Bolilleo explicado

Update 11/11: Un poco más de explicación, ver más abajo…

Parece que no se me entiende. Así me lo dice Herrayos en un comentario del post Bolilleo. Dice Herrayos:

LA VERDAD… TE ENTIENDO MUY POCO… QUIZÁS NO TENGA EL NIVEL DE FILOSOFÍA… PERO VOY A SEGUIR INTENTANDO. SI PODÉS ACLARÁ HASTA LO OBVIO EN LO QUE ESCRIBÍS, SIN DEJAR DE PERDER TU ESTILO. POR LO PRONTO TODAVIA ME ATRAE LEERTE Y ESPERO ENTENDER QUE ES LO QUE ME ATRAE…

Cumplo entonces, por única y última vez, en explicar un poco más de lo que corresponde (y de lo que me conviene). ¿Por qué me niego a explicar más seguido? Porque el quid de la cuestión, cuando la cuestión es escribir, es no violentar la frontera entre lo dicho y lo no dicho. No mover los mojones y terminar pisoteando tierra enemiga y que te explote una mina en el pie. O sea, no decir demasiado para que el lector pueda también hablarle encima a lo que lee.

Pero a pedido de Herrayos, explicaré acá lo obvio y lo no obvio pero igualmente aburrido, quizás para demostrar que cuando la desnudez de un texto es completa, se acaba Playboy TV y empieza Venus, se acaba la insinuación y empieza la invasión.

Ahí voy:

Este es mi cuadro de situación: un cuadro cubista, donde todas las aristas se enroscan y todas las perspectivas se apilan.

Escribo varios tipos de texto, pero fundamentalmente dos: aquellos en los que tengo algo para contar, y aquellos en los que no. O sea, a veces aparece algo vivito y coleando y que pide ser contado, una historia, y siento el impulso de contarla. Me siento entonces frente a la computadora e intento organizar los hechos, resuscitar sensaciones, etcétera. Lo que me empuja en esos momentos es un motor “narrativo”. Y los textos resultantes suelen ser crónicas o historias más o menos convencionales (introducción, nudo, desenlace). En otros momentos no tengo nada específico para contar y lo que busco es… no sé que busco, que se abra alguna puerta psíquica, expulsar alguna basurita, toser algo que tengo medio atragantado. A veces empiezo con una sensación, y esa sensación suele ser tristeza, soledad, noche. Estos textos son siempre “nocturnos”, más rítmicos que melódicos, crípticos en vez de literales. Empiezan en ninguna parte, recorren zigzagueando algún baldío mental y terminan frente a un alambrado o frente a otro baldío. Estos textos piden un lector que lea con la vista borrosa (o los ojos bizcos), distraído, sin releer. O que use el texto no como un mapa o una brújula, simo como una cama de agua sobre la que recostarse a dormir la siesta. El motor de este tipo de texto podría llamarse “poético”, aunque no estoy tan seguro, ya que la poesía a veces traza grafismos más precisos, y dibuja un itinerario más ajustado.

Este texto (”Bolilleo”), es de este segundo tipo. Me senté a escribir a las 3 AM, con música a muy bajo volumen y sin ninguna idea de qué iba a decir. Lo primero que salió fue esto:

Notas a los ponchazos, zapateadas y zarandeadas a las 3 AM, para nadie y para nada, para invitar a la bruma del sueño, a que me cubra como un acolchado térmico.

Pero después me quedé duro y estaqueado y no pude seguir. Demasiado fuerte, demasiado rápido, demasiado furioso. Aparte creo que ya usé la metáfora del zarandeo y el zapateo antes, quizás la haya usado más de una vez… Me trabé y no pude seguir.

Intenté de nuevo:

Me está pasando algo raro con mi memoria. No sé muy bien cómo explicarlo: es como si lo que me entra en la cabeza se licuara casi enseguida y se lo tragara el agujerito en el fondo de la pileta. Creo que antes no era así. Antes recordaba los detalles de todo sin problemas, sobre todo las palabras y los números (volver a traer los colores y las formas de las cosas era, sí, más complicado, siempre las palabras fueron más pesadas en mi cabeza que las cosas).

De nuevo me frené (quizás sea un error frenarse y releer el primer párrafo, que siempre es tentativo, que siempre tiembla de frío o de calor), y no me gustó. Demasiado literal, demasiado razonado, demasiado A entonces B entonces C (y encima mal razonado: la oración de las cosas, las palabras, las formas y los colores no es del todo clara). Y de última, ¿a quién le importa si me estoy volviendo amnésico o narcoléptico? Ni siquiera me importa a mí.

