Polaroid brazuca

Decido alejarme de Camboriú que rebalsa de argentinos. Bajo el sol tremendo tomó un colectivo, atravieso el morro y camino hasta la playa. Antes de bajar a la arena me siento en un barzucho frente a la playa y me pido una caipi. Me cuelgo del WiFi para buscar info. Praia Brava. Menos gente. Más “exclusivo”. Sushi. Parrillas caras. Se ven proyectos de torres en construcción. Y muchas banderas rojas de prohibido bañarse.

Por la costanera frente a mí circulan lento autos caros. Y gente cheta paseando perritos. Porque la celebración y convivencia democrática con la mascota es también atributo de clase. La mascota accesorio.
Pasa así un musculoso de dos metros con un caniche hiper producido. Mascota contraste irónico. Otro musculoso en una 4×4 con un ovejero asomado por la ventanilla de atrás falopeado de viento salado. Mascota espejada despreocupada. Una mina entangada con dos salchichas lustrosos. Mascota fálica doble.

De pronto la calle se despeja y queda la cinta de asfalto plateada y las veredas vacías. Y desde allá aparece una parejita de la mano. Ella con pareo que le ajusta en la cintura, esbelta de tetas generosas. Lentes espejados. Gélida. Inalcanzable. Si él no la tiene de la mano podría volársele, novia parapente. Él en cuero y sunga azúl eléctrico. También anteojos espejados. No hablan ni sonríen. Solo caminan erguidos, totémicos. Se exhiben pero no hay nadie que los vea.

Pasan. Cruzan la calle. Vuelven en sentido contrario. Cruzan la calle. Vuelven a pasar. La famosa vuelta del perro. Pero ahora él tiene un bulto pronunciado en el pantalón. Hacia el costado, semierecto. Estoy a varios metros pero la tela transparenta ya detalles del miembro.
¿Cuál es la causa de la erección? Ni hablan, no se miran. Él apenas interrumpe su caminar robótico para estirar apenas el elástico de la pierna y embolsar el miembro, que tiembla apenas, semi-elástico y encuentra otra ve su posición hacia el costado, grande, duro, grueso.
Vuelven a cruzar y a venir. Y ahora la erección creció y es absolutamente notoria, contundente. Es ahí cuando él infla apenas el pecho y sin decir nada entran a un bar con mesas que dan hacia la playa, lleno, llenísimo de gente.

La yapa

A la vuelta de mi casa hay un chino. El que te corta fiambre es un morocho que me dice “capo”, el repositor es un Freddy Mercury canoso que me dice “jefe”, y el cajero me dice “mister”. No sé por qué tengo tres puestos jerárquicos distintos en ese chino. Me intrigaba eso, y varias veces me quedé escondido entre las góndolas a ver cómo le llamaban a otros tipos. En general por el nombre: Juancito, Pepe, Cacho o sino chabón, loquito, pa, boludo.

El fiambrero habla corto y poco, pero alguna vez hablamos. Es de Merlo, como yo, aunque cuando me explicó de qué parte de Merlo no entendí. Cuando no encuentro algo, le pregunto a él y me explica dónde y me va haciendo fríooo, tibioooo, calienteeee. Freddy Mercury también grita temperaturas del otro lado del local (es un local chico y alargado, como un colectivo ancho con una góndola central). También me intriga que usen ese extraño método de triangulación conmigo, porque no vi que lo hagan con otra gente. En los otros casos Mercury va y te lo busca o te lo señala.

A mitad de año el fiambrero se lastimó la cara. Me explicó (corto) y no le entendí. Me mostró que tenía un corte entre las cejas, se levantó la venda, me dio impresión. Le dije que no se le notaba. Me puso cara de vos sos boludo o te hacés. Aclaré que sí, ahora se veía pero cuando cicatrizara le iba a quedar bien. Fue la primera vez que habló bastante largo: me dijo que lo iba a ver un cirujano plástico del hospital, a ver si le quedaba bien. Te va a quedar bien, le dije. Yo me agarré a piñas y tuve un corte así y ahora no se me nota nada, le dije. Y le mostré arriba de la ceja. Se te nota, me dijo, se te nota.

