Todo salió mal (bien)

45 años de un concierto desastroso (maravilloso), donde todo salió mal (por suerte).

Fue hace 45 años, el 24 de enero de 1975, que Keith Jarret llegó a Colonia para tocar en el teatro de la Ã?pera. Habían accedido a que tocara, pero a las 11 de la noche, después de la típica función de ópera, y se habían vendido los 1400 tickets. Jarret, que tiene oído absoluto, y es famoso por sus manías perfeccionistas (se molesta cuando tosen o susurran en sus conciertos), había pedido un piano específico para tocar. No se preocupen, había dicho el personal del teatro, tenemos uno de esos. Pero resultó que no, lo que tenían era una versión mucho más chica del piano, que se usaba apenas para ensayar entre bambalinas. Ya de por sí ese piano no era suficiente para alcanzar los oídos de los espectadores en ese amplio recinto. Jarret se sentó al piano, unas pocas horas antes del concierto, para probarlo. Tocó algunas notas, probó el pedal. Se levantó, dio varias vueltas alrededor del piano, se volvió a sentar, volvió a probar. Miró a Vera, su novata mánager de 27 años, y le dijo, bajo las pocas luces verdes de emergencia de la sala: “No puedo tocar. Este piano no sirve. Es intocable”.

No era, en este caso, una cuestión de perfeccionismo fuera de control. El piano estaba desafinado (cosa no tan grave, se podía afinar) pero era un desastre. No funcionaban las octavas más bajas, ni las más altas, varias teclas negras no sonaban, y el pedal se trababa. Vera tenía unas horas, así que desesperada se puso a llamar a todos los teatros de la ciudad que pudieran tener un piano parecido para prestarle. Finalmente encontró uno, y convenció al dueño de que se lo prestara. Fue entonces que llegó el afinador y le explicó algo obvio. No podés mover un piano con este lluvia (ah, pequeño detalle mala onda: llovía copiosamente), por toda la ciudad. No es solo que Jarret no podrá tocar ese piano hoy, sino que quedará arruinado para siempre.

Jarret, encima, estaba fusilado de cansancio. Tenía un dolor de espalda crónico, estaba usando una faja. Había decidido no volar desde Zurich, y venir manejando, el tráfico se había complicado, y pasó horas manejando. Me imagino que no estaría del mejor humor. Y así fue como lo encontró Vera, cuando fue a hablar con él. Estaba recostado en el auto, tratando de dormitar un poco. No se pueden devolver ya las 1400 entradas, te pido por favor que toques, sino va a ser un escándalo, rogó Vera. Y justo que estaba empezando su carrera como manager.

“Nunca te olvides de esto, lo voy a hacer por vos”, le dijo Jarret.

Vera lo mandó a un restaurant italiano, para que coma algo antes del concierto, mientras el afinador hacía lo que podía con el piano desastroso.

Ya a esta altura el desastre adquiría rasgos cómicos, o cósmicos. El mozo del restaurant pifió con el pedido, o se demoró la cocina, y la comida llegó cuando Jarret ya se tenía que ir, así que no pudo comer nada. 1400 personas esperándolo, mal dormido, con dolor de espaldas, fajado, con hambre, a las 11 de la noche, con un piano demasiado chico, que sonaba mal, con teclas que no funcionaban, con el pedal trabado. Decidieron grabar el concierto, para que quede como prueba del enchastre épico.

¿Por qué, si todo estaba predestinado al desastre, es que ya desde la primeras notas nos damos cuenta de que estamos frente a pura belleza? Jarret toca sin partitura, y eso le permitió esquivar las notas que sonaban mal, empezar en el centro del piano, ir probando con frases repetitivas, potentes, martillando, y luego seguir eso con pasajes más diáfanos, relajados. No encontré muchas explicaciones de él mismo, contando qué fue lo que hizo, qué trucos y estrategias usó. Dijo, lacónicamente, que la música debe olvidarse, incluso ese concierto, así surge nueva música en el futuro.

