Siempre para arriba

Lo tengo ahora a mi derecha, en diagonal, a dos metros, me mira, mira el piso, ojos oscuros, barba negrísima, mulato, en cuero, pecho marcado, pantalones blancos. Los haces de luces lo borronean, los cuerpos de los que bailan entre nosotros lo tapan, lo vuelven a mostrar. Lady Gaga canta que no fue amor, no fue amor, fue una perfecta ilusión. Están casi todos en cuero, mezcla de osos con osos musculosos, bailando en círculo, mezclados, péndulos en vaivén transpirados. El mulato se va moviendo, acercándose en espiral, si me oriento con un reloj está ahora a las 2, después a las 5, después a las 10, ya a un metro. Me mira y ahora me sonríe, tiene los dientes blancos. Estiro el brazo y le palmeo el pecho, le sonrío, se mete entre dos, me abraza, me mira a los ojos, me besa. Me abraza más fuerte, me pone la mano en la nuca, me mete la lengua, besa bien. Continue reading Siempre para arriba

Lo más grande del mundo

Suena Eurythimcs, los dulces sueños están hechos de esto, y todos bailan levantando los brazos. A un costado hay uno que baila zarandéandose con onda, mide como 1,90 así que tardo en escanearlo, de arriba a abajo. Es lindo con orejas paradas y carita de chanchito mimoso, barba dibujada con compás, regla y transportador, muy musculoso, con pecho hinchado bajo la remera apretada, brazos inflados, espalda en triángulo, piernas grandotas. Cuando baila va girando lento, sentido de las agujas del reloj, y es entonces que le veo el culo. Es un culo gigante pero proporcionado, pero que necesita para representarse tecnología 4D, que todavía no existe. Cameron va a tener que hacer un nuevo Avatar para que se vea. Y encima es un culo que cambia de color. O yo estaré alucinando. Culo azul, amarillo, verde, rojo, violeta. Es un culo arco iris, gay orgulloso. No, es el haz de luces que rebota en la superficie combada y se refleja, y el tipo tiene pantalones blancos. Tardo en volver de la hipnosis, los especialistas del siglo XIX deberían dejar de boludear con péndulos y relojes colgando de cadenas de una vez. Tanta belleza necesita una oda. Continue reading Lo más grande del mundo

Galletitas de medianoche

Es la mitad exacta de la noche, su bisectriz. Hora de ir a pagar la cuenta, de cerrar la tarjeta de consumo, de no comprar más alcohol. Pero media hora después, besándome con alguien que no conozco, pregunto: si ya cerré la tarjeta, ¿puedo comprar otro trago? Me dice él, otra cerveza, y compra otra cerveza. Bailamos, creo que es Rihanna, trabajamos, bailamos, creo que es Beyoncé, vamos, chicos, hagan fila, bailamos, siempre, el mismo vals carioca. Dos para allá, dos para acá, él se ríe, yo sonrío. Otra cerveza. Me agarra de la mano y me guía contra un rincón, donde dos lesbianas tijeretean con tijera a piquitos, me aprieta fuerte, me muerde, y me quiere meter la mano por atrás en el pantalón, pero tengo el cinturón puesto y la mano no traspasa, no aflojo el cinturón. Después, bailando solo, trato de apretar todavía el pantalón, porque todavía siento que el pantalón se me cae, pero no hay más agujeros en el cinturón. El último agujero es ya geológico, como el aro anticuado de una secuoya, de una última glaciación. El oso que me besa, que me quiso meter la mano en el pantalón me besa otra vez, y beso a otro, y a otro, y a otro, y cuando le pregunto el nombre, después de un largo rato, me pregunta si me voy, le digo que no, solo quiero saber el nombre, me lo dice, pero no le entiendo. Le digo que Christian. Continue reading Galletitas de medianoche

Perdón

Aparece flotando en el mar de cabezas, iluminado-oscurecido por las luces del boliche, se frena y me mira, y sonríe, de frente, solo con la mitad de la cara, y la sonrisa se interrumpe justo en el medio, como una Mona Lisa partida al medio, del otro lado la cara sigue como un emoticón de boca horizontal, como un guioncito: de este lado sonrisa curva, del otro lado parco guioncito.

Su mano en mi cintura, mi mano en el hombro. ¿Todo bi—?, voy a preguntar, pero él interrumpe. Perdón, estoy re en pedo, dice. Veo, digo. Igual estás en un boliche, le digo, no en el entierro de un amigo escribano. No sé por qué me sale siempre lo del escribano. Pobres escribanos. Y apenas lo digo pienso que si se te muero un escribano amigo, y es muy amigo o muy escribano, emborracharse podría ser una respuesta adecuada.