Durante meses dejé de ir a ese chino, porque el chino de la otra cuadra tiene siempre la Pomelo Light en la heladera, y este no. Pero hoy volví a comprar panceta para rellenar la colita de cuadril. Hacía mucho que no venías, me dijo el fiambrero. Odio esos reproches, te hacen sentir culpable de comprar en otro lado. Le pregunté tenés panceta, y me contesté yo solo que sí, porque la vi enseguida. Usted se pregunta y se contesta solo, capo, dijo. Hay que preguntar y esperar. Tenés razón, estoy un poco ansioso, dije. ¿Tenés panceta?, pregunté. Sí, ahumada, contestó. ¿Y si la quiero sin humo?, pregunté yo. Se la soplamos un rato, dijo. Me tomó de sorpresa el tono levemente erótico del asunto. Él se rió e hizo el gesto de inclinarse sobre la panceta y soplarla. Ya está, dijo, la agarró, le dije 150 y empezó a cortar.

Mientras cortaba me volvió a decir: hacía mucho que no lo veía. Yo me hice el boludo y le pregunté qué era eso atrás del vidrio. Pastrón, me dijo. ¿Querés probar? Dale, dije. Quedaba un cacho chico, cortó una feta y me lo dio. Riquísimo. Dame 150, dije. Mientras cortaba le dije viste, no te quedó nada y le señalé el entrecejo. Se inclinó sobre los fiambres para mostrarme de cerca. No tenés nada, le dije. El tiempo está de tu lado, como dicen los Rolling Stones, agregué. No sé qué tenía que ver, pero fue lo único que se ocurrió relacionado con las cicatrices.

Se le terminó el cacho de fiambre y agarró otro para abrirlo. Buscó la cuchilla para abrir el nylon. No, dejalo así, dejá 100, le dije. Dale, me dijo él. Y agarró el resto del cacho que no podía ya cortar en fetas y lo envolvió junto con lo mío. Gracias, le dije. De nada, capo, feliz 2016. Lo mismo para vos. Y que el tiempo esté de nuestro lado, dijo él, mientras yo de espaldas y caminando hasta la caja, levantaba el pulgar.

Llueve en Navidad

Son las 2 de la mañana y estoy en el Shopping. Acabo de comprarme un McFlurry Oreo en el McDonalds y me instalo en uno de los puentes del segundo piso. Desde ahí veo la circulación de gente, elevada o descendida por las cintas mecánicas, como si fuera un flujo continuo. Cierta lasitud en los movimientos los hace aparecer dóciles, súbitamente cambiando de dirección cuando una oferta se insinúa por el rabillo del ojo. Es como si patinaran o flotaran a unos centímetros del piso, y yo, parado en el piso intermedio del shopping, me siento más bien en un parque acuático, con el bullicio infantil de gente tirándose por toboganes de agua.

Estoy en short y ojotas y parezco un sin techo. Veo que el resto se ha vestido y emprolijado para comprar, se están vendiendo para comprar. Y entonces escucho una voz que me pregunta de dónde viene la voz. Es una mujer que acaba de aparecer no sé de dónde y que está acodada sobre el parapeto de metal. Giro y veo las gotas de transpiración en su frente, y el pelo revuelto por el viento del aire acondicionado que viene desde atrás. ¿Qué voz?, pregunto. Levanta el dedo índice señalando hacia arriba, como Platón en el famoso cuadro. Me quedo frenado en el gesto, porque es el mismo gesto del cuadro. Y después escucho una voz lejana que anuncia 40% de descuento. Levanto los ojos hacia las cúpulas.

Vamos, le digo, y ella agarra sus bolsas y me sigue. Escucho la voz rebotada, cóncava, a lo lejos, arriba, así que subo por la escalera. Después camino contracorriente de la multitud, esquivo gigantescas cajas de regalo y siento cada vez más cerca a la voz. Al girar siguiendo la curva de una baranda, los veo. Son un grupo de actores disfrazados, la que guía al grupo está disfrazada de regalo. El cuerpo le asoma por arriba de una caja de papel brillante y las piernas le asoman por abajo, y tiene un moño en la cabeza. También hay uno vestido de soldado, con la cara pintarrajeada y con un casco de la guerra de Vietnam. Tiene una ametralladora y cada tanto descarga una balacera imaginaria sobre los reacios a la oferta.

