Siempre para arriba

Lo tengo ahora a mi derecha, en diagonal, a dos metros, me mira, mira el piso, ojos oscuros, barba negrísima, mulato, en cuero, pecho marcado, pantalones blancos. Los haces de luces lo borronean, los cuerpos de los que bailan entre nosotros lo tapan, lo vuelven a mostrar. Lady Gaga canta que no fue amor, no fue amor, fue una perfecta ilusión. Están casi todos en cuero, mezcla de osos con osos musculosos, bailando en círculo, mezclados, péndulos en vaivén transpirados. El mulato se va moviendo, acercándose en espiral, si me oriento con un reloj está ahora a las 2, después a las 5, después a las 10, ya a un metro. Me mira y ahora me sonríe, tiene los dientes blancos. Estiro el brazo y le palmeo el pecho, le sonrío, se mete entre dos, me abraza, me mira a los ojos, me besa. Me abraza más fuerte, me pone la mano en la nuca, me mete la lengua, besa bien.

Me dice algo, pero solo entiendo “gato”, le digo que no falo portugués, se ríe y me besa otra vez. De dónde sos. Argentina. Vocé. Sao Paulo. Voce muy lindo, dice. Voce también, le digo. Me besa otra vez, con fuerza, pero bien, sin morder. Me caliento, se calienta, y se le nota en el bulto del pantalón. Se aparta, me mira y me sonríe. Me agarra de la mano, y me saca de la pista. Me lleva contra una pared, me vuelve a pesar, me tira el cuerpo encima, tiene el cuerpo caliente. Me levanta la remera, me toca la panza, eu adoro, dice. Me quiere sacar la remera, le indico que no. Se sonríe, voce gato, vuelve a decir. Y me vuelve a besar. El bulto le sigue creciendo. Lo separo y le digo qué onda, señaládndole ahí abajo, y me dice ¿voce gusta? Le digo que sí. Me agarra otra vez de la mano y me guía entre la gente. Bajamos una escalera, entramos en el baño, me mete en un cubículo, traba la puerta. Me besa otra vez, y se desabrocha el cinturón, me desabrocho el mío, maniobramos para bajarnos los chupines, y sí, tiene la pija muy grande, gruesa y dura. Me chupa la pija, se la chupo un poco yo, o al menos intento, porque es de esas pijas que dan morbo pero que cuesta maniobrar. Gostoso, dice, y me vuelve a chupar, mientras me tantea el culo y trata de meterme la mano. Coger acá, con este socotroco, ni en pedo, me río para indicarle que todo bien pero no. Le toco el culo yo, tiene el culo apretado, como dos pomelos grandes, redondo, lindo, se ríe él, así que tampoco. Me vuelve a besar, y me abraza, recuesta su cabeza en mi hombro.

Grrrr, digo, onomatopéyicamente, para indicar uf, qué calentura. Y el me agarra la barba y después con un dedo dibuja el contorno hasta bajar al mentón. Me sigue besando, mete la lengua, después la deja muerta, después la pasa entre los dientes. Tiene labios gruesos, y cada tanto se aparta, se sonría, me mira a los ojos con sus ojos húmedos. Lindo voce, le digo, porque me tengo que manejar con eso, con el gostoso y el muito bon. Me saco yo la remera para abrazarlo y sentirle el cuerpo caliente. Hmmmm, dice, cuando me ve en cueros, y me muerde las tetillas. Después me abraza, después más fuerte, después más fuerte. Dice que me vio desde que llegó, y que soy un homem bello. Y que me estuvo persiguiendo. Adoro su gesto, dice. Estos brazucas adoran mucho. ¿Gesto?, pregunto. Sonríe bien amplio y se señala la cara. Ah, qué sonrío mucho. Persoa boa, dice. Buena persona, sonríe muito. Porque estoy bailando y estoy feliz de estar acá, digo. Por eso fui a buscar a voce, dice. Se aleja unos centímetros y se pone serio. Yo estuve 22 años con un enamorado, dice. ¿Cuántos años tenés?, le pregunto, sorprendido. Tengo 40. Fue el primer hombre que conocí. Hago la cuenta, tenía 18 años. Él era muy ciumento, dice, o algo así. ¿Ciumento? Posesivo, explica. No salgo a estos lugares, dice. Esta es la primera vez. Enuncia cada oración lenta, pesadamente, y encoge los hombros, haciendo el gesto infantil de chico empacado, o de no me importa. No veo más allá de los hombros, así que retrocedo unos centímetros yo también, lo poco que permite el cubículo, y veo que el gesto del hombro se continúa más abajo, abre apenas los brazos con las palmas de la mano hacia adelante, y el gesto entero es de impotencia, de qué otra cosa puedo hacer.

Mi enamorado murió el mes pasado, dice. Cáncer. Y baja los ojos al piso, bajo los ojos yo también, me dan ganas de llorar, pero él no llora, y nos quedamos en silencio, no da que yo llore si el no llora. Miramos el piso, al costado, en diagonal, el tacho desborda de forros usados y papeles tiznados de mierda. La pija sigue parada, durísima, Eros dándole pelea a Tanatos, bombeando sangre.

Vuelvo a mirarlo. Se acerca y me da otro beso y me abraza. Le digo que está bien que salga y que conozca gente. Y que es lindo. Voce va a conocer otras personas, digo. Me frena y me aparta, me aprieta el dedo contra el pecho. Yo no quiero muchas personas, dice. Y el elogio de la monogamia suena raro encerrados en un baño cinco minutos después de habernos conocido. No sé ni el nombre. ¿Cuál es tu nombre? Miguel, me dice, ¿voce? Christian. Saca el teléfono del bolsillo y me lo pasa. Te quiero conocer mejor, dice, estar en contacto. Abre su libreta de contactos, agregar, anoto mi número, se lo guarda. Vuelvo a insistirle, voce va a conocer otras personas, con esto, y le señalo la sonrisa, y con esto, y le agarro la pija dura, que apunta siempre para arriba. Se ríe, sí, yo soy siempre… y hace pulgar para arriba. Para arriba, sí, le digo yo.

Nos volvemos a levantar los pantalones, nos abrochamos, y salimos del casillero, nos lavamos las manos, nos arreglamos frente al espejo, salimos juntos. Volvemos a la pista y bailamos un rato juntos, después voy hasta la barra a buscar un trago, a dar una vuelta, y al rato lo veo abrazado a un oso de remera negra. No, es un oso que está en cuero y tiene todo el cuerpo cubierto de pelos, por los hombros y la espalda, por eso pensé que tenía una remera puesta. El mulato le sonríe, lo besa, lo abraza. Por sobre el hombro me ve, me sonríe, se encoge de hombros, me río, le hago pulgar arriba. Más tarde lo voy a ver con otro, y con otro, y horas después, en la puerta, con el sol amaneciendo, me acerco a saludarlo. ¿Qué pasó con el osito?, le pregunto. No me refiero a ninguno en particular, a pesar de que lo vi con varios. Vivía lejos, dice. Era lindo, digo, lindos, me corrijo. Sí. Linda festa, digo. Sí, dice, lindo voce. Lo abrazo, y me voy caminando a tomar el subte. Al otro día al despertarme tengo un mensaje en el whatsapp. Lindo voce, vuelve a decir, lindo gesto.

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