Perdón, vuelve a decir. Este será nuestro patrón de comunicación, pienso, nuestro destino: él va a confesar y a rezar, a pedir perdones, yo voy a tironearlo para tratar de izarlo desde el abismo del que cuelga, como si lo sostuviera en una película de acción mala, escurriéndose sus dedos entre mis dedos. No te preocupes, le digo. No me escucha, solo baja sus ojos de mis ojos a mis labios y se acerca milimétricamente, peón cuatro rey. Me tira la boca, pero frena a dos centímetros, ahora tengo los ojos encima de los ojos como halos, como luces, ciervo cruzando la ruta, enceguecido de luces altas, circule con precaución. Besar besa bien, con un reborde de cerveza, el alcohol y la amargura como lubricante social, esparcido, untado sobre todos nosotros acá en el boliche, como tostadas recién saltadas de la tostadora.

Mano en la cintura, pero no es él, es alguien que quiere pasar y pasa, y el gesto es el del permiso pero también el de vení para acá, vamos, no te beses con ese. Yo ahora tengo la mano en el cuello del amigo del escribano, en un gesto exagerado, apenas lo hago me pregunto y me divierte preguntarme para qué, y el tipo me toma de la cintura, y las dos manos distintas de los dos tipos se tocan por un instante y se repelen, como si se encontraran afanando. Me doy cuenta de que es pelado de tocarle el cuello, porque no tiene pelo hacia arriba, y se me escapa una risa adentro de la boca del tipo, porque buscándole el nacimiento del pelo termino medio tocándole la pelada, casi lustrándola, y me acuerdo de Mary Poppins, cuando los pibes para hacer volar la cama frotaban uno de los postes, una de las bochas de esos postes.

Mejor me voy, pienso, porque le pelado medio me gira, y me inclina, ya parece un paso de tango o un beso de los años cincuenta hollywoodense. Me desprendo, le doy una palmadita, en la cintura, y me alejo.
Avanza el tiempo y cambia la música y las luces, como glaciaciones, tectónico, moviéndonos el piso, en leves ajustes, derivas continentales, y acá está el pelado de nuevo. ¿Todo bi—?, digo. No, me dice. Se me murió mi perro hoy. Pienso en el entierro del escribano, en mi chiste de hace un rato. Pienso si no fui yo el que volvió a traerle el perro muerto cuando el tipo había ahogado el recuerdo en alcohol. Bah, estaba viejito ya, dice. Y lo tuviste que poner a dormir, digo. Me mira y no me entiende. Y yo me doy cuenta que la expresión es inglesa y acabo de traducirla estúpidamente al castellano.

Poner a dormir. Como si le leyeras un cuento al perro agonizante, y cuando se duerme lo arroparas, acomodaras el borde de la frazada como un friso en el borde de la cara, y retrocedieras hasta el pasillo, apagaras la luz, y te alejaras por el pasillo. Tiene otra vez la cara partida por la mitad, pero la sonrisa ahora está del otro lado, y la otra parte de la boca hacia abajo: la tragedia y la comedia juntas, reunidas en el centro de la boca como un besito. Le queda bien, a este tipo le queda bien. La simetría como parámetro de belleza está sobrevalorada, pienso, como si la belleza fuera un boludo inseguro que necesita que lo confirmen, cuando es más interesante si los dos lados de la cara son independientes, si uno comenta o refuta al otro.

Lo abrazo. Primero despacio, después bajando las manos hacia la base de la espalda, y se me escapa un masaje leve, y el tipo arquea la espalda como un perro que se despierta y se estira. Me apoya la cabeza en el hombro como para dormirse, pero me pasa la lengua por la transpiración. Me da cosquillas y pienso mejor me voy. Y me voy.
Avanzan y retroceden oceános y pantanos, revientan volcanes como granitos de pus, y de vuelta el pelado aparece oblicuo, entre la gente que gira con la cumbia, brillantes en su sudor, anaranjados, al spiedo. ¿Todo bi—?, digo, y me interrumpe: soy viejo ya, me dice. Antiguo, le corrijo. Eso pretendió ser un elogio, pero no estamos en la feria de San Telmo. Igual él no me escucha. Tengo 56 pero se me re para, dice. No parece de 56, y casi se lo empiezo a decir, pero estoy podrido de que siempre volvamos a chupar de la fuente de la eterna juventud, y de que el mejor elogio para alguien que tiene 56 es que no lo parece. Así que no digo nada. Perdón, vuelve a decir. Estoy muy borracho. Relajate, le digo. Me pregunto si el imperativo del verbo relajar tiene algún sentido, si alguien alguna vez se relajó porque se lo pidieron. Pero se me re para, dice, mirá.

Dice mirá y no se mueve, y estamos a pocos centímetros, y supongo que quiere que le mire el bulto, cosa que me da una fiaca infinita. Casi lo corrijo y le digo querés decir tocá, porque ver no creo que se vea nada. Pero no me agarra la mano ni hace nada, se queda ahí inmóvil, y tira un poco la cabeza para atrás, como diciendo hacé de mí lo que quieras. Claro, pienso, le masajeé la espalda y ahora quiere el final feliz. Me río, le doy una palmadita en el hombro. Cuánto laburo, pienso. No sé qué significa “laburo” exactamente, si me refiero a la laboriosidad de este tipo encarando, pidiendo perdón, esgrimiendo sus años y sus erecciones, o yo, maniobrando una coreografía trabada, de huída y retroceso, de arrastre y abandono.

