La ruta y el río

[28 de Octubre de 2003, Piscataway, NJ; sopa, y de la espesa]

Engañándome un poco. Pensando que con apagar todas las luces de la habitación, calzarme los auriculares y dejar que alguna chica lánguida y levemente alienada – o sea Dido – me cante en el oído alcanza.

El truco es poner la bola en movimiento, tipear, pulsar tecla tras tecla, abrir el grifo y dejar que corra el agua hasta que el chorro se haga transparente o espumoso. O sea, escribir y luego serruchar los primeros dos párrafos, esas gambetas taciturnas que terminan en córner. Y funciona: nadie empieza en tercera, para alcanzar velocidad crucero hay que quemar algunas millas. El caucho que besa el asfalto, el embrague que ronronea y las libélulas que se hacen puré contra el vidrio.

Un deseo: quisiera poder escribir oraciones largas, sí, esas sinuosas que coletean un par de veces antes de alcanzar el punto y seguido. Y sacarme de encima la necesidad de adjetivar. Tanto texto chorreando adjetivos. Esos adjetivos abrazados al sustantivo como bichos canastos al alambre. Y por qué no, si estoy en tren de pedir: que lo que escribo se enrosque y desenrosque como una ola. Mis puntos son filosos, cortan el párrafo en fetas, odio las fetas, odio la cuchilla y las fetas ovaladas todas igualitas de igual grosor. Mis párrafos son fetas de salchichón primavera que se apilan unas encima de otras. Y todos sabemos que si lo cortás en fetas no tiene el mismo gusto que si lo cortás en daditos. O si lo agarrás con las manos sucias y te lo comés a mordiscones. Alguna gente se ríe de mi manía de comer la pizza con cubiertos. No soy un fanático de la higiene, puedo comer pizza con la mano si la ocasión lo exije, pero prefiero el gusto de la pizza cuando la como con cubiertos.

Nunca aprendí a pelar una manzana. Y supongo que será en parte porque siempre preferí que me la pelara mi mamá. El gusto de la manzana está asociado siempre con la fragancia de las manos de mi mamá.

Aquí estoy, de regreso de ese comentario edípico.

A la noche, a las 3 de la mañana, 4 o 5, siempre lo mismo: me imagino una vida nueva a partir del otro día. Voy a escribir con más disciplina. Voy a ir al gimnasio. Al menos 40 minutos de proceso de reorganización personal. Y también escribo recostado en la cama, con los ojos cerrados. Sin papel. Y confío cada noche en que voy a recordar al día siguiente lo que escribí en mi libretita mental. Y todo suena tan coherente y tan bien y tan rítmico en mi libretita mental. Será que acostado la sangre te camina el cuerpo de otra manera, habrá alguna glándula más inundada de sangre, algún ganglio más activo, algún cúmulo neuronal más chispeante.

O será que soy un perdedor y por qué no me matás.

Me pregunto si podré levantarme dos segundos y agarrar el grabadorcito de mano y grabarme, pero sé que hablar es lo último que puedo hacer en esas circunstancias. Hablás y la princesa se convierte en sapo y el príncipe en bestia. Salir de la cama es quebrar el sutil equilibrio que sostiene el castillo de naipes. Nadie se mueva y nadie saldrá escrito.

Arena en los zapatos.

Ah, obviedades a las que arribo por el flanco más escarpado: narrar una historia con principio, nudo y desenlace es de lo más complicado, requiere tu atención, tu carne y tus volts. Escribir así como escribo ahora, apilando fetas, es fácil. Y confesión, atajáte esta, clavada al ángulo: como mi cabeza está que rebalsa de coordenadas homogéneas, productos vectoriales y ecuaciones punto normal del plano hay que rellenar la falta de sustancia, la fascinación del cuento o de la anécdota con la desnudez de la honestidad y el relato pseudo creativo confesional flujo de conciencia.

Será que somos todos voyeurs. O exhibicionistas. O ambos. Dicen que los masoquistas siempre terminan restallando el látigo y los sádicos lamiendo las botas, que el yin habita el yang y el ping invita al pong.