La oración que abre el texto fue mi tercer intento (o mi décimo, escribí otras pavadas en el medio pero mejor abreviemos). Lo primero que surgió fue el cuadro de situación. Y de la palabra cuadro salió pegadito lo del cubismo. Eso del cubismo es una forma de decir lo mismo que dije allá arriba: tengo la memoria pegoteada, inflamada, mi memoria no retiene, mezcla hoy y ayer y hace un rato como si tuvieran el mismo peso. Será que no duermo lo suficiente, que me faltan vitaminas, que estoy viejo. Si esto fuera un blog personal podría contar en detalle lo anodino de mi decrepitud encefálica, pero no tengo ganas, mejor escribir boludeces que salgan disparadas hacia otro lado, como cañitas voladoras.

Sigo: “las aristas se enroscan y las perspectivas se apilan” intenta describir ese estado de borrachera villavicencio.

Así, unos encima de los otros, se aparean los últimos minutos con los últimos días y con las últimas semanas. Todo lo demás se borroneó o sale movido cuando intento enfocar y sacar la foto. Vivo en un presente continuo que podría ser algún estado místico o alguna versión de la estupidez más estúpida.

Si intento determinar cuando vi “The rules of attraction” en cable y si fue después de que mi vieja me avisó que tenía que votar en Merlo, no puedo. Una de las dos cosas pasó hace unos diez días y la otra hace un mes y medio, estoy casi seguro. Si intento organizar los hechos se me desordena todo el resto, como cuando intentás atajar un plato que se te cae de la mesada y por atajarlo se te caen todos los demás. El presente continuo del que hablo es literal. Vivo en gerundio: estoy escribiendo, estoy viajando en subte, estoy durmiendo. Ahí todo es nítido, en los bordes de ese gerundio todo es borroso. Enseguida me atajo diciendo que seguramente estoy más estúpido que de costumbre, que no es que encontré la luz de Sueiro. Había otras dos o tres oraciones en las que explicaba que no me drogo y que más o menos duermo 5 o 6 horas por día, pero las saqué.

Si intento acomodar un razonamiento, me empantano en la primera premisa.

No es solo cuando intento ordenar cronológicamente cuando me trabo, también cuando intento armar silogismos, aunque sean básicos. Lo que debería hacer entonces es no escribir. Pero a veces es un buen ejercicio escribir en las peores condiciones posibles, como cuando Vilas entrenaba en la cancha más poceada. El agotamiento mental es el LSD de los pobres, y yo soy pobre.

Y ahí mismo hay que ponerse a sacudir las manos al costado de la ruta y rogar que alguien me ayude a empujar para sacar la citroneta del barro.

Ayer cuando salí del edificio había un tipo que gesticulaba desesperado para que lo ayuden a empujar su auto. O al menos eso creí. Lo ignoré, el tipo tenía un auto grandote y yo no quería transpirar. Cuando llegué a la esquina y giré me di cuenta que el tipo le gesticulaba a su mujer que, cargada de bolsas de Zara y arrastrando a 3 chicos, miraba para todos lados sin encontrar a su marido o chofer.

O sea, esa imagen es residuo mental diurno, pero también se mezcla con residuo mental infantil. No sé por qué en los últimos días me persigue una imagen de mi infancia: mis viejos, mis dos hermanas y yo subidos a un Renault Gordini yendo de vacaciones a Villa Gesell, allá por finales de los 70. Los campos en las ventanillas, el olor a polvo, el sol vertical, las galletitas que administra mi mamá milimétricamente, el mate cocido del termo.

Lo que hice fue cambiar el Gordini por una citroneta (porque me puede la terminación “eta”). También reemplacé al tipo de ayer o a mi viejo (el Gordini se “apunaba” a cualquier altura, incluso a nivel del mar) y me metí yo a hacer los gestos y a sacudir las manos. Y, por supuesto, empujé la citroneta al barro, porque siempre pasa algo en las películas cuando un auto queda atrapado en el barro.

Okay, se hicieron las 3.32 AM y tengo que dormir. Sino voy a seguir escribiendo posts “medio pedorros” como bien comenta Karlos en el post del que hablamos, y así la cosa no va. Fijate que escribí todo este choclo y todavía no terminé de “explicar” ni la mitad del primer párrafo, lo que viene a comprobar lo ya dicho: explicar es aburrido, y lo aburrido si largo, dos veces aburrido.

Después explico un poco más.

Update 11/11:

Me siento a escribir con la cabeza vacía y sin nada para decir, con la inercia de siempre: el imán del silloncito de cuero negro frente al teclado qwerty y la musiquita que me hamaca.