Todo esto que hacemos acá abajo, cuánto trabajo, edificios que se vuelven ruinas, herramientas que se oxidan en cajones en garages, abrazos y caricias y besos borroneadas apenas se escriben, como un zurdo con la 303 que escribe encaramado al papel para esquivar su propio puño que borronea. Me quedo mirándolo a los ojos, y las dos secciones de su boca se alinean, la de este lado y la de aquel arman una curvita. Me da una palmadita en el hombro él, se sonríe todavía un poco más, baja la mano a mi cintura como pidiendo permiso para pasar, y se va él, sin pedir perdón.

En la vereda

Son las 3 de la mañana y la noche cambia su respiración. Se pone abdominal, pránica, así que decido parar a comer, y me pregunto si sí, si acá, y le pregunto al mozo asomado la vereda si me cobran recargo en la vereda. Ahora no, antes sí, me dice el mozo, así que lo tomo como una invitación. Y me siento. Se va Polino y baja de una 4×4 una vedetonga, como tironeados por un sistema de poleas, una carrera de postas farandulera. La vedetonga viene con sus varios asistentes, una vedetonga que debería conocer, y que me saluda, y también su personal trainer, peinador, etc. Se sientan al costado a un metro, juntando varias mesas.

Pasan tres pibas borrachas, en calzas, subidas a plataformas Eiffel, tambaleantes, y nos preguntan a todos los de la vereda, si mañana se va a arrepentir, y señala su celular. Supongo que se refiere a arrepentirse de mandarle mensajes a su ex ahora, borracha. Qué pesada. Yo no me saco los auriculares, pero ella sigue insistiéndome, hasta que le digo un cansino “ni idea”, y hasta que la amiga la llama desde la parada del colectivo a media cuadra, gritando, basta boludaaaa, daleee. Hacele caso a tu amiga, le digo, y se va corriendo, traqueteando.

Pasan, antes de que pueda pedir mi café, varias tandas de pibes pidiendo, uno se llevó mi Coca Zero, el otro un alfajor Jorgelín, y los otros solo aceptan cash. Bah, el de la Coca Zero tiró la Coca en el tacho de la esquina, me la pidió solo para sostener durante veinte metros el discurso de “quiero algo para comer”, pero quería guita. Con los siguientes empiezo a repetir que no tengo, y que ya pasaron muchos antes.

Llega una parejita de amariconados emperifollados enamorados, ados, ados, ados. Achupinados. Empaquetados en sus entalladísimas camisas pendejeriles. Se acomodan en sus sillas, amortajados en sus apretados corsets. Piden atención especial. Escucho eso y creo que es un chiste, pero no. Se ponen gomosos con los mozos. Giro para mirarlos y se pidieron un champán, dos copas, y están tomando con los brazos entrelazados, como si estuvieran en su fiesta de casamiento. Se me ocurre la frase “enamorada al muro” pero se me cambia a “enamorada al puto” cuando veo a uno hacer conejito con los labios, y el otro hace otro conejito, y las bocas tensas y romboidales espadean raro, no hay encastre ni inserción. Después le dicen al mozo qué mala atención, que si doy vuelta la botella en el balde me tienen que traer automáticamente otra, sin que la pida, por favor, me extraña.
Invitan a la vedetonga y su entorno a que se sume a la mesa de ellos con la excusa de yo a vos te atendí, y la vedetonga dice tengo frío, hace ondular los hombros con un escalofrío, comprime el pecho para apretar las tetas como frutas, y vamos adentro, chicos, qué frío, y todos sus pajes eunucos enfilan detrás de ella, cleopátricamente, Bangles.

El tiempo pasa, lento, desenfoco la mirada para que las luces y el polvo suspendido en el aire de la noche se confundan, y me dejo mecer por el oleaje del colectivo que periódicamente llega desde el fondo de la calle, parece venirse encima, atropellar la vereda pero frena apenas, parece hamacarse como un barco, veo al colectivero tensar los músculos y volantear, y los pasajeros sentados, como monitos colgados ahí arriba, en el aire, y que desaparecen hacia mi izquierda, yendo a laburar.

