Borrador y cuenta nueva

[23 de Octubre de 2000, San Francisco, California. Encontré hoy este email con el título “Mail para reescribir” que nunca envié por juzgarlo en estado embrionario. Todavía lo está. Este email forma parte de la hemorragia verbal que provocó mi cumpleaños número 30 (notarán el aire lúgubre, caótico, nostálgico). Pedazos de este email fueron usados en otros, sepan disculpar la repetición involuntaria.]

Empecemos a rasguñar la superficie, la burocracia de la vida, esa caparazón donde nos estampan los sellos, esa neblina que cubre nuestras jornadas de desasosiego y comezón. Terminé de escribir mi ensayo. De alguna manera pasó mi cumpleanios, contesté llamados que mi celular se desesperaba por identificar. Voces cercanas que vienen de lejos, brisas refrescantes nacidas en territorios de atmósfera incandescente, buenos aires necesarios para la respiracion artificial en el gran país del norte.
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La brisa helada de un día nuevo

[25 de Enero de 2001, San Francisco, California]

Estoy vivo. Lo acabo de confirmar, los espasmos previos al vómito provocados por la nueva crema dental de Colgate, control tártaro con bicarbonato de sodio y peróxido no dejan espacio para la duda.

Enero llegó y se fue. Pasalo y que no vuelva. Me mudé al Sunset, un barrio con heladerías que ofrecen verdadero gelato italiano con los gustos escritos en la pizarra con caracteres chinos. La mitad de las veces soy el único que habla inglés en el Muni (el tranvía de San Francisco), el Pacífico está a 15 cuadras y hay un gigantesco parque (Stern Grove) cercado por eucaliptos a media cuadra.
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Derrotas

[2 de Noviembre de 2002, Café 52, New Brunswick, New Jersey. Carta escrita a Rolando, con motivo de su inminente mudanza a San Luis.]

Rolando,

Millones de años pasaron, o quizás solo millones de minutos, desde que nos vimos por última vez. Mi última visita a Buenos Aires fue caótica en muchos sentidos, ni siquiera sé muy bien que hice. Me ha pasado que mis visitas cortas resultan más compactas y efectivas, las largas, en contraste, se dilatan, se estiran, se enturbian.

Se me ocurrió escribirte, intentar reconectarme con vos desde el papel. Sos de los pocos que no acceden a la internet (NO pertenecer tiene sus privilegios) y eso me fuerza a la comunicación manuscrita, al pulso de la Pilot Precise V5 Extra Fine. Disculpá la letra, el desorden: me malacostumbré a la PC, y extraño la tecla Delete: ¡Tink! y un párrafo chirle o un adjetivo resbaladizo desaparecen. El desorden también viene del atropello del principio de unidad y del de secuencia: no tengo una idea clara de qué decir, no tengo una intención definida ni un propósito último.
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Perder el juicio

[15 de Noviembre de 2000, San Francisco, California]

Me sacaron dos muelas en 7 días. La de juicio de arriba, la de juicio de abajo, hay una vieja pelando ajo. Creo que la de abajo fue la que se rebeló y se inflamó inicialmente y la de arriba martilla que te martilla ayudó en el proceso; al final hubo que extirpar las dos. Les cuento en detalle el primer extirpe.

Antes del desgüase me peleé durante dos días con las empleadas eficientísimas de Assist Card que no podían encontrar un dentista un sábado en San Francisco. Estuvieron 7 horas buscándolo sin resultados. Yo estaba dispuesto a hacerme atender ese mismo día, sin tener que aguantarme el aguijón punzante que me taladraba la vida hasta el lunes. Con la guía telefónica encontré un dentista en 7 minutos. Me enojé, pedí hablar con el encargado, les pedí el nombre, el teléfono, la contraseña y al final aflojaron: conseguí todo lo que quise: ir al dentista el sábado a la tarde, elegir el dentista yo, y que pagara Assist Card.
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Roperos y cajoneras

[24 de Octubre de 2000, San Francisco, California]

– El bocón ataca de nuevo

Llego a casa cargado de bolsas del supermercado, Darren da vueltas y más vueltas, se nota que intenta calcular el tiempo que tardaré en acomodar mis provisiones en las alacenas y la heladera. Sale y entra de su habitación varias veces, agarra un libro de los estantes, a los cinco minutos vuelve con el libro. lo vuelve a poner en su lugar y acomoda los cds sin prestar demasiada atención. Está claro que está impaciente, que quiere iniciar una conversación; se tira en el sofá y prende la tele con aire despreocupado. Termino de ordenar las cosas amago a meterme en mi cuarto pero Darren apaga la tele inmediatamente, pone música (George Michael, Listen without Prejudice) e inicia una conversación.
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Strippers y faraones

