La yapa

A la vuelta de mi casa hay un chino. El que te corta fiambre es un morocho que me dice “capo”, el repositor es un Freddy Mercury canoso que me dice “jefe”, y el cajero me dice “mister”. No sé por qué tengo tres puestos jerárquicos distintos en ese chino. Me intrigaba eso, y varias veces me quedé escondido entre las góndolas a ver cómo le llamaban a otros tipos. En general por el nombre: Juancito, Pepe, Cacho o sino chabón, loquito, pa, boludo.

El fiambrero habla corto y poco, pero alguna vez hablamos. Es de Merlo, como yo, aunque cuando me explicó de qué parte de Merlo no entendí. Cuando no encuentro algo, le pregunto a él y me explica dónde y me va haciendo fríooo, tibioooo, calienteeee. Freddy Mercury también grita temperaturas del otro lado del local (es un local chico y alargado, como un colectivo ancho con una góndola central). También me intriga que usen ese extraño método de triangulación conmigo, porque no vi que lo hagan con otra gente. En los otros casos Mercury va y te lo busca o te lo señala.

A mitad de año el fiambrero se lastimó la cara. Me explicó (corto) y no le entendí. Me mostró que tenía un corte entre las cejas, se levantó la venda, me dio impresión. Le dije que no se le notaba. Me puso cara de vos sos boludo o te hacés. Aclaré que sí, ahora se veía pero cuando cicatrizara le iba a quedar bien. Fue la primera vez que habló bastante largo: me dijo que lo iba a ver un cirujano plástico del hospital, a ver si le quedaba bien. Te va a quedar bien, le dije. Yo me agarré a piñas y tuve un corte así y ahora no se me nota nada, le dije. Y le mostré arriba de la ceja. Se te nota, me dijo, se te nota.

Durante meses dejé de ir a ese chino, porque el chino de la otra cuadra tiene siempre la Pomelo Light en la heladera, y este no. Pero hoy volví a comprar panceta para rellenar la colita de cuadril. Hacía mucho que no venías, me dijo el fiambrero. Odio esos reproches, te hacen sentir culpable de comprar en otro lado. Le pregunté tenés panceta, y me contesté yo solo que sí, porque la vi enseguida. Usted se pregunta y se contesta solo, capo, dijo. Hay que preguntar y esperar. Tenés razón, estoy un poco ansioso, dije. ¿Tenés panceta?, pregunté. Sí, ahumada, contestó. ¿Y si la quiero sin humo?, pregunté yo. Se la soplamos un rato, dijo. Me tomó de sorpresa el tono levemente erótico del asunto. Él se rió e hizo el gesto de inclinarse sobre la panceta y soplarla. Ya está, dijo, la agarró, le dije 150 y empezó a cortar.

Mientras cortaba me volvió a decir: hacía mucho que no lo veía. Yo me hice el boludo y le pregunté qué era eso atrás del vidrio. Pastrón, me dijo. ¿Querés probar? Dale, dije. Quedaba un cacho chico, cortó una feta y me lo dio. Riquísimo. Dame 150, dije. Mientras cortaba le dije viste, no te quedó nada y le señalé el entrecejo. Se inclinó sobre los fiambres para mostrarme de cerca. No tenés nada, le dije. El tiempo está de tu lado, como dicen los Rolling Stones, agregué. No sé qué tenía que ver, pero fue lo único que se ocurrió relacionado con las cicatrices.

Se le terminó el cacho de fiambre y agarró otro para abrirlo. Buscó la cuchilla para abrir el nylon. No, dejalo así, dejá 100, le dije. Dale, me dijo él. Y agarró el resto del cacho que no podía ya cortar en fetas y lo envolvió junto con lo mío. Gracias, le dije. De nada, capo, feliz 2016. Lo mismo para vos. Y que el tiempo esté de nuestro lado, dijo él, mientras yo de espaldas y caminando hasta la caja, levantaba el pulgar.

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