Viene otro pibe a pedir, este ya gangoso de falopa o alcohol, le digo que no tengo nada, papá, ya pasaron muchos. Y los dos de atrás, mariconamente, preguntan tenés hambre, vení, sentate. Una vedetonga, un chico pobre, el living de Intrusos, da lo mismo. El pibe va hasta le mesa, los dos le ofrecen pedazos de pizza de la panera, tomá, tomá, pero el pibe les pide “comida de verdad”. Y como no no se la dan (aserrín aserrán los maderos de San Juan), les revolea los pedazos de pizza por la cabeza. Los tengo atrás, pero veo los triángulos de sombra volando, como una suelta de palomas geométricas, chinescas.
Giro y veo ahora los cachos de pizza 3D y las caras deformadas de furia de los dos amariconados. Tengo ganas de repetir la escena, corte, va de nuevo, y que el pibe revolee la pizza y también el champán por el aire, en cámara lenta, así completamos la metáfora menemista. Pero no, se escucha a uno de ellos gritando, un aullido de gato despellejado, un amago de sirena, y vienen los mozos, y un viejo de allá se apura a mostrar su solidaridad. Más tarde lo invitarán a la mesa, y los dos amariconados le pedirán que les cuente lo que pasó como si no lo hubieran vivido, desdoblados, y acotan y corrigen la versión, no, ahí que agarró la canasta del pan y me la tiró en la cabeza…

Vuelve paulatinamente la calma y siguen pidiendo más champán, y exigen la presencia del jefe de mozos para contarle, y cada uno que se asoma a la vereda, mozo o comensal, lo frenan para contarle también. Se lamentan de que ahora se les arruinó la noche, que se les fue el hambre, y se tocan la panza que aprietan para que calce en el chupín. Sale una vieja del restorán, empastillada o borracha, y la llaman. Yo a vos te atendí también, qué mal que estás, vení sentate… Pero la vieja raja diciendo no, no, noooo.

El jefe de mozos escucha la historia, le piden que llame a la policía, se quejan de que no hay nadie por acá, cuidándonos como ciudadanos que somos, esto es un páramo, ya no hay policía en la calle. Al rato viene un patrullero, gira en U en la calle, muy Starsky y Hutch. Se bajan mujer y hombre, con los pulgares colgando de los cinturones, se quedan dos minutos, preguntan cosas borrosas y toman nota. Preguntan si era pelado, si tenía barbita y si tenía un buzo negro. En todo este tiempo todos los que pasaron cumplían con esa descripción, casi el uniforme homeless. Si viene uno pelirrojo, con bucles, y con un solero floreado, ese sí, ¡deténgalo, policía, es él!

Se van los polis y los enamorados siguen tomando. Y aparecen dos pibes más, a pedir, y son la gota que rebalsa el vaso (o la copa, en este caso, de champán). Se me acercan, balbucean, y les digo que no tengo plata, y me gambetean la excusa, con un “no, yo no te vengo a pedir plata”, cosa que termina con dos amagues, un caño, una media chilena, y un pedido de plata. Les digo vayan, che, que ya llamaron a la policía… Pero no me escuchan y es en ese momento que desde atrás escucho a uno de los dos enamorados que les grita: negros de mierrrrda, hay que prenderlos fuego a toooodos. Pausa, como para acomodar la cámara y hacer foco. Y ya veo a los pibes que hacen montoncito con la mano e inflan pecho, que te pasa afeminado, dicen, no puto, sino afeminado, un toque de delicadeza post matrimonio igualitario y ley de identidad de género, una batalla cultural ganada, acá, entre pizzas y champán revoleado, y avanzan rodeando mi mesa, y como avanzan, como mueven las piernas en bloque, y el pecho espigado, me hace acordar a una batalla de acto escolar, y suena de fondo la marcha de San Lorenzo. Del otro lado del campo de batallo, con la copa en la mano cual improvisada bayoneta, uno de los amariconados insiste con a ustedes hay que prenderlos fuegos a todos, basuras hijos de puta, negros de mierda… Yo soy abogado, agrega, y trato de imaginar qué ley habilita a un uso preventivo de la hoguera. El otro empuja con un sí, dale, dalee.

El abogado logra levantarse a pesar del corset y el chupín y la silla, que con la borrachera funciona también como un segundo corset de madera, en capas, y los encara, y yo me levanto y me corro a un costado, educado. Paren chicos, les digo, y no sé quién me toma el pedido, si las mariconas, que chupan pija como yo, o los pibes, que vienen del conurbano como yo, el conurbano, ese límite mítico donde se termina el mundo sostenido por cuatro tortugas. Dos mozos salen, en un rara visión parecen salir de las heladeras exhibidoras, atravesar el vidrio y enderezarse rígidos e inflados en la vereda, entre los dos bandos, y tratan de interponerse, sin tocar ni a la maricona quijotesca ni a los lumpenes molinos de viento. Los mozos hacen un cordón de entorno maradoniano antiperiodismo, efectivo, elegante. ¿Sabés cuántos Danoninos te faltan a vos para pegarme, afeminado?, escupe uno de los pibes. Escupe literalmente, gotitas iridisadas por la luz de otro colectivo-ola que gira en la esquina, con los monitos girando las cabezas para mirar la pelea. Los mozos tironean de la maricona de los chupines que tira el mentón y el pecho hacia adelante y retrasa las caderas, muy Michael Jackson, y ahora debería hacer pausa, moonwalkear hacia atrás, y torcer el sombrerito para esconder los ojos, puntas de pie y… who’s bad?

