Mi amigo ansioso

La pista está demasiado llena de gente, así que voy al baño a tomar agua, y me quedo bailando frente a la puerta. Pasan tres minas en tacos, altas, culonas. Al lado mío hay un pibe barbudito lindo, que les mira el culo a las tres. Me inclino y le digo al oído. Te veo mirar y ponerle puntaje a cada culo que pasa. Me hace gesto de que no entiende y se señala el oído. Le repito. Balbucea algo en un idioma raro. Russian, dice. Pero se le escapa una sonrisa. No mientas, le digo, que sos del conurbano, qué te hacés el ruso. Me pega una palmada fuerte en el hombro, dice qué capo, pero la palmada me duele.

Igual qué puedo hacer yo con esos culos gigantes, loco, me dice. Claro, digo yo, demasiado culo, demasiado inflado. Quedás onda pollito que picotea el piso de tierra, digo yo. Para que se entere le tenés que mandar un email, agrego. Se ríe y se dobla hacia adelante de la risa. Levanta la mano y me hace chocá esos cinco. Choco, me pega fuerte, demasiado fuerte.

Frente a nosotros se apoyan dos chicas contra la pared. Las dos también culonas, y con calzas y tacos. Sacan un cigarrillo. Y piden fuego. El ruso escarba en los bolsillos. Tarda bastante, ella me mira y me hace gestito de este pibe está en pedo. Yo levanto las cejas y pulgar arriba. Le prende el cigarrillo. Les digo que va a venir seguridad y se los va a hacer apagar y les señalo el cartel que dice prohibido fumar, está arriba, y hay otro atrás nuestro.
Yo soy sordomudo, dice el ruso. Los sordomudos pueden leer, ruso, en todo caso tendrías que ser ciego. La que fuma se queda seria pero la amiga se ríe. Yo señalo a la amiga: vos entendiste. Sí, dice, y me pregunta si somos amigos. Nos conocemos hace 2 minutos, le digo. Qué buena onda, dice.

Cerraron la puerta del baño y se armó cola de hombres y nos vamos cada vez apretando más. Las chicas se van, yo me pongo en la cola, el ruso se pone atrás. Dale, loco, que me meo, dice. Los de adelante se dan vuelta y se ríen. A vos te tocó mingitorio 8, número 857, le digo a uno. Se ríe y me da un beso. Habrá pensando que nos conocemos. O nos conocemos y no me acuerdo. El primero de la fila es un alto rubio que golpea la puerta con un puñetazo. Tirala abajo, rubio, onda castillo medieval, digo. Él traba el brazo y hace el gesto de así, así. Sí, dale, dale, le digo, y me lo imagino en cueros con un sombrero con dos cuernos, vikingo. De adentro del baño asoma el que limpia, y pone cara de orto. Le digo dale, pá, que nos hacemos pipí. Me hace gesto de pará, esperá. Le digo habilitá un macetero, un ligustro, algo donde mear. Se ríe y cierra la puerta.

Atrás mío y del ruso ya hay varios. Y preguntan qué pasa que no se mueve la cola. ¿Están con la sopapa destapando el inodoro?, pregunta un oso barbudo. Le digo sí, está muy tapado, ya sacaron un hippie, un piano y una empresa offshore. Él no me entiende, pero el que está con él sí y se ríe. Parece que la comunicación borracha funca así, le hablás a uno para que te entienda el de al lado.

Pasan culonas, y le digo a una qué linda que sos. Gracias lindo, me dice. La de atrás pone cara de enojada. Vos también, digo. Se ríe. Como vos, como vos, como vos, digo señalando las otras que vienen en fila atrás. No me sale muy Stella Maris Lanzani, pero por suerte ya abrieron la puerta del baño. Dejan entrar solo a tres. Qué putos del orto, dice el ruso, medio enchinchado. Si gritás eso acá se van a dar vuelta la mitad, le explico. Sí, ya sé, buena onda, che. Sí, digo, pero portate bien que te van a pegar un cachetazo. Ya me dieron, dice. ¿Un puto del orto te pegó un cachetazo? No, una mina. ¿Qué hiciste? Nada, quería hablar y se quería ir. No las agarres, le digo. Sí, soy un tarado, no sé cómo encarar y me pongo ansioso. Soltero toda la vida, una garcha. Parla no te falta, le digo, pero no las agarres. A lo sumo les tocás el hombro cuando le hablás al oído, y nada más. ¿Así hacés vos?, me pregunta mirándome a los ojos. A mí me gustan los tipos, pero sí. Tuerce la boca incrédulo: ¿sos puto vos también? Sí, viniste a un lugar que está lleno de putos, ruso. No, pa, yo igual todo bien. ¿Querés fernet?, me dice, y me convida un traguito. Caliente y horrible.

Finalmente entramos. Voy hasta el mingitorio y el ruso se para al lado mío. Tiene los ojos cerrados y trata de mear pero no puede. Contá ovejitas, le digo, funciona. Estás re en pedo, pero hoy relajate y divertite, la próxima venís y te levantás alguna mina. Le sale el chorrito y suspira aliviado. Termino de mear, me lavo la cara, me estiro para agarrar una toalla de papel del dispenser. Él aparece atrás mío, en el espejo, y me palmea el hombro. Mi amigo puto, dice.

Lo pierdo en la multitud y más tarde lo veo bailando con una rubia culona y sus tres amigos musculosos. El ruso baila mirando el piso, aparato, patadura, pero disfrutando. Los tres amigos musculosos son putos, y al rato se sacan la remera. Y bastante rato después, el ruso también se saca la remera. Es flaquito pero marcado, tiene pelos que le bajan del pecho al abdomen, y cuando la música sube levanta los brazos, hacia el techo y las luces y los globos gigantes que rebotan sobre la cabezas.

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