También hay una Campanita que hace sonar una sirena de alarma. Y un mimo muy maricón en una calza amarilla que arrastra una especie de árbol de madera, que en su copa tiene un círculo flúo rodeado de luces. La chica regalo arenga a la multitud que la sigue, vaticinando que esta es la última oferta de la noche. Cuando se detenga en uno de los locales del shopping anunciará el porcentaje de descuento en el árbol de luces (30%, 40% o 50%) y se detendrá apenas unos pocos minutos, mientras suena la sirena, Campanita toca la pandereta y el soldado asesina gente, para que la gente apurada compre. Luego harán un conteo de 5… 4… 3… 2… 1… ¡0! y darán por terminado el evento. Aunque nos mentirán con eso de que era la última oferta, y simplemente arrastrarán el árbol de luces hasta el siguiente local.
Pero por ahora me sumo a la gente que sigue a la flautista de Hamelín. Vamos despacio y es entonces que lo veo, estamos todos apelotonados, pero en la procesión van varios con muletas. No son todos parte de un mismo grupo, sino que están repartidos entre la gente. Es raro. ¿Serán actores disfrazados? Busco con la vista y me parece ver un par de sordos intercambiando lenguaje de señas. Busco a ver si hay algún ciego guiado por su bastón blanco pero no lo encuentro. El ritmo de la caminata es lento, resignado, de peregrinación.

Es entonces cuando la marcha se detiene. Empieza a sonar la sirena, que aturde, la pandereta, y el soldado asume su posición de barricada. Cambian el círculo del árbol de luces (40% OFF!!!), y encienden las luces que empiezan a girar. Es entonces cuando escucho la voz otra vez, amplificada y distorsionada, apenas inteligible: “Estamos en Seco. Ropa impermeable. Paraguas y pilotos. Aprovechá. No hay nada peor que mojarse. Seco, la mejor marca para que nunca te mojes. Y hay un 40% de descuento. Yo me compraría todo. Me compraría todo porque pronto se va a largar a llover. Y no va a parar. No va a parar nunca.”

Adictos

Si William Burroughs escribiera hoy sobre el infierno laberíntico de la adicción, no escribiría sobre heroinómanos, sino sobre tipos que entran a un bar tras otro y, apurados, transpirados, encorvados, inspeccionan los zócalos en busca de un tomacorriente donde poder cargar la batería el celular.

Grandota

El boliche se va llenando. Voy hacia la barra a pedir un trago, pero cuesta avanzar, así que le apoyo la mano en la cintura a un flaquito, a manera de indicación táctil de que quiero pasar (es menos violento que gritarle al oído con la música fuerte). El flaquito pega un respingo como si le diera una descarga eléctrica. Perdón, permiso, le digo, sonriendo. Pone trompita y se torsiona para dejarme pasar, mientras se apoya un poco en su amigo y saca un poco de culo chupín mostaza. Cuando ya pasé y me estoy alejando escucho que le dice al otro “cuánta loca grandota hoy, ¿no?”.

Juguetes

Son las 7 de la tarde y el sol está bajando y la marcha llega a plaza Congreso. Aparecen el olor a chori y con mi amigo recorremos los distintos puestos comparando calidad y precio. Ese está muy crudo. Acá 45, pero es a la pomarola. Allá 35 pero el pan no es de fonda. ¡Choripete, choripete!, nos ofrece uno a voz en cuello y nosotros lo ignoramos vagamente ofendidos. Finalmente nos decidimos por uno a 30 pesitos, que además incluye el detalle de una mesita al costado donde podés agregar mayo, ketchup, piripipí y… lechuga y tomate. Munidos de sendos sánguches fálicos, nos quedamos a la sombra comiendo.

– ¿Está rico chicos? – pregunta una mujer gorda, petisa, en bermudas, en sandalias, toda vestida de negro, con rulos aplastados y una mochila gigante. Una torta certificada IRAM ISO-9000.
– Sí, muy bueno, diet, le pusimos lechuga y tomate – contesto.
– Acá está 30 – dice mi amigo, ahorrativo.
– Sí, y tiene el mejor fernet – dice la torta. Y nos convida de un vaso de plástico grande. Toma mi amigo. Tomo yo. Es cierto, está bueno el fernet.

Yo le ofrezco mi chorizo y ella lo rechaza poniéndose la mano en el pecho, como arrebatada por un vahído.

– Te juro que no podría…
– Pero pará, ¿a vos te gustan las mujeres o los hombres? – le pregunto.

Ella me mira de arriba a abajo para verificar que no está hablando con Hellen Keller.