Empujan a Michael, hasta que lo sientan. Y ahí pasa algo mágico: uno de los dos pibes revolea… ¡un Danonino! Recuerdo la frase de hace segundos, ese “¿sabés cuántos danoninos te faltan a vos…?”. Y veo al Danonino volar en parábola, por el aire, materializado. ¿Será este lumpen Sai Baba reencarnado, capaz de materializar cosas con solo nombrarlas, o será solo materializador de Danoninos? ¿o cargará con un stock de Danoninos por si se pelea con alguien y hay que desafiarlo invocando su fuerza danonínica, como en este caso?

Lo cierto es que el Danonino vuela, casi aletea en ralentí entre las luces de neón que flotan sobre la calle, y el polvo tibio de la primavera que por fin llega, y Shiva tose, y carraspea un segundo y luego todo vuelve a encausarse y el Danonino aterriza con un elegante y simpático plaf. Hace patito en la vereda, plaf plaf y luego patina y se detiene. Los pibes se van, o se esfuman, humo ninja, no están más, y a los pocos minutos aparece otra vez, en loop la policía. Cada vez más la sensación es de cinta de montaje universal, el fordismo del karma, Nietszche que gira y contragira en su cama en el eterno retorno del insomnio.

El enamorado boxeador tiene ahora la boca totalmente torcida, y se puso azul. O sea, tiene una borrachera Picasso, lo veo de perfil pero su boca habla de frente, cubista, azul, detonada, proyectada. Le pintaría una lágrima oblonga, combada, o unas hormigas Dalí y unos relojes combados, chorreados. Los policías toman nota, aunque las pistas son difusas y contradictorias. Otra vez el identikit comodín del lumpen: pelado, buzo negro, barbita, si fue para allá, y a todo los amariconados dicen que sí. Los negros se me confunden, yo muchas veces compro camisa negra y resulta ser azul oscuro.

Cuando la mujer policía, que está al costado, se aleja unos pasos, me acerco y le cuento que sí, que los enamorados buena onda le ofrecieron comida a uno que pasó, y que ese les revoleó las pizzas por la cabeza, pero que estos dos solo pidieron guita, y que los que saltaron con el spiedo Juana de Arco revival groncho y el genocidio fierita fueron la parejita boosteada por el fatality del champán. Ah, okay, dicen, mientras el otro policía, otra vez, hace que toma notas. Voy hasta la caja y pido pagar, y me toman el pago sin chistar, rápido, acostumbrados, aliviados, y entiendo entonces por qué no se paga más adicional de vereda.

Siempre se vuelve

Me toca el hombro, se asoma apenas, un bulto en la oscuridad. Tengo que torcer la mirada, desajustar las luces de colores que me ciegan, como un bambi cruzando la ruta, el Scania le clava las luces altas, a punto de ser atropellado en la ruta.

– Disculpame, ¿vos siempre venís acá?

– No, mis amigos me dejaron de garpe – no sé por qué empiezo mintiendo, disculpándome por haber venido a este boliche solo. En la pista la gente se amucha, bajan del otro piso, donde la música ochentosa dejó a unos pocos bailando perdidos, nostálgicos. A esta altura de la noche los grupitos compran varias botellas, vacían el balde de hielo, mezclan ahí todo el alcohol, y chupan con pajitas, con varias pajitas flotando en el líquido que no sé si es flúo por las luces o qué.

– ¿Pero siempre venís acá? – insiste él. Me doy cuenta de que contesté otra pregunta, y su insistencia me resulta rara, no importa, a las 5 de la mañana, contestar la pregunta que te contestan.

– No, raramente vengo – estoy a punto de contestar por qué estoy acá, pero me callo.

– ¿Y tomaste algo? – ya siento que me metieron en encuesta de opinión, me falta el múltiple choice. No hay caso, desconecto el teléfono en casa, pero las encuestas me persiguen.

– Un par de speeds con vodka – respondo.

Se queda mudo, y ahí lo miro, ahora ya los ojos se acomodan un poco a su contorno, ahora que los saqué de las luces, y el surge del barro primigenio, con el perfil duro, cuadrado, se parece a uno de esas cabezas de la Isla de Pascua, pienso. Nariz medio aplastada, las cejas gruesas, la remera salmón o naranja, los bíceps gordos, los dedos metidos en el bolsillo del jean, chonguito muñequito de torta. Es un poco más bajo que yo, así que cuando me inclino para escuchar lo que pregunta, veo que tiene la remera metida dentro del jean, justo donde se abrocha el botón, adelante, la panza chata, el bultito cóncavo, las piernas chuecas.

– Yo sí tomé – dice, y hace una pausa.

Mi objetivo hoy es no rellenar estas pausas, bancarme la incomodidad.

– No te asustés, parecés un tipo copado -. Este tipo de frases son las que hacen que te asustes, pienso, pero estoy en un boliche lleno de gente. Así que reviso si tengo miedo, y no tengo. – ¿Vos tomás merca?

– No.

– Ah, qué lástima – dice.

