasan ráfagas sucesivas de olor a porro, a pis y a sal. Porro, pis, sal, porro, pis, sal. Estamos sentados en resposeras, somos tres, un argentino que dice que “para simplificar, digamos que me llamo Germán” y que “para simplificar, digamos que vivo en el culo del mundo” (es tucumano, pero no de San Miguel de Tucumán). Y un brasilerito, flaco, simpático, que dice todo bom cada vez que no entiende, o sea, todo el tiempo. Hay un balde con seis cervezas, que invitó el tucumano. Mis viejos son dos borrachos. Yo ya no tendría que estar acá, explica. Estuve una semana con una pareja amiga, los llevé de vuelta a Tucumán y cuando llegué mis viejos me dijeron “vamos” y los traje acá, manejando, casi sin dormir, ellos vinieron tomando todo el camino, y ahora llegaron y se fueron a dormir. Pero pagan todo ellos. Son borrachos, pero me pagan.

El balde con las cervezas desborda de hielo. Y hay una mesita baja, con velitas. Y la música de una especie de cantante folk brazuca, nos cobraron 5 reales por el derecho a escucharlo, pero no lo escucho, porque las ráfagas intensas, rítmicas, de porro, pis y sal, me ocupan toda la atención.

También en ráfagas escucho al tucumano, que intenta hablar portugués con el brasilerito. Tenés novio, le pregunta. El brasilerito contesta y no entiendo nada. El tucumano aplaude, le festeja la respuesta y propone un brindis. Qué dijo, le pregunto al tucumano. Traducime. Que estuvo saliendo con alguien hasta hace 5 días, y cuando le pregunté por qué se peleó dijo “era demasiado para mí”. Y aplaude y festeja eso. Ah, digo yo, no entiendo el chiste, pero igual hago chocar mi botella de Skol con la de ellos, el chinchín se mete en el mar, y se pierde en lo oscuro.

El tucumano me pregunta a mí. ¿Vos qué onda? Le digo que estoy soltero. ¿Desde hace mucho?, me pregunta. Par de años, le digo. ¿Y por qué? “Es demasiado para mí”, digo. El brasilerito entiende que estoy repitiendo lo que él dijo y se ríe. Es más, hasta hace cinco días estaba saliendo con él, agrego, y le palmeo el muslo al brasilerito, que lo tiene insólitamente caliente. El brasilerito se ríe fuerte y el tucumano se ríe todavía más fuerte, y se palmea la pierna también.
Después nos quedamos en silencio. Tomamos cerveza. El tucumano le dice al brasilerito que se cogió a alguien ayer, en aquel muelle, ese que se ve ahí. Y ahora me doy cuenta que se ve todo, dice. Frente a nosotros pasan pibitos, en grupos, cargando heladeritas llenas de latitas de cerveza. Van hacia el boliche que está sobre la playa. Se mueven con seguridad, en la oscuridad.

De pronto pasan dos chicos y una chica. Se frenan frente a nosotros, a unos pocos metros. Ni el tucumano ni el brasilero se dan cuenta. Los dos chicos bromean con la chica, y veo que se manipulan las braguetas. Hay apenas un tajo de luz, que baja de la luna hacia el mar, y se mete por la arena. Contra ese surco de luz veo la escena, la sombras chinescas de los dos pibes, petisitos, hurgando en las cremalleras de sus bermudas de baño. Se ríen, saca la pija uno, saca la pija el otro, las acercan, y uno de ellos le pregunta a la chica: ¿Cuál es más grande? Quédense quietos, dice ella. Pasan unos segundos. Ellos duros como estatuas, súbitamente en silencio. No es más grande, son distintas, dice ella. Ahhh, dicen ellos, y guardan las pijas. Uno de ellos pega unos saltos y da una vuelta carnero en la arena. Se levana, se sacude la arena como un perro mojado y vuelve a juntarse con sus amigos. Se mete entre los dos, les pone a cada uno un brazo por sobre el hombro y les dice los quiero, son lo más. La chica agrega: y Maradona es más grande que Pelé. Y se van galopando, como gacelas en la pradera, Dánica Dorada.

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