En toda este safari voyeurístico, ¿qué será lo que buscamos o lo que encontramos? (¿Y vos te diste cuenta cómo de repente paso de la confesión en primera persona, al divague pseudo-intelectual, a la interrogación comunitaria? Ahora resulta que el pueblo quiere saber de qué se trata, estamos todos en Cabildo abierto acá, French y Berutti reparten látigos, esposas y vendas para los ojos y tenemos que decidir ahora mismo qué es lo que gobierna nuestro destino voyeur) A veces supongo que lo que deseamos es que -. No me queda bien la primera persona del plural, así que vuelvo a erguirme solitario frente al estrado. Su señoría yo creo que lo que busco es reconocer en el gesto íntimo robado furtivamente un gesto propio y que sospeché irrepetible.

¿Voyeur sólo se aplica a la vista? ¿Cómo se llama el placer de escuchar sin ser escuchado? ¿Escucheur? ¿Y el de oler? ¿Olfateur?

Somos todos voyeurs, olfateurs, saboreurs, escucheur. Qué feo que suena.

Y esto también viene a cuento de River Phoenix. La película se llama “Mi mundo privado” en castellano. Un gran placer voyeur porque River se desmaya acá y allá y el resto del tiempo va de acá para allá (o sea buscando lugares donde desmayarse) con el viento en la cara y en el pelo (que es tan orgánico a su actuación) y agarrado de la cintura de Keanu (que como siempre, no importa que papel haga parece haber apoyado su tabla de surf contra la pared justo antes de entrar al set de filmación).

¿De qué hablaba? Ah, sí, de River que se murió hace 10 Halloweenes.

En la película se desmaya y anda en moto y en un momento se hace de noche y con Keanu deciden pasar la noche en un llano y hacen una fogata y Keanu y River y el fuego los dibuja y desdibuja y River habla de un perro y de una casa. Lo que dice es: “Si tuviera una familia normal y una buena educación sería una persona coherente”. Y Keanu: “Depende de a qué le llamas normal”. Y River: “Sí. Bueno, vos entendés. Normal. Un papá, una mamá y un perro, boludeces así. Normal. Normal.”

Dice “normal” cómo si la palabra fuera una caramelo ácido que le quema en la boca, pero que igual quiere masticar, morder, tragar y que los azúcares de ese caramelo se hagan chispas y se le metan en la sangre y esa sangre le hinche la carne desde adentro. Pero no con intensidad, no, con la ingenuidad del niño que descubre otra vez un juguete que creía perdido para siempre.

Y después le dice a Keanu que lo ama, que él puede amar a alguien aunque no le paguen. Y después se recuestan juntos y se los traga la noche.

Y yo me acuerdo del cine en que ví la película y de la escena y de River cagado de frío que se recuesta contra Keanu en posición fetal y de otras posiciones fetales, la de James Dean borracho al comienzo de Rebelde sin causa, también recostado fetal contra la vereda fría. Y me acuerdo que cuando me enteré que River se murió convulsionando contra la vereda fría del Viper Room supe que me iba a acordar siempre de todos esos fríos y de todos esas escenas con gente abrazándose las rodillas.

Y soltándome ahora las rodillas, creo que hablaba del momento íntimo, del momento voyeur y de ese instante de reconocimiento en el que vemos un gesto que pensamos insólito y nuestro repetirse en otro, en otro que no sabe que miramos o que no sabe que el gesto es íntimo. Alguien decía que un clásico es una obra que el escritor parece haber escrito sólo para nosotros y para nadie más. Hay libros clásicos así como hay gestos clásicos: el de cagarse de frío o estar borracho y abrazarse las rodillas acompañado de un taxi boy o de un mono a cuerda.

Acá convendría que terminara de atar el moño, pero no señora, sólo envolvemos para regalo en época de navidad o el día del niño, pero enfrente hay una librería, cruce la calle y pregunte, capaz que le hacen la gauchada.

Y me voy a dormir con la sospecha de que tenía algo para decir y no lo dije. Y que dije otra cosa.

Por ahora es lo que hay.

Este tipo de sospechas y de pijamas son los que todas las noches me acompañan al cerrar los ojos.

Y las ovejitas.

One thought on “La ruta y el río”

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>