– ¿Vos? – no puedo contra mí mismo, este tipo de repregunta berreta del ¿vos? es lo que termina aguachentando las conversaciones.

– Sí, tomé. Me gusta tomar y venir acá, y está bueno tomar con alguien -. Me está pidiendo merca, así que mejor rajo, pienso. – ¿Nunca tomaste?

– No, nunca tomé. Tomo alcohol, sí, pero merca no.

– A mí me gusta así tomar acá, y entre hombres, está bueno. Porque no todo es sexo, también tomás, y charlás, y estoy buscando alguien así que tome conmigo.

– Igual seguro hay gente acá que toma, eh.

– Sí, pero no es que me va cualquiera.

– ¿Y cómo te gustan?

– ¿Qué cosa?

– Los tipos, ¿o te gustan las chicas también?

– No, solo los hombres, yo soy boxeador. Ahora no se nota, bah, ahora no soy más boxeador, pero antes cuando era pendejo tenía mucho más arrastre. Tenía todo el cuerpo apretado, marcado, pero tuve muchos problemas.

Aprovecho para tocarlo. Le aprieto el hombro, los bíceps, y después deslizo la mano por la espalda. El tipo está todo duro, pienso, y me río por la boludez de que sí, está duro. Chiste berreta.

– Igual seguís estando duro, estás muy bien físicamente – ya hablo como un viejo baboso -. ¿Y qué edad tenés?

– 30.

– Además sos un pendejo.

– No, antes tenía mucho mejor cuerpo…

No sé si se está vendiendo como taxi boy, o está nostálgico de su vida de taxi boy, o qué, pero yo no puedo evitar derrapar al estereotipo de morochón, pobre, boxeador que se pierde por la merca y rueda a la banquina de la prostitución. Muy novela del siglo 19. Mejor no, no le voy a preguntar detalles sobre sus problemas, voy a sobrevolar esto en helicóptero, como un gobernador al que se le inundó una provincia y no le importa demasiado, que otro junte alimentos no perecederos.

– ¿Y de dónde sos?

– Del Tigre, ¿conocés?

– Claro, conozco.

– ¿Y cuándo tuviste sexo por primera vez?

– De chico, como a los 10 años, pero no sexo sexo, unas tocaditas.

Es una regla: cuando dos personas discuten en internet, a los 15 renglones alguien menciona a Hitler, cuando dos hombres gays charlan, a los 15 renglones hay sexo.

– Yo a los 8. Tuve suerte.

Tengo miedo de preguntar, primero empezó pidiéndome merca, y ahora se puso confesional, aunque sabe que no tengo merca.

– ¿Por qué tuviste suerte?

– Porque fue con un pariente.

Ahora sí no voy a preguntar.

– Primero con un primo…

No alcanza con no preguntar, mejor cambiemos de tema:

– ¿Y vos venís acá seguido? – digo, y me gustaría tener un trago en la mano, solo por tenerlo, para hacer el movimiento, revolver el hielo con la pajita, tragar algo.

– Vine la semana pasada. Antes de eso hacía mucho que no venía. Vine la otra semana y vine hoy. Acá tuve mi primer amor.

Sigo armando el rasti del estereotipo. El chico abusado del conurbano, que se escapa a la gran ciudad, se mete en un boliche gay, le rompen el corazón, y pobre y despechado cae en la prostitución y la merca.

– ¿Y vos de qué trabajás? – pregunta, sin entonación, sin fingir interés, me gusta que no finja interés.

– Sistemas – digo, eligiendo una de las cinco cosas que hago. Tengo miedo de darle demasiados datos, que esté rastrillando si tengo guita, que me afane.

– Ah, entonces conocés lo de la dark web.

Rarísimo. Todos los temas mezclados: esto parece un magazine de canal de cable, allá al fondo de la grilla, y mi cabeza que tira zócalos.

– Sí, escuché hablar, pero nunca estuve. Es la internet escondida, se entra con un navegador especial, ¿no?

– Dale, vos debés haber entrado – dice -, y es él ahora el que me toca, me aprieta el hombro, y baja la mano por la espalda, y me palmea. El tipo quiere que sea merquero y que navegue la dark web.

– La verdad que no.

– Hay muy buen porno ahí, porno raro, de cosas que me gustan a mí.

Sonamos. Salgamos de esta.

– Tengo gustos muy berretas en el porno, no hace falta meterme en la dark web – digo.

– ¿Qué te gusta en el porno?

– Porno más amateur, tipos más musculosos o morrudos, peludos, pero no estrellas porno. Todo muy aburrido, aparte miro siempre lo mismo, no necesito mucha novedad. O sino miro porno hetero amateur.