– No te vendría mal un chorizo – le digo -. Mirá él todos los chorizos que se comió y está así de sexy – le palmeo la panza a mi amiga, que se ríe y se acaricia la panza como si fuera su mascota.

Esperamos unos segundos a que mi amigo deje de acariciarse la panza.

– Herbalife no funcionó – digo yo, encogiendo los hombros, resignado.
– Yo te tengo la solución. Unos quemadores de grasas… excelentes.

La miro, es petisa y retacona, casi cúbica, si esta es la versión post-incendio de grasas. Pero escuchemos sus consejos…

– Lo único es que tenés que hacer ejercicio…
Me amigo responde hundiendo la trompa en su chorizo.
– Olvidate, este gordo ejercicio… Vive a seis cuadras del boliche donde yo laburo y se toma el colectivo…
– Mentira – se defiende el acusado.
– Igual le va bien con la panza, lo hace más sexy, mirale la cara, puro sexo.
– Yo acá tengo una RCP – dice ella, palmeando la mochila gigante.
– ¿RCP?
– Recontra coge pasivas – dice ella.
– ¿La cinturonga? – digo yo, confundido.
– Sí, siempre la llevo conmigo.
– Ah, por eso las tortas siempre andan con mochilas grandes…

Ella se ríe.

– RCP pensé que era una vacuna como la BCG – digo yo.
– Yo pensé que era la resuscitación Resuscitación Cardio…
– Y sí… esta te resuscita – dice ella, palmeando su mochila ahora más enérgicamente, como si fuera su mascota.
– Y sí, hay gente muy momia en la cama últimamente… – se queja mi amigo.
– Para eso tendría que dar pequeños electroshocks, ahí sí sería ideal – agrego yo.

Nos reímos. Después nos quedamos en silencio. Y después nos vamos caminando hacia el escenario, donde empieza a sonar la música, un poco avergonzados. Ponés en una moulinex dos putos y una torta con unos choripanes y algo de fernet, licuás, y te sale un combo patriarcado deluxe: una cinturonga picana.

Brownies

Entre los manteros que venden chucherías y las parrilas improvisadas que humean paties y bondiolas, circulan rastafaris ofreciendo brownies mágicos. Con mi amigo avanzamos zigzagueando haciael escenario hasta quedar trabados sin poder ya avanzar más. Enfrente mío hay un grupito de cuatro chicas y dos chicas. Uno de los pibes tiene rastas, barbita desprolija, y cuando levanta la cara contra el sol los ojos celestes, nítidos. Vamos para allá, dice la hembra alfa del grupo, y arranca hacia un costado. Se agacha y agarra del piso una caja de cartón, llena de brownies. Qué rico, digo, señalando los brownies pero pensando en el pibe. ¿Son mágicos?, pregunto. Sí, son mágicos, dice ella, pero no de la magia que vos querés. Una de las otras pibas me mira y se encoge de hombros como diciendo ojo que esta es brava. Ah, ¿qué tienen?, pregunto yo. Están hechos con muuuucho amor, dice ella. Esa es la única magia que funciona, ¿no?, digo yo, mirando al pibe.

La colita

La rotisería a las 5 de la tarde es tierra arrasada, no hay nadie, salvo gente a destiempo, abandonada, expulsada, refugiados que naufragan frente al pizarrón con la lista de ofertas escritas en tiza que quedó borroneado del mediodía. Yo pido una colita de cuadril los viernes, pero le cambio la guarnición a remolacha, tomate y huevo, para evitar las papafritas.

– ¿Te caliento la colita? – dice la mujer que me atiende.

Estoy por contestar “hace rato no recibo una propuesta tan indecente” pero lo cambio por “sí, por favor… microondas”. Entonces, en cámara lenta, como en una publicidad de desodorante, entra él. Un pibe rubiecito, de ojos claros, medio chueco, que camina como un soldadito campechano.

Yo sigo con el pedido, que la mujer apila en la mesada de fórmica de atrás. Varias tarteletas, porciones de budín de verdura, ensaladas de fruta. Parece que pidiera para un regimiento. El rubiecito se apoya contra el mostrador y se inclina, lo tengo al costado pero giro haciendo que miro el televisor y miro. Se le levanta la campera y la remera, y se le ve el elástico del slip, el slip es blanco, casi como la carne, hay unos pelitos también casi blancos que titilan con la poca luz que entra inclinada en el negocio, la carne dura, y los escalones de la columna vertebral que bajan: con un golpecito nomás de microondas alcanza.