La musiquita tiene que ser instrumental (Brahms, Schubert, Brian Eno), o de alguna chica lánguida, en inglés (Dido, Sade, Beth Orton). A veces se me ocurre que la melancolía de la música es la culpable de la melancolía de ciertos textos, pero no creo. Cuando intento escribir escuchando salsa o sucundúm sucundúm, no hay caso, no salgo del primer renglón. Cuando empecé a escribir, hace 7 años, lo hice en una oficina vacía de un quinto piso, con una ventana que daba a un patio vacío a las 3 AM, iluminado por el neón. Y llevo esa marca de nacimiento: escribo de noche, en el silencio o en el susurro de la música, cuando me siento lejos y exiliado de mí mismo, como en New Jersey, aquella vez, en 1998. Y sé que copiar la postura del cuerpo y el vacío del entorno va a traer de nuevo la misma nieve.

Me hamaco: primero un empujón para salir del estado de reposo y después de pronto el piso y el cielo y los árboles que se comban bajo mis pies en un arco continuo, los pies que levanto bien alto, como para patear una nube, para sentir ese vacío súbito en el estómago y en las sienes.

Escribir en un blog tiene una ventaja fundamental para mí: que ¨suelto¨ los textos. Escribo, reviso una vez o dos, y publish this post. Raramente releo textos viejos. Cuando lo hago es porque no escribí nada para el taller literario de los sábados. Es en ese apuro que desentierro algún hueso enterrado en el blog, le quito el polvo con un pincel y lo lustro con una gamuza.

Empecé el taller literario en noviembre del 2004 y, durante este último año, releí alrededor de la mitad de los textos de este blog: tuve que estudiarlos con más detenimiento y corregirlos. En ese proceso descubrí patrones, obsesiones, repeticiones, grumones; quizás obvios para los que leen el blog de un tirón pero oscuros para mí que soplo los textos al aire de la internet desde mi rulero, como burbujas de jabón.

¿A qué viene todo esto? La hamaca. Me doy cuenta que estoy obsesionado con el movimiento y sobre todo con el movimiento de la vida. ¿Cuál es la forma más certera de representar la vida viva? Las metáforas de la vida que aparecen en mis textos son: la cama elástica, el baile (el chamamé, el vals, la tarantela), el péndulo, el pulso (sístole y diástole), el hacer dedo en una ruta vacía, la hamaca, el girar en órbita alrededor de un punto, y muchas más. Varían con mi estado de ánimo y mi visión existencial de ese momento. La vida como cama elástica: el lugar de descanso – el lugar del sueño -, se convierte en el lugar de la gimnasia acrobática, del aeróbic que golpea el cuerpo. La vida como baile: no hay significados ni objetivos, solo tacto y música. La vida como péndulo: la ilusión del vaivén es en realidad la dictadura de la gravedad (el peso es el pasado, nuestra identidad, etcétera). La vida como corazón que late: escupir sangre, tragar sangre, inflamar un circuito ciego con glóbulos rojos, ser el marcapasos de andá a saber que gigante egoísta. La vida como ruta vacía: amanece en la ruta, no me importa dónde voy, vamos camino a ningún lugar, perdimos la brújula y solo nos queda el pulgar levantado. La hamaca: de nuevo la gravedad y el vacío en el estómago y en las sienes, la diferencia con el péndulo es que el péndulo se bambolea hacia los costados, la hamaca hacia delante y hacia atrás, son dos ilusiones distintas. La vida como órbita: el círculo como camino que se pisotea a sí mismo, que se niega a bifurcarse, el eterno retorno del contorno, la división marcial entre centro y periferia, la calesita cósmica sin sortija.

Por supuesto, no pienso en todo esto mientras escribo. Es necesario atontar al conciente para que el inconciente pueda abrir la puerta con una ganzúa y salir a jugar. Ni siquiera creo que este análisis trasnochado ilumine nada: anochece, que no es poco.

Escribir es armar una fiesta donde solo invité colados, no sé quién va a venir, cuantos sánguches encargar, dónde colgar los globos.

Esto es puro residuo cotidiano. Escribí este texto pocos días después de mi cumpleaños, con la cabeza llena todavía con el plástico del cotillón, la miga de los sánguches y el aire de los globos (todas estas cosas fantasmas amigables en mi casa y hasta al costado del escritorio donde escribo). Me imaginé una fiesta de 15 tremenda y Buñuel: imaginate que invitás a 80 personas, y tenés el lunch, la brigada de mozos, el fotógrafo, todo listo. Empieza a llegar gente a tu fiesta, pero no reconocés a nadie. Los invitados no llegan, llegan solo los colados. No querés que las mesas estén vacías, así que los dejás entrar, te haces el tonto y los dejás entrar. Se llenan las mesas y la pista de baile, te comen los sánguches y te transpiran el carnaval carioca. Y son todos colados. Escribir a veces es eso: preparás todo y no llegan los que tienen que venir (Pizarnik: ¨Los que llegan no me encuentran. / Los que espero no existen.”). Querías escribir un texto sobre tu infancia y tu familia y esos viajes a Villa Gesell y sobre Festilindo, y terminás hablando de la gorda que te transaste en el secundario aunque no querías y aunque escupiste y casi vomitás.

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