El amaga a hablar de sus gustos, y yo le digo que ya vengo, que voy al baño. Voy. Me mojo los ojos, me los miro al espejo, hago tiempo, el espejo es amplio y la gente lo usa para el levante, salgo. Doy una vuelta por ahí, me fijo si otros van y lo encaran al boxeador. Subo al otro piso, casi nadie bailando el pop ochentoso, lindo el tipo de seguridad, alto, con la cara como un dios hindú, pantalón achupinado, casmi ajustada, brilla tu diamante chongo, riéndose. Bajo atrás de una travesti altísima, con unos tacos finos altísimos, la escalera tiene esos escalones enrejados, así que ella tiene que elegir bien cada paso, lento, lentísimo, y yo no la apuro, ella elige el lugar, mira, tantea, y luego pisa, se afirma, como Tom Cruise en Misión Imposible, pisar mal podría hacer estallar todo termonuclearmente.

Cuando bajo el pibe sigue ahí. Me acerco, y le doy una palmadita en el hombro.

– Sos buen tipo vos, no parecés de sistemas – dice.

– Escribo, también.

– Ah, sos filósofo -. Lo voy a corregir, a decirle que en todo caso escritor, pero no, lo dejo. – Si vas a escribir esto cambiame el nombre.

– No sé tu nombre.

No me lo dice, creo que ni me escucha. El tipo está guionado, hay simulacros de ida y vuelta, pero es un monólogo de él, su plan, su ruedita de hámster en la que gira, pedaleando.

– ¿No te gustaría estar conmigo en un lindo hotel, con jacuzzi? Tomar un poco de merca…

– No quiero tomar merca, la verdad.

– Sí, a mí me generó muchos problemas. Vos sos un tipo sano.

– No sé si sano, pero merca no tomo.

– ¿Pero te da miedo la merca?

– Un poco sí.

– Pero no tenés que tomar vos. Yo tomo merca y te chupo el culo, y estamos en el jacuzzi. Te invito yo.

Me dan ganas de abrazarlo. No sé si por él o por mí. Espero a que se me pase.

– Yo quiero alguien que esté en la misma onda. No importa si es hombre, mujer o travesti. Por eso me gusta venir acá. Acá la gente es popular. Y algunos están potenciados.

Me suena en la cabeza la propaganda de Bardahl. Bardaaaahl. Y me acuerdo de mi tío, cuando de chico me llevaba a la cancha a ver a Rácing, casi todos los domingos. No recuerdo una tarde o un momento específico, solo volver en el auto, muchas veces, escuchando los resultados de los partidos, y la propaganda de Bardaaaahl. No sé si decía algo de potenciado, pero me acuerdo de eso. Y de mi tío muriéndose joven, y de que se murió en capital y hubo que llevarlo a provincia, y yo fui en la ambulancia con mi tío muerto atrás. Me acuerdo de todo eso, no sé si con imágenes, nada específico, como una mermelada.

Le masajeo la espalda al boxeador, para darle cariño, pero el masaje me parece sexual, así que lo interrumpo, lo abrazo, de costado, torpemente, tratando de que no haya nada confuso. El tipo se queda ahí duro, por un momento creo que va a inclinar la cabeza y apoyarla sobre mi hombro, pero sigue duro y erguido, en su Isla de Pascua.

– Si no te gusta que te chupe el culo no te lo chupo, no quise decir eso. El sexo no importa.

– Yo te entendí.

Ahora no lo toco.

– Por eso a mí me gusta charlar así, con gente copada como vos, y les digo lo que me gusta, y si les va y podemos tomar juntos, me encanta, eso es lo que yo quiero, y sino está todo bien, cada uno sigue su camino…

Me está echando.

– Sí, claro – digo -. Me encantó cómo me encaraste. La gente no sabe bien cómo encarar. Vos en cambio planteás lo que querés, no sos zarpado, vas tanteando, preguntás. Tendrías que dar un seminario de levante o un curso de leadership.

No se ríe. Ahora me doy cuenta que nunca se rió, que nunca dijo algo que no sea literal, que estamos hace rato al ras del piso. Cuando lo pienso, estamos en el subsuelo.

– Bueno, me voy a ir y te voy a dejar. Me encantó charlar con vos.

– Vos si querés andá a buscar otra cosa – dice él, y le miro las manos. Creo que nunca las sacó de los bolsillos, y sin embargo me tocó la espalda. Ahora dudo de si me tocó o no. Pareciera que nunca se movió. Tiene los ojos oscuros, como recortados, intensos, y vuelvo a pensar que está tallado, casi apoyado contra la pared, como saliendo de la pared, o del piso. – Ya sabés, yo te invito al telo. Y yo tomo merca, vos no, no tenés que tomar. Pero me gustaría que estés ahí.

Ahí me doy cuenta.

– ¿Tu primera amor, ese amor que descubriste acá, y al que volviste ahora, después de muchos años, es la merca?

– Sí, claro. En la semana no tomo, cada tanto me gusta venir acá y tomar, o irme con alguien y tomar, con gente como yo, popular.

Subo al segundo piso, me siento en una mesa, y dejo que la gente me pase por los ojos, como en una pecera. Después subo y bajo varias veces. Lo veo a él moviéndose a distintos lugares del boliche, siempre en un rincón oscuro, con los dedos clavados en el jean. Se le acercan a hablar varios, hablan un poco y se alejan. Después voy hacia el frente del boliche, me asomo, y veo que empieza a llover, primero lentamente, después, enseguida, con furia, con bronca, como piñas, como un reclamo.