Me quedó mudo, y la mujer asume que terminé mi pedido. Ahora le toca a él. Pide una milanesa, pero se arrepiente. Fideos. ¿Fideos hay? ¿Con qué salsa? Rosa, tuco, crema. ¿Pesto no?, pide él. Pesto no. Okay… ¿y solo con manteca? Sí, te los hago, dice ella.

Habla en oraciones cortitas, y no es de acá. Provinciano. Chueco. Algunos provincianos, medio persecutas de que se les note el cantito se refugian en la oración corta, porque recién en las largas les sale la tonada.

La mujer se inclina en el hueco del carrito de comidas, que se desliza con un ruido de sogas hacia abajo. Fideos con manteca. El rubio le dice ajo. Y ella lo mira y se ríe. Ajo puede ser, dice el rubio. Ella vuelve a sonreír y no cambia el pedido. El pibe se resigna, no insiste. No va a ir más allá de las oraciones telegráficas de pocas sílabas. Se le nota el enojo contenido, porque empieza a cambiar de pierna de sostén. Sobre la derecha, unos pocos segundos, la izquierda. Es típico de persona que labura parada. O de preso. O de poli / seguridad. No, preso no. Le miro las manos, no tiene callos ni manchas de grasa. Mecánico tampoco. Soy tan asqueroso catalogando gente, de mi máquina picadora salen chorizos, estereotipos de tiras de Polka.

– El chico quiere ajo – le digo a la mujer.

Me mira sin entender.

– Te pidió ajo. Quiere ajo. De verdad.

Me mira sin entender, lo mira a él. El se pone medio colorado, baja la mirada a la mesada, como un chico que se hizo pis encima.

– Disculpame. ¿Vos me hablaste a mí y me pediste ajo?
– Sí – dice él, encogiéndose de hombros.
– Fideos, con manteca, y con ajo – aclaro yo, con un tono de tampoco te pidió salsa de placenta de murciélago.
– Ah, okay, dice ella.
– No te gusta el ajo – digo yo.
– No – se ríe, como sugiriendo que no le puede gustar a nadie.

Yo lo miro a él. Hablá, plantate.

– Fideos con manteca me da comida de estudiante.

Y ahí le sale toda la tonada, brota como un manantial de eses aspiradas y vocales barrenadas. La mujer se inclina en el hueco y pide si le pueden agregar ajo. Del otro lado le gritan “ajo y agua”. Ella igual no escucha o no entiende. Es esa sordera funcional.

– ¿De dónde sos? – le pregunto.
– Tucumano.
– Ahhh. Es bueno el ajo – digo yo -. Para el sistema digestivo. Para la sangre. ¿A vos no te gusta el sabor o el efecto que provoca en los demás?

Ella comprime los hombros, como si le corriera un escalofrío por la espalda.

– No me gusta.
– La bañacauda – dice él, mirando el horizonte, soñador, pero solo hay un póster horrible pegado en la pared con un paisaje que debería ser sepia pero es anaranjado.

Ella no escucha o no entiende.

– Es una comida con mucho ajo – digo yo -. Varias cabezas de ajo.
– Una por persona. Una cabeza de ajo por persona – dice él, con la voz engolada. Yo creo que está teniendo una erección.
– Qué asco – dice ella.
– Después tenés que estar una semana encerrado sin ver a nadie.
– No – dice él -. Te juntás con la gente que le gusta la bañacauda.
Suena a secta, Los Niños de la Bañacauda, con todo tipo de rituales perversos, lavado de cerebro y extorsiones. Decido meterme en la secta.
– A mí me gusta el ajo. En la napolitana. En las milanesas.
– En todo – dice él, ya con un ímpetu fundamentalista -. ¿Podes agregarle albahaca? – le pregunta a la mujer.
Sí, puede.
– Así es casi un pesto. Solo falta la nuez. Pero lo fundamental es el ajo. Me hago un pan y lo unto con ajo, riquísimo.

Yo decido sumar un poco de ecumenismo frente a tanto fundamentalismo del ajo.

– A mí me gusta lo picante en general. Los sabores fuertes.

