Asesinando un celular

Si estás seguro de que no lo querés más, reventalo, me dijeron. Se referían mi celular, que nunca funcionó bien, que ya llevé dos veces al servicio técnico, y que hace unos días ni siquiera enciende. El seguro te cubre el 50% de uno nuevo por robo o por destrucción total, así que esto nos empuja a una encrucijada moral de proporciones bíblicas. ¿Qué pecado es preferible, mentir que te lo robaron o romperlo intencionalmente? ¿En las tablas de la ley celular, cuál aparece mejor rankeado, el “No matarás” – tu teléfono móvil – o el “No incurrirás en falso testimonio”?

Pero lo cierto es que tales pecados son desenfatizados por la misma empresa prestadora. Cuando compré mi celular zombie, hace más de un año, el mismo empleado me vendió el seguro diciéndome que cuando quisiera un teléfono nuevo “le pegás un martillazo”. Fastforward a hace unos días, y me encontré con el martillo en la mano y no pude. Decidí entonces buscar un método alternativo pero, ¿cuál? Enseguida pensé que quizás la manera de matar un celular dijera algo importante sobre mi personalidad. Las estadísticas dicen, por ejemplo, que las mujeres y los hombres se suicidan distinto, usando métodos distintos. Los hombres se pegan un tiro, las mujeres toman pastillas. Por eso, aunque muchas más mujeres tienen intentos de suicidio, muchas se salvan, mientras que los intentos de suicidio masculinos suelen ser más efectivos. También leí por ahí que en Europa el método más elegido es colgarse. A mí me parece raro eso, y no creo que en Argentina eso pase. Mi hipótesis es que en Argentina la mayoría de las casas o departamentos tienen techos bajos, y no hay muchos lugares de donde colgarse, allá en Europa tendrán arañas, vigas, lámparas, casas con varios pisos. El diseño urbano de la ciudad y la arquitectura habitacional juegan un papel crucial (por ejemplo, en San Francisco, la gente se suicida en el puente Golden Gate, pero no creo que acá se tire gente al Riachuelo).

En fin, volvamos a la escena: yo con el martillo. ¿Dónde pegar el martillazo? ¿Cuántos? ¿Del lado de la pantalla? La pantalla es como la cara del celular, así que no pude, no podría matar a alguien a martillazos en la cara. Por la espalda, más cobarde, sí. Pero tendría que sacarle la cubierta y martillar donde están los circuitos, un martillazo al cerebro. Tampoco. No pude. Le pregunté a un amigo por chat, que trabaja en una empresa de celular. No le pregunté directamente como matar un celular, pero sí cómo cobrar el seguro. Mojalo, me dijo. Respiré aliviado. No se me había ocurrido esa alternativa. Y me gustó, me traía ecos de suicidios literarios, de Alfonsina Storni a Virginia Woolf. Un abandono lánguido, un dejarse llevar. Llené entonces una olla con agua y metí el celular ahí. Bajó hasta el fondo, oscuro, pesado, aplastado. Unas pocas burbujas de aire subieron a la superficies, desprendiéndose de las junturas de los tornillos. Pero… ¿sería suficiente? Las lentejas se remojan toda la noche. ¿Cuánto conviene dejar un celular? Decidí dejarlo también 8 horas. Pensé en desatornillas la cubierta trasera para que el agua avanzara sobre los circuitos integrados con impunidad, cine catástrofe, ola inmensa a escala microscópica, pero hay demasiados tornillos y son muy chiquitos. Se ve que los fabricantes diseñan los celulares teniendo en cuenta el instinto asesino, el instinto Jack el Destripador, de sus dueños.

Me desperté en medio de la noche, no pude dormir, y fui hasta la cocina. Saqué el celular del agua. Lo sequé apenas. Lo apoyé en un repasador mullido, seco. Hacía ya días que no encendía, ni cargaba. Apreté el botón para prenderlo, varios segundos, con firmeza. Esperé. Nada. Solté el botón. Muerto. Pero de pronto la pantalla se prendió. Apareció el signo de la batería cargada al 100%. Se me cayó el celular de la mano. Ya no era un celular común y corriente, era Chucky. Cayó sobre la mesada, con un estruendo metálico. El dibujito de la batería cargada empezó a cambiar de color, primero a violeta, luego a azul, luego a rojo. Fantasmal. Y de pronto se le borronearon los bordes, y parpadeo en un estertor agónico. Y ahora sí se apagó. Apreté el botón otra vez, pero ahora ya no se prendió más.

Me acordé de algo que le escuché a Zizek. Zizek habla del “objeto parcial autónomo”. No sé nada de psicoanálisis, pero la idea es que hay objetos (inanimados) que cargamos con energía psíquica. O sea, pulsan gracias a lo que representan para nosotros. Puede ser un mechón de pelo, o los zapatos de taco alto de alguien, en el caso de un fetichista, pero en el caso de un objeto parcial “autónomo”, ese objeto de pronto vive. Un muñeco que de pronto se larga a hablar. Una mano amputada que de pronto pega una piña. O la voz. Zizek dice algo interesante sobre la voz:

“La voz no es una parte orgánica del cuerpo humano. Viene de algún lugar de “entre” el cuerpo. Cuando hablamos se despliega cierto “efecto ventrílocuo”, como si algún poder externo se apoderara de nosotros. La voz pues tiene una dimensión obscena. Tiene una dimensión traumática. La voz que fluye libremente y cuya presencia resulta traumática en tanto objeto de ansiedad que distorsiona la realidad.”

Y sigue:

“Lo que resulta fascinante de los objetos parciales, en el sentido de órganos sin cuerpos es que ellos encarnan lo que Freud llamó pulsión de muerte. Debemos ser cuidadosos con esto: la pulsión de muerte no es una especie de búsqueda budista de aniquilación o paz eterna. No. Es más bien lo contrario. Representa la dimensión de lo que aparece como el “muerto vivo.”

Y sigo un poco más. Según Zizek (creo), el objeto parcial autónomo es un doble del sujeto, es el sujeto doblado, pero sin yo castrado. ¿Se entendió algo? No creo, yo tampoco entendí del todo, pero hay algo interesante y verdadero en la idea, y en el terror que despiertan estos objetos muertos-vivos.

En fin. Llevé el celular al servicio técnico. Tengo el papel que dice que no enciende, que la causa es “mojado”. En unos días tengo que ir al sevicio técnico a ver si dictaminan “destrucción total”. Pero sospecho que no va a ser tan fácil.

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