Es el día, que empieza, y la luz grisácea baja sobre los autos y las veredas, y el agua cae no en gotas sino en copos. El boliche cierra en media hora, y ya algunos hacen cola en el guardarropas, pero después dicen no, llueve con todo, y retroceden, vuelven a meterse al boliche, riéndose. La lluvia les parece una ocurrencia, un souvenir de una noche de baile y manoseo y vómitos y sexo en el dark. Yo saludo al de seguridad, paso por el detector de metales que hace biip biip biip, y el de la puerta amaga a decir que llueve, que llueve mucho. Como si yo no lo viera mientras cruzo la calle, y el agua entrando ya por el cuello, bajando por la espalda, bajando.

Groucho

Vuelvo del chino cargado con bolsas, y entro al edificio atrás de una señora que se apura a cerrar la puerta antes de que yo entre. Dejo las bolsas en el piso, busco la llave y entro y ella está esperando el ascensor. Disculpame pero no te conozco, se disculpa. No se preocupe, le digo. Subimos y la mujer sigue incómoda y me pregunta rápido si vivo acá. Sí, hace diez años. Yo treinta, retruca ella. Me ganó, le digo, a qué piso va, le consulto. Me dice y me pregunta el mío, yo bajo primero, así que aprieta el botón de mi piso. Subimos en silencio. Cuando se frena el ascensor vuelve a disculparse. No se preocupe, le digo, como dijo Groucho Marx, a mí tampoco me gusta vivir en un edificio donde vive gente como yo.

En la boca

Estoy en casa tirado en la cama. Leyendo. Bajo el aire acondicionado. Edén de vientito frío que hace temblar las páginas traslúcidas. Y cortan la luz. Me visto a oscuras. Manoteo el celular y me voy a comer una pizza. Whatsappeo con un amigo. Hablamos de sexo. Experiencias, morbos, fantasías. Me traen la bebida. El vaso está sucio de rouge. Alguien lo estuvo chupando. Digo. O se me escapa. El mozo me mira raro. El vaso, aclaro. Se ríe. Sigo whatsappeando chanchadas. Como sólo la mitad de la pizza. Pido la cuenta. Viene el mozo y se lleva la otra mitad de la pizza. Envolvemelá, le digo, enfático. No te preocupes, me dice, palmeándome el hombro. Sentí que me la sacabas de la boca, digo. Me mira raro. Se ríe.

Polaroid brazuca

Decido alejarme de Camboriú que rebalsa de argentinos. Bajo el sol tremendo tomó un colectivo, atravieso el morro y camino hasta la playa. Antes de bajar a la arena me siento en un barzucho frente a la playa y me pido una caipi. Me cuelgo del WiFi para buscar info. Praia Brava. Menos gente. Más “exclusivo”. Sushi. Parrillas caras. Se ven proyectos de torres en construcción. Y muchas banderas rojas de prohibido bañarse.

Por la costanera frente a mí circulan lento autos caros. Y gente cheta paseando perritos. Porque la celebración y convivencia democrática con la mascota es también atributo de clase. La mascota accesorio.
Pasa así un musculoso de dos metros con un caniche hiper producido. Mascota contraste irónico. Otro musculoso en una 4×4 con un ovejero asomado por la ventanilla de atrás falopeado de viento salado. Mascota espejada despreocupada. Una mina entangada con dos salchichas lustrosos. Mascota fálica doble.

De pronto la calle se despeja y queda la cinta de asfalto plateada y las veredas vacías. Y desde allá aparece una parejita de la mano. Ella con pareo que le ajusta en la cintura, esbelta de tetas generosas. Lentes espejados. Gélida. Inalcanzable. Si él no la tiene de la mano podría volársele, novia parapente. Él en cuero y sunga azúl eléctrico. También anteojos espejados. No hablan ni sonríen. Solo caminan erguidos, totémicos. Se exhiben pero no hay nadie que los vea.

Pasan. Cruzan la calle. Vuelven en sentido contrario. Cruzan la calle. Vuelven a pasar. La famosa vuelta del perro. Pero ahora él tiene un bulto pronunciado en el pantalón. Hacia el costado, semierecto. Estoy a varios metros pero la tela transparenta ya detalles del miembro.
¿Cuál es la causa de la erección? Ni hablan, no se miran. Él apenas interrumpe su caminar robótico para estirar apenas el elástico de la pierna y embolsar el miembro, que tiembla apenas, semi-elástico y encuentra otra ve su posición hacia el costado, grande, duro, grueso.
Vuelven a cruzar y a venir. Y ahora la erección creció y es absolutamente notoria, contundente. Es ahí cuando él infla apenas el pecho y sin decir nada entran a un bar con mesas que dan hacia la playa, lleno, llenísimo de gente.