La mujer del otro lado del mostrador da un paso atrás y nos mira, como si percibiera cierta conexión cuasi sexual del otro lado del mostrador.

– Sí, yo viví en México seis meses y comía de todo.

Él mismo parece darse cuenta que del otro lado están patrullando nuestro ritual de coqueteo y agrega.

– Mi novia es mexicana y cocina bárbaro.

Ya tuvo que meter a la novia, a esa intrusa, y la conversación cambia de tono. Ahora no hay dos bandos (pro-ajo y anti-ajo), sino tres, cada uno parado en su propia isla. Yo igual insisto con el coqueteo sexual.

– Aparte el ajo aleja los malos pensamientos – le digo a la mujer, para traerla de nuevo.
– ¿Ah sí? ¿Los malos pensamientos?
– ¿Viste que en la puerta ponés ajo para que no entren las brujas, el diablo o los vampiros?

No sé qué tiene que ver con los malos pensamientos y la conexión es larga y difusa como para explicarla. Ya baja la comida y la mujer la empaqueta. Yo sigo agregando cosas.

– ¿No te cocinás? – pregunta él.

Me está preguntando si soy gay. Estoy a punto de responder: No, el Beto, mi marido boxeador, está de gira.

– No sé cocinar – confieso.
– ¿O te cortaron el gas?

Así me gusta, un poco de humor filoso provinciano. Yo sabía que con esos ojos brillosos y ese culito redondo no me ibas a defraudar. Nos miramos, lo señalo como diciendo es buena esa, y voy hasta la caja a pagar. Se siente un penetrante olor a ajo.

– Qué lindo olorcito a ajo sale de ese microondas eh… – digo, para torturarlo.
– Perdón – se disculpa él, y viene caminando hasta mí.

Mientras yo me tanteo los bolsillos buscando la billetera, escucho su voz atrás mío.

– Yo me acomodo acá atrás tuyo así pago – dice, él muy turro.

Creo que lo imagino, que lo fantaseo, pero lo siento respirar hondo. De la ensoñación me saca el timbre del microondas.

Agarro todas las bolsas con los paquetes y me voy hacia la puerta.

– Gracias – le digo a la mujer -. Y buen provecho con los fideos al pesto – le digo a él. – Fue un gusto.
– La próxima que te corten el gas te invito a comer algo con ajo – dice él.
– Dale – digo yo, con las tiras de las bolsas de plástico hundiéndose ya entre la carne de los dedos.

Fracción

Con Felizia, la mujer que limpia, vamos ganando confianza. Ahora cuando toca el timbre y pregunto quién es, dice “Feli” en vez de “Felizia”. Ayer, apenas llegó, le pedí que me ayude a ordenar los libros, que se me habían caído encima de una torre de Pisa literaria gigante. Le dije “mire si moría aplastado por los libros”. Le agarró un ataque de risa, es la primera vez que la veo reírse, le dio verguenza y se metió en el baño y salió con los ojos llorosos. Después me acosté un rato a dormir mientras limpiaba y le dije que me toque la puerta cuando se iba. Me golpeó la puerta y me dijo “me da lástima despertarlo porque escuché cómo dormía”. ¿Habrán sido mis ronquidos a través de la puerta? No pregunté.

Nunca se queda un número exacto de horas, pero no quiere que le pague una fracción. Tres horas, tres horas y media sí, pero si son 15 minutos no quiere. Ya tuvimos tensas discusiones al respecto. Lo mismo cuando no tengo cambio para darle. La otra vez se llevó una bolsa de monedas gigante que tuvimos que contar durante 15 minutos porque no quería que le pague “de más y lo descuento la semana que viene”. Ayer le pregunté cuánto había estado y me dijo 3 horas y 7 minutos y 15 segundos. Se puso seria y me miraba. Y después se empezó a reír, 3 horas, 3 horas, dijo, avergonzada, agarró la plata, el termo, el celular y se fue.

Amanecido

Recién. Voy a buscar una coca al chino de la vuelta. Aparece un pibe de la nada, me quiere vender unas medias, tengo los auriculares puestos, me los saco y le digo que no, gracias. Me sigue hablando, no le entiendo. ¿Vamos al cabarute?, pregunta. Son las 3 de la tarde, digo. ¿Qué tiene?, pregunta. ¿No es un poco temprano?, pregunto. Estoy reamanecido, dice. Me meto en el chino y el pibe sigue caminando.