[21 de Octubre de 2002, 5pm, Rutgers, New Jersey]

Rutgers tiene 5 campuses desparramados en forma caótica, conectados por un servicio gratuito de autobuses. Cada campus agrupa especialidades, aunque el campus central – College Avenue – es el más diversificado: agrupa las materias comunes y los edificios administrativos, junto con la mayoría del alojamiento que provee la universidad. College Avenue se encuentra situado en el downtown de New Brunswick, a tres cuadras de la estación que en 50 minutos te lleva a Manhattan. También es el campus con mayor densidad de cafés, bares, comercios, librerías. Hmmm, no, la realidad es aún mas brutal: en los demás campuses solo hay un Student Center con 3 o 4 lugares para comer (Wendy’s, comida china, pizza, sandwichs) y una especie de mercadito de ramos generales. Si te agarró hambre y son las 11 de la noche, perdiste. En resumen la vida es limitadísima si no tenés auto.
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Pastillitas punch

[16 de Octubre de 2000, San Francisco, California. Escrito a los pocos días de mudarme a mi primer habitación alquilada en San Francisco]

No tengo tiempo de poner las cosas en secuencia ni de hilvanar los hechos… asi que ahi van, retazos (al por mayor) de mi vida de los últimos días.

1. Mi habitación

Un colchón inflable a medio inflar, medio recostado contra la pared. En el piso cubitos de telgopor (peanuts” en inglés) de los que se usan en las cajas de mudanza para amortiguar los golpes. Un buzo negro colgado de un gancho en la pared. Un frasco de champú, mi discman, el cargador del celular sobre el escritorio. Una tijera, una tarjeta telefónica usada, destornilladores, tornillos, cotonetes, una valija abierta, mi billetera, cables, cables, cables. Así esta mi habitacion hoy. Me pase el día prometiéndome ordenarla. No lo hice. La habitación es chica (pero el corazón es grande). Una ventana pequeña rectangular da a un pulmón de aire mínimo, por el que no entra aire, pero si los alaridos de la chiquita nicaragüense vecina poseida por el demonio de Shakira-ojos-así acompañada de su flamante karaoké. Los pisos son de madera y hacen chick-chick cuando uno camina: me siento Astroboy. El departamento tiene mejor acústica que el Colón. Si alguien se rasca la rodilla en el departamento del primer piso yo escucho un tronar seco en el segundo. A veces me parece que una manada de jabalíes enloquecidos derribo la puerta de entrada y se apresta a devorarnos: es el vecino de arriba que apresura su marcha a la cocina. Si abrís la canilla de agua caliente en el baño, de pronto un rugido de hipopótamo en celo invade mi dormitorio. Una puerta (seamos generosos y usemos el término puerta) de madera “corrediza” me separa de la habitación principal. Creo que vengo a ser un ropero espacioso para la habitación vecina. El cable de conexión a internet cuelga del conector de la pared y cruza a la otra habitación impidiendo que la puerta se cierre del todo: escucho respirar a Darren cuando duerme.
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Las puertitas del Señor Mercury

[20 de Octubre de 2002, 10pm, Rutgers, New Jersey]

Me divierte la denuncia que afirma James Dean es un fenómeno fabricado, artificial, inexistente. Los denunciantes afirman que tres películas no son suficientes para juzgar el trabajo de un actor. Quizás tengan razón, pero a quién le importa. Tres películas alcanzan y sobran para dibujar con tinta indeleble un grafismo único, pero eterno. A esos grafismos yo los llamo “puertitas”.

Sostengo, desde la vereda de enfrente, que hay obras maestras completas, hay artistas con un cuerpo de obras avasallante, pero también hay genios que nacieron para crear sólo un fragmento ínfimo pero esencial del universo, una piedrita mágica desprendida de la gran montaña de la belleza. Yo mismo me contentaría, no con la ejecución de un texto perfecto, devastador, sino con el esbozo de una sola frase llena de ruido blanco y ecos pendulares. Nada más.
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Fustazos

[12 de Octubre 2002, 5am, Rutgers, New Jersey]

Recién hoy me crucé nuevamente con Eric, el portoriqueño que vive arriba. Yo perdía el equilibrio mientras intentaba mantener la puerta abierta de la entrada con un pie, empujar las bolsas del supermercado al pasillo con el otro pie y cerrar el paraguas empapado . Eric bajaba las escaleras apresurado para ayudarme con la puerta y me gritó “¡Papááá!” cuando lo tuve al lado.
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