Lo cierto es que el concierto grabado es el disco de piano solista más vendido de la historia. Y el disco de jazz solista más vendido de la historia también. Pero eso es irrelevante, no hacen falta esas credenciales para disfrutarlo, ni siquiera te tiene que gustar el jazz. Alcanza con tener oídos y corazón.

No sé casi nada de música, pero al escucharlo, y haciendo trampa, sabiendo la historia, lo que noto es el juguetón eterno presente de lo que toca. Es como si probara cosas, las descubriera mientras las toca, o quizás descubriera que esas teclas sí suenan, e insiste por ahí, y varía, y se arriesga, se pone contento, vuelve. Por momentos parece irritado y golpea con el taco de su zapato el piso, tratando de que se escuche lo que toca hasta la última fila. Dicen que se tuvo que parar varias veces, martillar sobre el piano, empujar literalmente, como si fuera un equilibrista. Hay momentos en los que gime, otros en los que canta, en los que parece alentarse a sí mismo cantando, una onda dale que vos podés, Keith, dale, dale, dale. Bah, canta oh, oh, oh. Es hermoso escucharlo cantar desde adentro del piano. Ese combate físico con el piano, con la música, con todo lo que estaba saliendo mal (bien) esa noche.

Una explicación es que nunca Keith Jarret estuvo tan atento, tan enfocado. Lo imprevisible de la situación lo obligó a eso, nunca se pudo relajar, y se nota el esfuerzo casi doloroso pero extático cuando toca. Escuché decir, no me acuerdo a quién, que cuando alguien toca bien el piano no se sabe si está sacando notas del piano, o metiéndolas. Acá se escucha como si las metiera, a la fuerza, y al mismo tiempo las sacara.

Yo creo también que lo ayudó el estar cansado y con hambre. Muchas veces se me ocurren cosas locas o atrevidas o creativas en ese estado, porque el enano mandón cortamambo está aturdido, y me deja flotar. Creo que en esta música se siente ese vaivén entre la atención enfocada y el dejarse llevar, y le da un carácter especial, que no tienen otros conciertos. Y el estar descubriendo, a cada instante, que puede, aunque quizás pueda esto, por ahora.

Ya lo escuché muchas veces y me sigue emocionando. Tiene partes que me hacen caer las lágrimas. Me parece inspirador, vital, juguetón, dramático, y un gran fuck you a todo lo que podría salir mal. El obstáculo es el camino, dicen los estoicos. Ahí donde están tus limitaciones, ahí donde tenés el impulso de rajar, ahí te podés quejar y hacer algo.

((Algo que me intriga, que me gustaría saber, es esto. ¿Qué sentía Keith Jarret mientras tocaba, y qué fue lo que sintió apenas terminó? ¿Se dio cuenta inmediatamente de que había creado algo bello y duradero, o creyó simplemente que había zafado, o quizás que había sido un módico desastre, con algunos momentos interesantes? En realidad no quiero saber qué pensó o sintió él, y quizás sea irrelevante. Porque a veces la persona que crea, especialmente en estas circunstancias particulares, no las disfrute, no se de cuenta de lo que hizo.))

Supongo que muchos oídos gourmets se encogerán de hombros frente a esta efemérides. Dirán que hay muchos otros conciertos mejores, incluso de Jarret, y que este greatest hit es la fruta que cuelga más abajo de una parra que tiene mejores y más recónditas uvas. Parece que desde 1975 muchos eligen este álbum para sonidificar partos, para que un niño nazca y encuentre esto como su primera música. Me pregunto si toda esa gente que lo elige sabe los detalles de todo lo que salió mal esa noche, o, mejor dicho, todo lo que salió.

Quizás lo sepan, y sino lo intuyen. No es una mala manera de recibir a un niño en este mundo. Te dan un piano chico y roto, pero igual decidís sentarte a tocar, y tocar empujando las notas, improvisar, con todo el cuerpo, zapateando, mugiendo, cantando. No te olvides. Solamente por vos.

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